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Alejandro Dolina: “En estos tiempos la memoria está dirigida por los medios” 
Alejandro Dolina: “En estos tiempos la memoria está dirigida por los medios” 


Este mes, Alejandro Dolina volverá a convertir la sala del Teatro Provincial en un particular estudio de radio. El viernes 19 de mayo presentará nuevamente en Salta “La venganza será terrible”, el espectáculo teatral que conduce junto a Patricio Barton y El trío sin nombre, integrado por Manuel Moreira, Martín Dolina y Ale Dolina. Esa noche, el conductor dejará zarpar una vez más su legendario barco sin brújula. “El navío está preparado para soportar todos los mares, pero en realidad nosotros no sabemos muy bien en qué clase de sargazos estaremos navegando cada noche. A veces esa misma sorpresa que el desarrollo del programa nos depara, es lo que más nos divierte. Nos genera el entusiasmo propio de quien está leyendo y escribiendo al mismo tiempo una novela”, le contó Alejandro Dolina a El Tribuno días previos a su presentación. Las entradas están a la venta en boletería del teatro (Zuviría 70).

“La Venganza” cumplió 30 años hace poco. Haciendo un paralelismo con el ciclo humano, el programa estaría en plena juventud...
Esa es una buena metonimia, pero el tiempo pasa para todos. Ojalá yo tuviera 30 años, pero es “La Venganza” la que tiene 30. Y en estos años se ha ido modificando; tampoco nosotros somos los mismos, ni las circunstancias lo son. A lo mejor hemos modificado algunos de nuestros hábitos artísticos. Alguna destreza habremos aprendido. Entonces no es que hayamos repetido la misma maniobra en estos 30 años, sino que vamos cambiando y -ojalá- creciendo.
Hablando de destrezas, ¿vos dirías que se nace buen improvisador o es una gimnasia permanente frente al espejo?
Las dos cosas, posiblemente. Creo que el arte de la improvisación requiere una preparación para conocer patrones. Para hacerse diestro en nuevas conexiones hay que conocer las viejas. En realidad la improvisación pura necesita de mucha ejercitación, entonces uno puede estar en condiciones de enfrentar situaciones que parecen nuevas pero que a lo mejor no lo son tanto.
Es muy romántico lo que hacen ustedes con “La Venganza”, en el sentido de permanecer en el cariño de la gente sin claudicar a un estilo y a ciertos principios...
Ojalá que sea cierto lo que vos decís: que podamos mantener esa búsqueda de la excelencia que a veces requiere alguna clase de renunciamiento, pero que es el camino que nosotros hemos elegido. A veces uno se traiciona, se engaña y se sale del camino trazado. Y a la vez uno genera mecanismos para no ver esa traición. Así que cuando yo oigo decir eso a alguien como vos, me pongo feliz. Eso significa que al menos seguimos fieles a nuestro intento. Mantener la búsqueda de la excelencia está bien, porque sin búsqueda no hay encuentro.
“La Venganza” es como un barco que zarpa todas las noches sin rumbo fijo, sin saber adónde va a llegar...
Algo de eso hay. El navío está preparado para soportar todos los mares, pero en realidad nosotros no sabemos muy bien en qué clase de sargazos estaremos navegando cada noche. A veces esa misma sorpresa que el desarrollo del programa nos depara, es lo que más nos divierte. Nos genera el entusiasmo propio de quien está leyendo y escribiendo al mismo tiempo una novela. 
Muchos de tus textos se ambientan en un barrio con virtudes literarias como Flores, pero tengo entendido que nunca viviste ahí...
No, nunca viví ahí. Es una decisión artística que tiene que ver con mi comodidad para escribir. Era un barrio que yo conocía bastante. El barrio mío es poco popular. Hablar de Caseros es un lío porque hay que emplear 3 o 4 páginas para explicar dónde queda. Entonces preferí hablar del barrio de Flores que es bastante conocido tanto por los lectores como por mí. 
La memoria es casi un personaje en tus textos. ¿Creés que la memoria, tarde o temprano, siempre nos salva de alguna manera?
La memoria también es ficcional y nos engaña. Hasta poco estuvimos preparando un libro acerca de los 30 años de La Venganza, que va a publicar editorial Planeta próximamente. Incluye recuerdos, anécdotas, fotos, testimonios... Lo que noté a lo largo de proceso de creación del libro es que la gente se olvida mucho y, peor aún, recuerda cosas que nunca ocurrieron. Tanto es así que, al compilar esos recuerdos, tuve la tentación de hacer una selección de notas al pie corrigiendo lo que se decía arriba... Hasta que me di cuenta de que a lo mejor yo también tenía esa clase de memoria ficcional e inventaba las cosas que creía recordar. Así que, a sabiendas de que muchos de esos testimonios eran absolutamente falsos, los dejé así, sin ningún tipo de corrección. Después de todo, así recordamos nosotros las cosas. Y si las percibimos así es porque de algún modo son así. Hay que resignarse a ese carácter dudoso de la memoria.
¿Creés que ese carácter dudoso le cabe también a la memoria colectiva y que, por eso, las sociedades repiten los errores?
Sí claro, desde luego. Es posible que la memoria colectiva sea todavía más dudosa que la individual. A veces la memoria colectiva desaparece borrada por acontecimientos recientes. Lo reciente prevalece sobre lo anterior. El presente resignifica el pasado y lo convierte en otra cosa. En estos tiempos la memoria está manipulada, dirigida, casi gobernada por los medios de comunicación que no solamente influyen sobre el presente, sino también sobre el pasado.
¿Cómo estás viviendo Buenos Aires?
En Buenos Aires no se vive tanto la ciudad desde el sentimiento. Las personas que viven en edificios impersonales no están muy vinculadas con su lugar. No hay relaciones interpersonales, como ocurre en casi todas las megalópolis. Entonces el cariño por la ciudad se va afantasmando, se vuelve una cosa más declarativa que real. Yo no puedo decir que vivo mi ciudad. Conecto un poco los vecinos más cercanos y nada más. Y por ahí es hasta preferible no vivirla porque Buenos Aires es una ciudad muy enojada, muy llena de encono, con una población de insensatos muy alta. Es muy distinto vivir aquí que vivir en una ciudad con la personalidad que tiene Salta, por ejemplo.

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