Al conmemorar los dos siglos de nuestra Independencia, es importante dar una mirada retrospectiva. Fuimos una potencia y debemos volver por ese sendero. Es posible.
En la América colonial, las actividades que más y mejor se desarrollaron fueron las exportadoras, con efectos inmediatos en las sociedades que iban conformándose. Perú, México, las colonias inglesas del norte, las Antillas y el noroeste de Brasil fueron las regiones con experiencia exportadora que sobresalieron, mientras que el desarrollo del territorio argentino marchaba a un ritmo bastante más lento. Aquí, las actividades que se vincularon con el centro dinámico exportador, en especial, con la producción minera del Alto Perú, tuvieron un mayor desarrollo relativo; entre ellas, la producción de animales de carga en Córdoba y el litoral y la intermediación para el comercio establecida en Salta.
Las provincias del Noroeste se vieron favorecidas por la cercanía de Potosí, ciudad minera cuya población se calculaba en 160.000 habitantes a mediados del siglo XVII y generaba una significativa demanda de tejidos, alimentos y hacienda en pie, especialmente mulares. Salta creció entonces gracias a las actividades de intermediación e invernada de mulas destinada a las minerías peruana y alto peruana. Progresivamente comenzaron a radicarse en nuestra tierra numerosos inmigrantes emprendedores y lúcidos en la actividad comercial.
En esa época, el futuro se vislumbraba promisorio; la comprobación de la navegabilidad del rio Bermejo, el inicio de la actividad azucarera en la hacienda de San Isidro, en Campo Santo (en 1760), considerada la industria más antigua que perdura desde la época colonial; la instalación de plantaciones de añil y de moreras para la iniciación de la industria sedera; las curtiembres que enviaban importantes remesas de cuero al Puerto de Buenos Aires para embarcar hacia Europa y la explotación de las ricas maderas del bosque subtropical eran datos auspiciosos. Al producirse la independencia, Salta ocupaba, por extensión y por riqueza, el tercer lugar en el sur de América, dentro de los virreinatos del Perú y del Río de la Plata. Es decir, éramos la tercera provincia, después de Lima y Buenos Aires.
Algunos historiadores, entre ellos, Luis Colmenares, afirman que el período de apogeo de Salta se produce entre 1770, cuando terminan las invasiones de los indígenas del chaco, y 1810 cuando se inicia la lucha por la libertad política del país. Durante la guerra por la emancipación se cerró la ruta hacia el norte y, por supuesto, el comercio con el Alto Perú. La falta de actividad económica y los recursos que demandaba esa guerra generaron un clima de miseria.
A partir de 1825 se abre nuevamente la ruta alto-peruana, pero ya formada la república de Bolivia, que pasó a ser el proveedor de ganado y otras producciones locales. A mediados del siglo XIX Salta importaba más del 75% de las mercancías a través del puerto de Cobija, por aquel entonces, territorio de Bolivia. La guerra del Pacífico, en 1879, terminó con ese comercio y, desde ese momento, Buenos Aires se convirtió en el único puerto para exportar y para de acceso al país de las mercaderías que venían del exterior al país. Nunca se reconstruyó ese poderío.
Lo que había sido un centro económico dinámico y progresivo, quedó en las afueras del desarrollo. La distancia con respecto al puerto y a los centros de consumo nos mantuvo alejados de los procesos de sustitución de importaciones y de industrialización ocurridos durante el siglo pasado.
Hoy, con mucha nostalgia, observamos que nuestra provincia, con el 3% de la población, contribuye discretamente en la economía nacional (2% del PBI), especialmente con productos primarios. Nuestra participación en 2014 fue: 2,1% de stock bovino; 7% de caprino, 1,6% de soja; 0,3% de trigo; 30,55 del tabaco; 76,4% del poroto; 8,2% de limón; 6,2% de naranja; 34,3% de pomelo; 11,5% de azúcares blancos y crudos; 1,6% de vinos; 59,7% de boratos; 6,9% de gas natural; 0,9% del petróleo; 2,8% de refinación de petróleo y sólo 4,2% de ocupación hotelera.
Para el mismo periodo la demanda salteña de cemento portland fue el 2,7% del país; el 1,5% de distribución de energía eléctrica; 2,2% de gas domiciliario y el 2,1% de la venta de combustibles.
El desafío para esta generación de salteños, y las siguientes, será recuperar el protagonismo que históricamente tuvo su economía.

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