Si en la década de los años veinte se hubiera invitado a algún forastero que pasaba por Salta, para que, instalándose en la plaza 9 de Julio y observando detenidamente los edificios que la rodeaban, señalara cuál correspondía a "los que mandaban" no hubiera dudado ni un instante en señalar el que ocupaba el número 23 de la calle Mitre, por entonces sede del Club 20 de Febrero, en la medida que sus dimensiones, su presencia, su perfil todo era, por cierto, "la cabal representación simbólica del poder de quienes lo ocupaban". Ordenar construir tal edificio en aquella Salta de tranquilas calles angostas era construir un símbolo. Y los símbolos constituyen parte del imaginario colectivo de cualquier sistema social; es el imaginario colectivo un código cultural simbólico, pleno de valores y normas, que plasma visiones del mundo y modela conductas, y que por otra parte integra las formas de la legitimación de cualquier régimen político.
Estas reflexiones forman parte del análisis que realiza Luis Adolfo Saravia en su obra "Salta, esplendores y ocasos". A través de ella propone un análisis desde la perspectiva histórica y sociológica para comprender ciertas actitudes de los habitantes de la provincia, que determinan su eficacia en lo económico y su comportamiento en lo político.
No se trata de un ensayo histórico, sino de un ensayo concebido con intencionalidad política, pero no pensado desde una perspectiva partidaria", conteniendo la obra, además del análisis sociológico que la estructura, múltiples tesis y propuestas que jalonan casi todos sus capítulos. Como punto de partida examina el pasado de Salta señalando que la historia salteña tiene procesos, caracteres y sujetos históricos propios, que se reflejan en los alineamientos políticos de la provincia, que no reflejan meramente realidades nacionales. Se detiene en forma especial en la etapa que va de 1880 a 1918, cuando la provincia, la única que no sufrió intervención federal en ese lapso, participa del poder político nacional con dos presidentes y once ministros, cifra no alcanzada por ninguna otra.
Analiza la obra el proceso histórico que va desde el siglo 18 hasta la emancipación, período en el cual la clase dominante salteña, señala el autor, vivió claros momentos de esplendores materiales y generó inmensas riquezas, legitimando también su dominación. Durante la colonia el sector dinámico de la economía fue el comercio y la expansión del mercado constituyó la base del desarrollo económico; mientras Salta comerció con el Alto Perú, tuvo riquezas; cuando la guerra de la emancipación cerró la posibilidad de comercio finalizó la etapa del esplendor económico. Salta quedó como un oasis autosuficiente pero aislado; ese fue el principio, señala Saravia, del estancamiento y de la declinación.
La obra propone la tesis de que la etapa de salteños con peso en el plano político nacional se inicia a mediados del siglo 18 y acaba en 1943, con la candidatura presidencial del Dr. Robustiano Patrón Costas. Esa candidatura frustrada y la política petrolera salteña orientada hacia EEUU fueron las dos últimas expresiones de vigor político salteño a ese nivel, llegando luego, según el autor, el agotamiento y la caída conservadora, produciéndose un vacío, una ausencia de sistema político que Salta no ha logrado, según el Dr. Luis Adolfo Saravia, aún superar, mostrando la existencia de una ya muy larga crisis transicional.

