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Bronca, alegría, vergüenza son sentimientos que nos abordan diariamente, pero a veces nos preguntamos por qué hemos reaccionado de tal o cual manera, si la situación no daba para esa reacción. Ahora, ¿qué son las emociones? A nivel corporal, se puede decir que son esas sensaciones que nos produce cosquilleo en la panza, nos ponemos rojos, el corazón se acelera, estas son algunas de las manifestaciones físicas. Es decir, las emociones se sienten en el cuerpo.
Nos permiten darnos cuenta de cómo nos sentimos: placer/malestar; agrado/desagrado, nos hacen saber qué es realmente importante para nosotros y qué no lo es, con quién estamos cómodos y con quién no lo estamos,
cuándo estamos a gusto en algún lugar y cuándo no lo estamos. Pero a este mundo hay que sumarle el nivel cognitivo, donde intentamos dar cuenta, explicarnos que sentimos, pensarnos, comprender qué nos pasa
para, en función de todo ello, saber cómo actuar y proceder ante determinadas situaciones.
Las emociones nos orientan en el establecimiento de nuestras metas, objetivos y en función de ello es que ponemos en marcha nuestro motor para intentar su realización, así las emociones nos motivan, nos alientan, o bien nos asustan, inhiben, aíslan. También orientan nuestra atención, percepción y hasta la memoria, por
ejemplo si estoy embarazada, muy posiblemente vea más panzas que lo habitual por ejemplo.
Por eso no debemos pensar a las emociones separadas o independientes del cuerpo, del pensamiento y del comportamiento. El desafío está en aprender a registrar, conocer, regular, expresar. Es a partir de un trabajo de conexión interior, de auto-observación que podemos aprender a registrar nuestro sentir. Las emociones
dan cuenta de nuestra vida interior. Hay que pensarlas como señales internas que nos ayudan a una mejor adaptación a nuestro entorno, nos permiten conectar nuestra esencia con la realidad externa para lograr una mejor supervivencia, por ejemplo: el miedo nos advierte de un peligro, el asco de algo en mal estado, la compasión nos pone en empatía con el otro, la culpa nos ayuda a reparar, el enojo que hay algo para resolver.
Las emociones también sirven para comunicarnos, así el llanto avisa a un ser querido que necesitamos contención, compañía, la risa demuestra felicidad y ganas de compartir. Estamos permanentemente emitiendo señales, leyendo e interpretando las que generan nuestros otros, esto es inevitable en todo vínculo, en toda interacción. Lo que suele suceder más frecuente de lo que uno cree, y ser motivo de conflicto, es la distorsión en la interpretación de estas señales o bien la dificultad en la expresión de nuestras propias emociones Se puede decir que una persona es inteligente emocionalmente cuando logra identificar sus emociones, integrarlas con
su pensamiento y alinearlas con su accionar, para ello tiene que identificarlas y expresarlas adecuadamente.
¿De qué se trata la inteligencia emocional?
La inteligencia emocional no apunta al control de las emociones sino al conocimiento, al ser consciente y poder regular su expresión. Si bien no hay que controlar las emociones, tampoco hay que dejarse invadir y avasallar por ellas. Lograr postergar su realización o aplacar su expresión puede ser un desafío que muchas personas
suelen intentar y al que muchos suelen fracasar.
De chicos nos enseñan a caminar, a comer pero no nos enseñan, por ejemplo, a enojarnos adecuadamente. Creemos en el aprendizaje emocional, no desde la idea de programar lo que sentimos, ni desde la creencia que está bien o mal sentir de una u otra manera, pero sí creemos que la falta de regulación emocional genera con
ductas desadaptativas y esto trae conflictos en diferentes áreas de la vida.
Muchas veces esta regulación surge espontáneamente, pero muchas otras no. Cuando esto no se logra naturalmente y la repetición de la experiencia no es suficiente para generar un cambio, entonces la terapia es
un marco privilegiado para poder aprender de uno mismo y lograr incorporar habilidades de cuidado personal.
