Todo comenzó con una mimosa. No estamos hablando de una muchacha en extremo cariñosa, sino de la simpática plantita que cuando se la toca instantáneamente repliega sus hojas. Por ello también se la conoce como "púdica", "vergonzosa", "no me toques", "sensitiva", etc.

En el siglo XVIII, el astrónomo francés Jean Jacques d'Ortous de Mairan descubrió que las hojas de esta planta se abrían en dirección al sol por el día y se cerraban al atardecer y que esa oscilación se mantenía independientemente de la luz, aun en un cuarto cerrado. Otros investigadores confirmaron, tiempo después, que ese reloj biológico se encuentra también en animales y humanos y se empezó a denominar esa adaptación como ritmo circadiano o nectameral.

Hace dos días, Jeffrey Hall, Michael Rosbash y Michael Young fueron galardonados con el Premio Nobel de Medicina por el descubrimiento de los mecanismos moleculares que controlan los ritmos circadianos. El trabajo de estos investigadores ha sido clave para saber cómo se sincroniza nuestro reloj biológico interno con las diferentes fases del día.

Como suele ocurrir con los premios Nobel, se trata de un reconocimiento tardío. La base del descubrimiento de estos científicos se produjo hace más de 30 años. Es un tema sobre el que, en esta misma columna, venimos escribiendo hace tres lustros, en relación a los efectos que el trabajo nocturno y rotativo produce sobre la salud de los trabajadores.

El ciclo circadiano abarca 24 horas, divididas en 8 para el sueño y 16 para la vigilia. En el trabajador nocturno se produce una desincronización de su ritmo biológico circadiano natural, que se traduce por una mayor predisposición a la fatiga. Agreguemos que el sueño diurno no tiene las características reparadoras del sueño nocturno. Los trastornos que sufre el trabajador de noche son la consecuencia del triple conflicto biológico, laboral y socio-familiar al que está sometido. Se han comprobado problemas digestivos, cardiovasculares, endocrinos, insomnio, etc. El trabajo de los científicos ahora galardonados con el Nobel permitió detectar también el aumento en el riesgo a desarrollar algunas enfermedades, como cáncer. Se dice que por cada 15 años de actividad nocturna se envejece prematuramente unos 5. Las consecuencias psicológicas se presentan en forma de estrés, desmotivación, irritabilidad y síndrome de fatiga crónica. La falta de sincronía familiar se produce cuando el trabajador de la noche llega y los otros salen; cuando se desliza en la cama, los otros desayunan. La cosa se complica cuando intenta dormir, y suena el teléfono, el rugir de los autos en la calle y los ruidos matinales de la cotidianeidad intimidan sin compasión a Morfeo. Compenetrarse con la pareja y coordinar con los amigos es todo un reto. Se dice que, con el correr del tiempo, quien trabaja en horario nocturno termina adaptándose. Su ficha biológica, finalmente, acepta la inversión del día a la noche. Pero cuando se trabaja una semana a la noche, otra a la mañana, la siguiente a la tarde y la cuarta... la persona se desmorona. Aquí entran en cortocircuito todos los ritmos, relojes, ciclos a los que el organismo puede adaptarse. Desaparece para el trabajador toda posibilidad de organizar su vida.

Las empresas que utilizan esta modalidad de jornada deberían pensarlo varias veces. Aunque consideren al trabajador como un objeto descartable y sustituible, por su propio interés deberían comprender que es notoria la disminución de la capacidad laboral en los turnos rotativos y que, estadísticamente, está comprobada la altísima incidencia en los accidentes de trabajo.

 

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