La clase dominante

Según el autor la clase dominante había dejado de existir al comenzar el milenio, al menos tal como se la conoció durante casi dos centurias, dejando un vacío que aún no ha sido cubierto totalmente. Subraya que Joaquín Castellanos fue el primero en poner en duda los criterios de legitimación del poder político que imperaban en la provincia y realiza un detenido examen de la obra de aquél. "La irrupción de la figura del Dr. Joaquín Castellanos señaló con claridad el comienzo de la crisis del sistema, aunque el sentido profundo de la crítica formulada por aquel no fue advertido por las elites salteñas", observa en su ensayo.
El imaginario colectivo salteño tiene una buena parte de sus contenidos cristalizados en el tiempo, porque corresponden a construcciones de etapas históricas superadas, determinando así una inmovilidad de actores y roles, lo cual constituye una seria traba para el progreso de la provincia. Saravia atribuía esa cristalización a la falta de inmigración en el siglo 19, lo que ha permitido la continuidad de símbolos y valores muy antiguos, de configuración precapitalista, manteniéndose la antigua figura de la relación propietario-peón, mientras que la racionalidad económica, necesaria para el progreso, no ha terminado hoy de instalarse en la cultura. Señala Luis Adolfo Saravia que además la irracionalidad se extiende al discurso político y la relación señalada se ha trasformado en la relación gobernante-
gobernados, en la cual los seguidores aguardan del poder, techo, protección y trabajo, como en las antiguas fincas autosuficientes. De ello deriva el autor que no es posible construir todavía en la provincia una economía racional, porque los sujetos se ven a sí mismos como pertenecientes a un antiguo sistema que ya no existe. Señala como prueba de su hipótesis que en la provincia existe un ensalzamiento puramente verbal y gestual de las virtudes de la vida rural y de su arquetipo, el gaucho, contradiciendo a los hechos que muestran, por el contrario, un aceleramiento del proceso de urbanización.
Los municipios
Saravia afirma en "esplendores y ocasos" que la autonomía municipal no constituyó ni constituye aún una tradición institucional en la misma medida que el oranense, el anteño, el vallisto, son primariamente portadores de lealtades locales y, muy a la larga -si es que aparecen-, una visión y sentimiento de pertenencia provincial. Incorpora la tesis de que hoy, salvo excepciones, la autonomía municipal es vivida "como si" el municipio fuere una finca autosuficiente al servicio de quienes debieran ser sus servidores.
Relaciona el concepto de las fincas autosuficientes con algunas concepciones de las autonomías municipales que categoriza como claramente cerriles, afirmando que el imaginario colectivo lleva a concepciones disgregadoras de las autonomías municipales, al relacionarlas inconscientemente con las fincas autosuficientes y con el antiguo rol social del "dueño de la finca" como el encargado de dar techo, comida y trabajo a los peones a cambio de fidelidad .
Si bien elige proponer más bien un debate a partir de su ensayo que formular asertos del todo definitivos, a través de los capítulos se desenvuelven, no obstante, diagnósticos, propuestas, tesis y sugerencias.

Las dos sociedades

En ese camino, afirma que hoy Salta muestra dos sociedades: una en la que todos trabajan todos los días y comen en sus mesas, y otra, la de los excluidos, los que no tienen trabajo, la sociedad de los sin esperanza. Por ahora sociedades diferentes; la urgente tarea es unificar a ambas y devolver la posibilidad del acceso al progreso económico, debiendo además desarrollarse respuestas para absorber sin traumas lo que le toca del fenómeno mundial de escasez de trabajo.
Será por lo tanto necesaria una transformación, promovida por políticos, intelectuales, por las universidades locales -a las que acusa de silencio notorio sobre este tema- y sobre todo por una agresiva reforma educativa, dirigida fundamentalmente "a la transformación de ciertas construcciones afincadas en el imaginario colectivo salteño", concebida como una estrategia de acceso al progreso económico que, como señala el autor, a través de ese proceso social se retransmiten a las nuevas generaciones los valores, arquetipos y modelos que deben estar vigentes, aun cuando este proceso demande años o décadas, añadiéndose a ello un profundo proceso de circulación de las elites políticas.
Las universidades tienen un rol fundamental, a condición que desistan de concebirse a sí mismas como exclusivas formadoras de profesionales; siendo estas casas de estudios la manifestación más alta y organizada de la inteligencia social, afirma el autor que sin esa inteligencia ninguna alternativa podrá ser construida. Desde allí saldrá el diagnóstico de la Salta actual, el perfil de la Salta futura y el camino entre una y otra.
Concluye que resulta imprescindible construir en Salta una sociedad de democracia participativa que estructure una economía racional (sea capitalista, cooperativista o cualquier otra forma de organización) dentro de la cual cada uno por sí y para sí tenga posibilidades de desarrollarse. Es necesaria una homogénea conversión de Salta en una sociedad asentada sobre la racionalidad económica y también superar las antiguas antinomias estériles, lo cual exige nuevas elites que no hereden los viejos odios, los ocultos rencores y las permanentes impotencias y envidias, para así poder acordar y encontrarse.
Las tesis y las propuestas, concluye el autor, "quedan sugeridas como tarea para los excelentes intelectuales e investigadores salteños".

¿Qué te pareció esta noticia?

Sección Editorial

Comentá esta noticia


Matias Sanchez Pastrana
Matias Sanchez Pastrana · Hace 9 meses

Cuanta razón tiene este autor. Me es de mucha tristeza que la inmensa mayoría salteña, sin diferenciar clases sociales, vea a la creación y acumulación de dinero como algo "malo" y alejado de sus posibilidades, cuanto menos de imposible. A primera impresión este libro debería ser leído y debatido en varias tertulias y debates públicos. Es de necesitada urgencia cambiar el pensamiento social del "sólo el que tiene plata manda y ordena" asumiendo ese rol pasivo que lleva al estancamiento social


Se está leyendo ahora