El Milagro llegó a la Antártida a través de cuatro salteños que trabajan en la Base Esperanza

A nueve meses de haber llegado a la Antártida, el capitán Daniel Ruiz tiene en estos días una actividad que lo acerca de una manera especial a su “pago” de Salta. Desde el miércoles de la semana pasada, antes de asistir a la reunión de organización que todas las mañanas tienen los técnicos y científicos de la Base Antártica Esperanza, ingresa unos minutos a la capilla San Francisco de Asís y reza la novena en honor al Señor y la Virgen del Milagro.
“Allí doy gracias por lo que tenemos y por la familia que me acompaña desde tan lejos en esta empresa tan particular que encaré por un año”, contó Ruiz a El Tribuno en una comunicación telefónica.
El oficial del Ejército, de 41 años de edad, está a cargo del área de informática en la base. Es tal vez, junto a los cocineros, uno de los más requeridos por sus compañeros, ya que se encarga de que las comunicaciones, sobre todo internet, funcionen correctamente en ese lugar inhóspito, donde una fotografía familiar que llega al celular, un mensaje de texto o un enlace por videollamada resultan vitales para sobrellevar los días en el territorio más austral y con las condiciones climáticas más extremas de la Argentina. En ese rincón glacial, el capitán Ruiz comparte su devoción por los patrones tutelares de Salta con otros tres salteños, con quienes llegó a la península antártica nacional el 23 de diciembre del año pasado.
Se trata del suboficial principal Francisco Vilte, encargado de carpintería; el sargento Cristian Tarbarcache, auxiliar en el taller de instalaciones, y del cabo primero Gustavo Cruz, uno de los cocineros de la base.
Cada uno se hace unos minutos en sus actividades diarias para dedicarlos a la fe en el Señor y la Virgen del Milagro. “El rezo de la novena te lleva al pago”, aseguró Ruiz. 
“Como salteño, desde chiquito vivo esta profesión de fe, que me quedó arraigada”, dijo, y recordó que su encuentro con la religión llegó a través del grupo de jóvenes católicos Palestra.
Para mañana, el día de la procesión del Milagro, los cuatro salteños ya tienen pensado cómo vivirán la jornada de fe a más de 5.000 kilómetros de distancia.
“La mejor manera que tendremos para acercarnos al Señor y la Virgen del Milagro será un momento de oración y reflexión en la capilla”, adelantó Ruiz.

Un día en el pueblo

En la Base Esperanza, donde la temperatura media anual oscila los 20 grados bajo cero y los vientos pueden superar los 200 km/h, conviven 57 personas, entre personal del Ejército, científicos, docentes y 12 chicos que acompañan a sus padres en el continente blanco.
Los habitantes de este pueblo pasan un año juntos o “invernan”, como le dicen a esa experiencia.
En la actualidad, la claridad del día empieza a verse a las 6 y a las 19 comienza a oscurecer, según describió Ruiz.
“Cuando llegué en diciembre, el sol nos acompañaba las 24 horas; me acuerdo que en el brindis de Navidad, mi esposa e hijas en Salta no podían creer que acá era de día”, recordó el capitán.
La jornada laboral en la base comienza a las 7, con una reunión de organización en “la casa principal”. A las 13 hay un receso para almorzar y las 17 termina el día de trabajo.

Un proyecto familiar

Cada vez que le preguntan cómo llegó a la Base Antártica Esperanza, el capitán Daniel Ruiz repite que se trata de un “proyecto familiar”.
“Es una decisión que tomamos con mi esposa Nancy y mis hijas Candelaria y Valentina. Sin sus apoyos esto sería imposible”, relató el integrante del Ejército.
“En cuanto a lo personal, la experiencia de venir a aplicar lo que uno sabe en un territorio tan inhóspito es una experiencia única”, dijo Ruiz, quien tras terminar su rutina diaria se pone a estudiar para la carrera de Tecnología Digital para la Educación, que cursa de manera online en la Universidad Nacional de Lanús.
“Gracias a Dios pude regularizar todas las materia del primer cuatrimestre, a pesar de lo dificultoso que se torna a veces cuando se cortan las comunicaciones con las inclemencias del tiempo”, señaló el capitán.
¿Cuál es el próximo desafío? “Reencontrarme con mi familia es el desafío más grande, porque uno queda aislado en este lado del mundo y el pilar fundamental es la familia, que lleva la carga más pesada”, sostuvo el salteño.

 

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