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El goce triste del “indiódromo”

El Parkinson, las muertes, heridos y exdesaparecidos de la avalancha del predio "La Colmena" junto a la perdida psicodelia que elogió, son las actuales angustias de Carlos Solari.

Él ya está en la boca del establishment que tanto desprecia, toda una ironía para su rebeldía setentina antimercado. Su narcisismo es el del antihéroe posmoderno y trágico de multitudes alegres, algunas alcoholizadas, drogadas y energizadas en el pogo más grande del rock mundial.

El sistema lo asimiló en Olavarría y demostró las contradicciones y peligros que tiene su música brindada en convocatorias a la bartola en las que sus fans sobreviven o se sacrifican por la subcultura ricotera.

Como si fuera un enigmático alexitímico (dificultad en la expresión verbal), hizo silencio luego del desastre. En Facebook balbuceó por un tercero para culpar a los medios. Los asistentes al recital tuvieron miedo a perecer en el "indiodrómo", epicentro de riesgo por la absoluta libertad personal con la que empodera a sus seguidores.

El último pogo ricotero fue un baile de saltos gimnásticos, choques de cuerpo a cuerpo y empujones desafiando -al compás de la música- hasta la ley de la gravedad. Esa coreografía está argentinizada por Solari. La usó primero el bajista de "Sex Pistols", Sid Vicious.

La identificación en la multitud que genera Solari, a veces muy cerca de ilusiones llenas de fuegos fatuos, exhibe durante años una imagen ritual cuya viñeta es el triunfal pogo.

La fiesta del "indiódromo" es del iluminado que despierta otras percepciones como el viaje psicodélico de los 60.

La recaudación en Olavarría cerró a favor de Solari, pero la acumulación de riquezas hace olvidar, a veces, que "es imposible ganar sin que otro pierda", máxima escrita antes de Cristo por el romano Publio Siro.

Los perdedores de "La Colmena" son los que se identifican intergeneracionalmente con Solari, lo creen hecho a imagen y semejanza de la libertad subjetiva absoluta que buscan. Es su poeta y artista argentino más antisistema. La catarsis en Olavarría fue una fatídica unión transitoria de empresas que, entre privados y el Estado, empujó a los acólitos al goce por la muerte.

En el "indiódromo" siempre se anima la irrealidad de la autodeterminación total, y maníacamente se puede escuchar un músico-protesta, filósofo millonario y empresario del yo ideal de la contracultura.

"Soy un hombre de la psicodelia y por lo tanto comparto, con pocos, una visión diferente a la que abunda en la sociedad. No voy a exponer en éstas líneas lo que deja la experiencia lisérgica. Lo importante, lo desconocido y al mismo tiempo ignorado, es la transformación metafísica que se da en uno durante esa aventura", se autodefinió Solari en la red social días antes de la hecatombe olavarriana.

Solari critica con nihilismo a la ética del sistema y en el hipermercado de la diversión y del desahogo colectivo de hacer lo que el ombligo dicta a cada uno, su hedonismo predispone a reproducir la economía del consumismo de las adiciones y otros goces.

Un fiscal pidió investigar sus finanzas. Debe probar que en esa noche la música fue un "arte de la armonía" negligente o llena de maldad por la codicia del cantor y sus organizadores que lo harían responsables del goce triste del último "indiódromo".

 

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