El reemplazo de Oscar Villa Nougués por Roque Mascarello puede ser un relevo que no produzca ningún cambio, o puede significar un cambio de rumbo en las políticas salteñas para enfrentar la desnutrición que, con su secuela de muertes, hoy agobia a la provincia.
Por ahora es difícil pronosticar qué proyecta el nuevo ministro. Lo que se espera de él es que trabaje mucho, con agentes sanitarios que recorran toda la provincia, casa por casa, como se hizo en otros tiempos.
"PolÍticas públicas" es un concepto muy en boga, usado hasta el paroxismo, pero que no sale del plano retórico. Una política pública supone una demanda insatisfecha, un plan metodológico para satisfacerla y una evaluación. Las muertes por desnutrición son un ejemplo categórico.
A pesar de las evidencias, es difícil evaluar técnicamente la gestión de Villa Nougués, ya que nunca definió públicamente un diagnóstico y un cuerpo de objetivos. Hace una semana, en la Cámara de Diputados, volvió a decir que los niños de Santa Victoria -como centenares de niños desnutridos de las comunidades aborígenes- sufren deshidratación.
Ese empecinamiento negador por sí solo lo descalifica.
Un ministro de Salud debe ser un estratega de las políticas sanitarias. En primer lugar debe detectar los focos de riesgo de desnutrición. Las muertes de una treintena de niños en los últimos cinco años le imprimen un rasgo particularmente doloroso, pero que no agota la cuestión. En esas comunidades hay muchas madres desnutridas y hay muchos niños pésimamente alimentados. Pero, además, en todo el territorio de la provincia se registra el fenómeno de la obesidad, que puede ser en los jóvenes y adultos un síntoma de carencias alimentarias. En la ciudad capital comienzan a preocupar la cantidad de niños muertos al nacer o vivos, pero con malformaciones por deficiencia nutricional de las madres. Es hora de evaluar si los bolsones alimentarios llevan los nutrientes adecuados a la realidad de quienes los reciben.
Las políticas públicas no pueden limitarse a firmar acuerdos, realizar anuncios grandilocuentes y convocar a la prensa con relatos inconsistentes.
Las muletillas populistas deben desaparecer, si es que realmente se quiere asumir la dimensión de la crisis social que atraviesa todo el Norte Grande argentino. No es cuestión de reiterar lugares comunes como "visibilización", "inclusión", "articulación" o de elaborar generosos expedientes sobre supuestas acciones que nunca pasaron de un enunciado.
La provincia carece hoy de una estrategia sanitaria. La prueba, en materia nutricional, la ofrece la predisposición a incorporar recetas externas, como las de Abel Albino y su organización Conin, o escuchar consejos como el del ex viceministro de Desarrollo Social, Daniel Arroyo, quien reclama que se declare la emergencia alimentaria en el país, pero juzga que en Salta se ha luchado contra la desnutrición.
En esta nueva etapa, el ministerio de Salud debe hacer un replanteo multifocal. En primer lugar, determinar si realmente está en condiciones de revisar el diagnóstico sobre el Estado nutricional de los salteños; además, debe despojar a toda la gestión de preconceptos y comenzar a ocuparse de las comunidades más castigadas por la pobreza y la desnutrición como grupos humanos que requieren acciones preventivas.
Y, por supuesto, trabajar con intensidad, consultar a quienes puedan contribuir para concretar un plan efectivo, y asumir que el ministerio no debe ser una oficina burocrática sino un centro que conduzca políticas sociales que hoy son insoslayables.

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