Las emociones tienen un significado, un sentido. Enojarse no es lo mismo para todos, cada uno tiene un sentido personal en su modo de sentir, y este modo surge como resultado de experiencias tempranas, de vínculos importantes, del tipo de familia, costumbres, etc. Cuando algo nos sucede podemos aprovechar la oportunidad para preguntarnos qué está pasando, por qué nos está pasando, para qué nos está pasando y esas respuestas nos van a dar la idea del sentido, del por qué y para qué.
Nada es casual, nada es porque sí; todo en la vida tiene un sentido, a veces más claro, otras más oculto. Pero allí radica la cuestión, comprender el sentido de lo que nos pasa, ya sea para intentar resolver, modificar o bien aceptar.
Algunas de las emociones que suelen generar mayor dificultad en su manejo son: enojo, celos, envidia, ansiedad.
En los consultorios se suelen ver situaciones en las cuales los celos parecieran estar justificados por conductas de infidelidad. Otras veces, ciertas conductas de celos están motivadas no por una cuestión real sino por pensamientos exagerados, sobredimensionados, creencias rígidas de exclusividad absoluta que generan con
flicto en el vínculo. Digo vínculo y no pareja porque los celos no son un sentimiento exclusivo de la vida amorosa, sino que también suelen observarse escenas de celos entre amigos, entre familiares y hasta compañeros de trabajo.
Hay personas que se caracterizan por ser especialmente enojadizas. Se los suele reconocer por repetidos estallidos de furia, gritos, peleas, ofensas, inclusive insultos y hasta golpes. Independientemente del motivo explícito del enojo, cualquiera de estas conductas descriptas anteriormente, lejos de lograr resolver el conflicto que dio motivo a dicha pelea, lo complica más aún, incluso muchas veces siendo este último episodio más grave que la situación disparadora o de origen.
Tips a tener en cuenta:
Hoy día hay cantidad de bibliografía y autores que hablan de las emociones y su manejo. Leer sobre ellas, investigar en sitios de internet es una buena forma de cultivar nuestra emocionalidad. Así mismo hay películas que muestran situaciones de enojos, furias, celos, traiciones, poder verlas y luego debatirlas es interesante.
Ejercicio 1:
. Realizar un listado de las emociones que conozco. Luego intentar ampliarlo con la consulta de amigos, familiares o bien diccionarios.
. De cada una de ellas tratar de recordar situaciones concretas de mi vida personal en las que me vi involucrado afectivamente.
. Describir la situación que me activó dicha emoción y a continuación como fue mi comportamiento.
. Evaluar mi satisfacción o no en cómo fue el desarrollo de la secuencia.
. Reconocer si esta actitud logró resolver la situación o bien si la complicó más todavía.
. Marcar cuál de estas emociones me generan más dificultad o bien cuáles aparecen con mayor frecuencia.
Ejercicio 2:
1. Identificar qué emoción nos cuesta, cuál nos hace saltar la térmica.
2. Registrar que situación la disparó: puede ser una situación externa, algo que haya ocurrido o bien alguna sensación interna o un pensamiento.
3. Observar cómo nos comportamos, qué hacemos, qué no hacemos, qué creemos que hicimos mal, cómo creemos que deberíamos haber hecho.
4. Observar a otros, amigos o familiares con quién podamos tener una charla intima y preguntarles cómo hubieran procedido ellos.
Esto no quiere decir que el otro sea mejor que nosotros ni que no se pueda equivocar, solo nos permitirá poder ver la situación de otro modo, desde otro punto de vista.
Si al concluir los ejercicios y la lectura de este informe ustedes se ha sentido especialmente identificado o bien hay alguna cuestión que le genera inquietud personal, puede consultar a un psicólogo que trabaje con
emociones y podrá ayudarlo. Hay centros que realizan talleres grupales para adquirir habilidades especificas, por ejemplo talleres de manejo del enojo, talleres de fobia social o de desinhibición para trabajar sobre la timidez y la vergüenza.
Para mayor información:Hémera, Centro de estudios del estrés y la ansiedad.
info@hemera.com.ar
www.hemera.com.ar
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