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San Martín, un paradigma de nuestra Independencia
Aunque los traslados de los feriados lo hagan pasar desapercibido, hoy se cumplen los 166 años de la muerte de José de San Martín, figura central de la Independencia y prócer unánimemente reconocido por los argentinos.
La dimensión histórica de este hombre nacido en un pequeño pueblo de Corrientes, educado en el ejército español y convertido en libertador de América obliga a desentrañar su personalidad de estratega.
La sacralización de su figura ha invitado a las distintas generaciones de dirigentes políticos a identificar a San Martín con sus propios sueños. Lo han imaginado de muchas formas, pero los estereotipos de la ficción -literaria, cinematográfica o política- no resisten a la documentación histórica.
Por sus hazañas militares, la euforia argentinista comparó al "gran capitán" con Aníbal, el general cartaginés que intentó cruzar los Alpes con elefantes para conquistar Roma -y fue derrotado-, o con Napoleón Bonaparte, que trocó la Revolución Francesa en un sueño imperial rápidamente abortado. Ni una cosa ni otra. San Martín cruzó la cordillera de los Andes y logró su objetivo de desplazar al ejército español en Chile; luego, derrotó al núcleo realista más fuerte, en Lima. No fracasó, como Aníbal, porque supo medir la realidad de sus posibilidades y no se tentó con convertirse en emperador.
Era un estratega con clara visión del mundo de su tiempo, perspectiva de futuro y convicción en la necesidad de la independencia de América. Por esa razón no fue director supremo para imponer con la fuerza de las armas la Constitución de 1819.
San Martín creía con la misma fuerza en la independencia y en la construcción de instituciones plenamente legitimadas. Según lo expresa Natalio Botana en su obra Repúblicas y Monarquías, para San Martín "el orden es condición de la libertad".
Su carta a Tomás Godoy Cruz en mayo de 1816, dirigida a todo el Congreso de Tucumán, expresa su opción por la independencia -por la que había optado el pueblo- y la preocupación por las vulnerabilidades que se planteaban "sin Artes, Ciencias, Agricultura, Población y con una verdadera extensión de territorios que con más propiedad pueden llamarse desiertos".
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El abrazo entre Bernardo O'Higgins y José de San Martín, tras la victoria de Maipú. Cuadro de Pedro Subercaseaux Errázuriz.

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El abrazo entre Bernardo O'Higgins y José de San Martín, tras la victoria de Maipú. Cuadro de Pedro Subercaseaux Errázuriz.

San Martín expone las tensiones que pueden poner en riesgo el orden y la legalidad. En 1830 le escribe a Vicente López y Planes: "Dos son las bases sobre las cuales reposa la estabilidad de los gobiernos conocidos, a saber, en la observancia de las leyes o en la fuerza armada. Los representativos se apoyan en la primera, los absolutistas en la segunda: de ambas garantías carecemos los de América".
El pensamiento político inspirado en la idea de un futuro superador que se construirá a partir de una realidad desfavorable es un ejemplo que no deberían desdeñar nuestra dirigencia actual, que suele invocarlo pero a la que le cuesta emularlo. Lo mismo cabe decir del imperativo sanmartiniano de la inserción del país en el mundo, sin genuflexiones y en condiciones de soportar las tensiones y las exigencias del resto de las naciones.
La formación militar, que forjó su personalidad, así como su capacidad de liderazgo fueron el sustento de su perfil de estadista. La proyección de la figura del Libertador lo muestra con cualidades hoy ausentes en las tradiciones políticas argentinas.
La independencia de la Nación, la vocación republicana y el respeto por la ley y el orden son tres principios decisivos en la constitución de su figura histórica.

En una década cambió la historia

José de Guardia de Ponté, representante del Movimiento Nacional Sanmartiniano en Salta, destacó el accionar del general José de San Martín entre 1812 y 1822 y el legado que quedó en toda la región.
“Es interesante y sorprendete lo que pudo hacer en diez años. Dio curso a la revolución; conformó con otros patriotas la Logia Lautaro; reorganizó el Ejército del Norte y delineó una estrategia. Luego se fue a Mendoza, donde preparó un Ejército fuerte. Cruzó la Cordillera, incluso hoy se estudia cómo lo hizo. Ganó dos batallas importantes como Chacabuco y Maipú. Liberó Chile y después armó un ejército más grande y lo llevó por mar a Perú. Allí formó un gobierno fuerte y no se apropió del poder. Al contrario, cumplió con su palabra de convertirse en un diputado constitucionalista”.
Tras hacerse esa síntesis, Guardia de Ponté remarcó que el peso de la gesta de San Martín es tan contundente que en esa década cambió la historia de América y el mundo.

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