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La tentación del fascismo

¿Todo cambia?

En las ciencias sociales hay un debate, postergado tal vez, pero latente, entre quienes consideran que el mundo de la Economía siempre ha sido el mismo, con los cambios que las modernizaciones imponen, y por otra parte, la postura que sostiene que ninguna etapa es igual a la anterior y que hay saltos discontinuos, o sea, abruptos y diferenciados, entre una etapa y la anterior.

En el primer punto de vista podría incluirse a los economistas más ortodoxos, quienes en general no se entusiasman demasiado en proponer análisis explicatorios y simplemente adhieren sin muchas vueltas a la idea de la evolución continua.

En el segundo grupo, casi con características monopólicas, figura el marxismo, que considera que la Historia proporciona las claves para entender el futuro, el cual, consecuentemente, sería inmodificable, mal que les pese a los físicos cuánticos, que indirectamente apoyan el libre albedrío.

La tercera vía

Sin pretender polemizar con los adherentes a uno y otro bando, podría considerarse que, efectivamente, hay continuidades que se manifiestan en que prácticamente desde siempre existió la moneda, los precios y el intercambio.

Sin embargo, es ostensiblemente evidente también que se observan grandes modificaciones en el desenvolvimiento de las sociedades, comenzando con el que significó la Revolución Industrial de mediados del Siglo XVIII, y desde entonces, cada tanto se vienen produciendo cambios marcados que representan nuevos desafíos a las economías individuales y a toda la economía mundial.

Así, en 1929, la organización institucional que acompañó la etapa iniciada con la Revolución Industrial -y su imagen especular en lo político, la derrota del Absolutismo- quiebra, aunque, gracias a un “restyling” o restauración desde la teoría económica junto a las recetas de política económica que se le asociaron, emerge una nueva etapa con mayores controles pero sin resignar los grandes lineamientos del liberalismo que se asoció a la primera gran transformación, escenario que posibilitó una enorme expansión en la generación de riqueza y en el número de países involucrados, una vez concluida la Segunda Guerra Mundial.

La etapa posterior a la crisis de 1929 se frena hacia la década de los setenta del Siglo XX, principalmente como consecuencia de la inflación, lo que les da a los teóricos ortodoxos derrotados en 1929 la oportunidad de desmantelar los controles introducidos luego de esta crisis.

No obstante, este reacomodamiento tiene una vida bastante breve porque en los primeros años del Siglo XXI se produce una nueva crisis de la que el mundo no se ha recuperado del todo y que no fue peor gracias a las enseñanzas de la crisis anterior que no se habían olvidado completamente, lo que permitió aplicar algunos paliativos y evitar males mayores.

Heridos de guerra

Claramente, los graves tropiezos de las sucesivas crisis no fueron en absoluto inocuos y dejaron muchos heridos en el camino, los más recientes, en convalecencia y con diagnóstico más ajustadamente desconocido que reservado.

Mucho antes del estallido final de 1929, la economía de laissez-faire, o sea, sin controles, generaba ciclos cada vez más violentos, con lo que cada crisis era peor que la anterior y la recuperación asomaba como más incierta, dificultosa y lenta. Esto generó un también creciente desencanto con la economía de mercado y el sistema político en el que se apoyaba, desencanto que cristalizó en los experimentos fascistas de Italia y la Europa continental, que en la Argentina tuvieron su réplica en los golpes de estado de 1930 y 1943. La recuperación de esta crisis fue dificultosa, porque requirió una reestructuración de la teoría económica, la aplicación de medidas de política económica anteriormente inexistentes, y superar además la costosa y trágica guerra de 1939-1945.

La crisis de los setenta que significó el abandono del nuevo ordenamiento y el intento de reinstalación de la doctrina del laissez-faire, por su parte, provocó la reaparición de la brecha de desigualdad que era ya conocida durante la vigencia del esquema colapsado en 1929 y que, nuevamente, despertó las iras contra la economía de mercado y el sistema político de libertades.

A su turno, la detonación de una nueva crisis, en 2008, precipitó las críticas contra las libertades en sentido amplio y explicablemente mostró la reaparición de “la tentación fascista”, expresada nuevamente en la Europa continental y de manera reciente, en los Estados Unidos con el triunfo de Donald Trump.

¿Y ahora quién podrá ayudarnos?...

En la gran crisis de 1929, Keynes, educado en la tradición de la Economía del laissez-faire, debió realizar un enorme esfuerzo para escapar de ella, según sus propias palabras, habiéndose traducido ese esfuerzo, como se señalaba en renglones anteriores, en una reescritura de algunos lineamientos estratégicos de la Economía y en otras tantas recomendaciones de política económica. Sin embargo, no menos importante fue el esfuerzo de Keynes junto a los políticos del Reino Unido y los Estados Unidos, por enfatizar en el pleno imperio de las libertades como acompañamiento fundamental del funcionamiento de las economías, destacando que los controles que ahora existirían no significaban el ahogo de las libertades individuales sino un resguardo de ellas, ampliando a todos los países el esquema de funcionamiento de las más desarrolladas y victoriosas en la Segunda Guerra Mundial.

Evidentemente, este ideario debe ser relanzado ahora, en el sentido de buscar un nuevo ordenamiento de las economías dentro del pleno resguardo de las libertades, que no deben excluir las de producir e intercambiar bienes y servicios dentro y fuera de las economías.

Este desafío, debe contemplar soluciones reales para los sectores marginados, soluciones que, como se señaló en una nota anterior, no pueden reducirse a meros parches del tipo de los planes sociales y similares, sino que deben representar una verdadera inclusión, en términos de generar empleo genuino para estos sectores, desafío que obviamente involucra a todos: economistas, políticos y a la Academia en primer lugar.

La alternativa, como es evidente, es “la tentación fascista”, que a los argentinos nos inficionó profundamente desde aquellos golpes de estado de 1930 y 1943, y de la que todavía nos cuesta recuperarnos.

Ojalá nuestra experiencia nos alerte de nuevas recaídas y podamos abrevar de los esfuerzos propios y ajenos para salir de esta encerrona, y no, como antes lo hicimos, de los “experimentos” que estarían reiniciándose en Estados Unidos en la era Trump y que ojalá Europa no imite.

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