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“El Gobierno ni siquiera cree oportuno explicar por qué sanciona la ley antiterrorista con todo el rechazo que generó”, dijo la médica psiquiatra.
Llevó adelante la asistencia psicológica de las Madres de Plaza de Mayo desde el comienzo de la dictadura, pero luego se alejó de la organización por cuestiones ideológicas y personales, ante la llegada a la presidencia de Néstor Kirchner.
En la actualidad es coordinadora del Equipo Argentino de Trabajo e Investigación Psicosocial (EATIP) y es referente de Liberpueblo, una organización de derechos humanos.
La referente académica, una de los tantos intelectuales que llamó a “romper el silencio” y promover un debate transformador de los grandes problemas que plantea hoy el país, conversó con El Tribuno.
¿Con qué idea nace Plataforma 2012?
Somos un grupo de profesionales preocupados porque hubiera alguna voz para denunciar los grandes problemas que consideramos que hay en Argentina. Como una enunciación colectiva que cuestione las políticas del Gobierno, que quedan ocultas.
Trabajar en los análisis de estos problemas del país. Es un gobierno en el que no se han producido las transformaciones que se vienen enunciando constantemente.
¿Y de qué análisis de la realidad parten?
Nuestro documento inicial plantea centralmente cuatro temas, que tienen que ver con la relación del Gobierno con las grandes corporaciones, la problemática de derechos humanos actual -en particular, la criminalización de la protesta-, el enorme crecimiento de la desigualdad social y la existencia de un discurso que se sitúa como hegemónico.
¿Hay una brecha importante entre el discurso y la realidad?
En el campo de las ideas siempre hay modas y quienes estamos en las profesiones más humanísticas debemos lidiar con esto. La moda que introdujo este gobierno es el “relato”. Pero el problema no son los relatos, son los hechos, que es lo que verdaderamente hay que discutir. Este gobierno ha tenido la capacidad de generar un relato de la “realidad” alejado de la realidad.
Un tema al cual usted critica fuertemente y del cual conoce es la política de derechos humanos...
En mi opinión los organismos de derechos humanos tienen un rol muy importante en la medida que sean una fuente permanente e independiente de denuncias, precisamente en las responsabilidades que el Estado tiene en relación con la vigencia de los derechos humanos.
Pero el Gobierno tuvo y tiene una enorme responsabilidad en esta nueva situación, porque ha hecho de los derechos humanos una política activa para cooptar organismos de una larguísima trayectoria y, lamentablemente, estuvieron las condiciones materiales que se pusieron en juego y dinero que fue utilizado para grandes negociados.
Un ejemplo es lo que sucedió con Schoklender y las Madres...
Creo que el tema de derechos humanos viene como una catarata, replanteándose uno detrás de otro. Lo de Schoklender, efectivamente, dejó al descubierto lo que se venía haciendo en este ámbito.
Las Madres y otros organismos de derechos humanos tuvieron un papel extraordinario desde el punto de vista de denuncia, de enfrentamiento, de estar en la plaza pública durante la dictadura, y fueron un ejemplo para millones de argentinos.
Haber colaborado con ellas fue una de las experiencias personales más importantes que he tenido en mi vida.
Mi planteo no tiene que ver con un cuestionamiento de la historia sino con que algunas cuestiones, que eran básicas, se fueron transformandose. El tema (Schoklender) hizo estallar un sentimiento popular muy grande, porque era algo que no tenía nada que ver con las Madres, ni la posición de lucha de las Madres.
Se puso en juego mi ética personal, profesional, y entiendo que mi posicionamiento fue correcto.
“En 2001 se llegó a una situación en la que había una crisis absoluta de gobernabilidad. Esa no es la situación actual”, dijo Diana Kordon.
A mí me parece que vivimos en un mundo en esta época en la que hay una paradoja. Crisis sería un fenómeno que irrumpe repentinamente y deja sin referentes. Nosotros estamos viviendo en el mundo y en Argentina una situación paradójica. Constantemente, estamos sometidos a situaciones críticas. La estabilidad no es lo que marca hoy el funcionamiento social. Desde ya tenemos la crisis económica mundial que está en plena discusión. Y en Argentina, por decirlo de alguna manera, hay momentos como en 2011, cuando se produce el Argentinazo (pueblada sucedida en 2001), que fue un momento de crisis, una situación insoslayable. Todos los parámetros que teníamos de funcionamiento social estaban afectados.
Pero la situación es diferente a la de 2001...
En estos momentos no podríamos decir que hay una situación de crisis en los términos de 2001. Coincido. Lo que sí me parece cierto es que ahora entramos en un periodo en el cual se ocultan grandes conflictos. Además si bien hay una mejoría en algunos sectores sociales, no podemos negar que la sociedad se fracturó más aún. Entramos en un momento en el que las situaciones críticas se van a agudizar.
Otro problema que sería importante pensar, incluso en el resultado electoral, es que el pueblo argentino tuvo tremendos sufrimientos y las comparaciones siempre se hacen con ese momento límite. Efectivamente, no estamos en las condiciones terminales de 2001. Pero eso no quiere decir que estemos bien.
Desde su práctica profesional usted plantea la naturalización de la impunidad...
Esto se enlaza con la anterior. Es decir, con la causa Schoklender, porque el expediente descansa en el sueño de los justos. Está en manos de Oyarbide y hasta ahora no pasó absolutamente nada. Hay que tapar todos los negocios que hay detrás, que involucran a ministros del Ejecutivo. En este sentido, el discurso oficial funciona como un discurso completamente enmascarador, que tiene efectos de alienación, así es que fenómenos que en cualquier otra oportunidad serían cuestionados quedan naturalizados. Es común que no se asuman las responsabilidades, no se sancione a los responsables y esto ocurre.
¿Y cómo impacta esto en la subjetividad de las personas?
Las definiciones subjetivas de lo que está permitido, de lo prohibido, son definiciones sociales, culturales, que se subscriben en la subjetividad individual. Por ejemplo, un joven tiene que poder incorporar ciertas leyes de la cultura. Ahora, con los permisos en la corrupción que hay, con los permisos en los grandes negociados, no hay nada que regule como un garante social. Son modelos que se van internalizando. Por lo tanto, no es una cuestión exterior o de política o de economía. Son cuestiones que después inciden profundamente en los modos de subjetivación.
¿Cuál es su perspectiva frente al planteo de que la sociedad está enferma?
Yo creo que una sociedad no está ni sana ni enferma. De acuerdo con las condiciones económicas, sociales, del vinculo social, etc., que la pueden favorecer o ser productoras o inductoras de enfermedad. Vivimos en un marco social donde se promueve la patologización, que genera un sentimiento de indefensión colectiva muy profundo, sobre todo a grandes sectores de la sociedad. Por ejemplo, el hecho de no tener una vivienda no solo genera sentimientos de indefensión, sino también de culpa. Para el hombre, que es considerado el sostén del grupo familiar, la carencia de vivienda, de trabajo, estimula el sentimiento de culpa.
¿Y cómo ve la realidad de las instituciones de salud?
En este sentido el otro problema es el colapso del aparato público de salud que tiene que ver con el derecho a la salud de cada uno de nosotros. Este planteo incluye a los propios profesionales de la salud, que tienen que tener condiciones de trabajo dignas. En el campo de la salud mental, ¿cuántos pueden acceder a los precios que tienen los medicamentos psicofármacos? En otra época se decía que la gente usaba piscofármacos. El Estado no se hace cargo ni de la producción de medicamentos, ni del control, ni de garantizar que la mayoría de la población pueda acceder a lo que necesita. Ese es otro tema que nos preocupa y está totalmente enmascarado.
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