El sueño duró 73 segundos. Después, todo se desintegró. Hace 30 años, con el estallido en el cielo del trasbordador espacial Challenger, no sólo se perdieron las vidas de 7 astronautas -entre ellos la primera civil en viajar al espacio, la maestra Christa McAuliffe-, también se deshicieron el mito de infalibilidad de la NASA, el futuro del programa de transbordadores Shuttle y gran parte del futuro de la carrera espacial que, desde aquel desastre, nunca volvió a ser la misma.
El orgulloso Challenger, rodeado de cohetes propulsores y tanques de combustible sólido se elevó con exasperante lentitud hacia el infinito, cuando de pronto un chorro de fuego y gases escapó del cohete derecho y llegó hasta el principal tanque de combustible. Una bola de fuego destrozó el enorme complejo aeroespacial, el Challenger formó una humeante "Y" griega en el cielo, con los tanques propulsores disparados hacia cualquier parte y una fina línea blanca empezó a caer hacia el Atlántico en un lento viaje final, desde 15.200 metros de altura, que duró 2 minutos 45 segundos: era la cabina del trasbordador con los siete astronautas en su interior.
Tiempo después, la comisión investigadora del accidente determinó que era muy "poco probable" que alguno de los siete ocupantes del Challenger estuviese consciente en el momento del impacto de la cabina con el mar. Sin embargo, hubo evidencias que determinaron que al menos cuatro de los tripulantes activaron sus sistemas auxiliares de oxígeno e intentaron ayudarse unos a otros. Los astronautas no tenían a disposición ni paracaídas, ni equipos eyectores, ni entrenamiento específico para estos casos de emergencia y, lo más decisivo, ni les pasaba por la mente la posibilidad de un error semejante: la NASA había fijado las posibilidades de un accidente fatal durante el despegue de la misión, el instante más peligroso del viaje, en 1 en 438.

La fuga inicial de combustible se debió a una falla en las llamadas juntas tóricas de la nave. Los rumores que afirmaban que la NASA conocía la posibilidad de una falla en esas juntas debido a su diseño defectuoso, desataron un debate que aún hoy no se acalló del todo y contribuyó al desprestigio de la hasta entonces prestigiosa agencia espacial americana.

Murieron el comandante de la misión Francis Scoobee, de 46 años; el piloto del Challenger, Michael Smith, de 39; el ingeniero Gregory Jarvis, de 42; el físico del MIT, Ronald Mc Nair, de 35; el coronel de la Fuerza Aérea americana, Ellison Onizuka; un hawaiano de 40 años y dos mujeres: Judith Resnik, ingeniera electrónica de 36 años y la maestra de escuela Christa McAuliffe, una bostoniana de 37 años que planeaba dar las primeras dos clases espaciales de la historia, sobre las diferencias de vida entre la Tierra y el espacio. Sus alumnos y los padres de los chicos fueron testigos de la tragedia: miraban el lanzamiento del Challenger en el mismo sitio donde esperaban ver las clases de McAuliffe: en las aulas del Concord High School de New Hampshire.

El estallido del Challenger detuvo en parte el programa espacial de los transbordadores, destinados a abastecer, entre otras cosas, a la Estación Espacial Internacional. La NASA no volvió a enviar otro al espacio hasta 1988. El 1 de febrero de 2003, otra tragedia, la del transbordador espacial Columbia, que se desintegró sobre Texas y Louisiana al reingresar en la atmósfera terrestre y mató a sus siete tripulantes, puso casi punto final a la era de esos vehículos espaciales.

La tragedia del Challenger cambió incluso el mundo de la prensa. La televisión en directo hizo que la tragedia fuese conocida por millones de personas antes que por las agencias de noticias encargadas de informar al mundo. Desde el Challenger, los televisores se integraron en forma masiva a las redacciones periodísticas de todo el mundo. Las noticias ya no tenían ni ámbito, ni horario.

La maestra Christa McAuliffe resultó la gran heroína trágica de la ya trágica aventura del Challenger: 35 escuelas de Estados Unidos, 3 de Perú, una en México y otra Bolivia y un liceo de Chile llevan su nombre y la recuerdan como ejemplo de valor y sacrificio. Estaba casada y tenía dos hijos. Sus alumnos, que jamás pudieron escuchar sus dos clases magistrales desde fuera del planeta, tienen hoy entre 40 y 50 años. En su honor, la NASA le dio su nombre a un cuerpo rocoso, más chico que un planeta y más grande que un meteorito, que vaga alrededor del Sol en una órbita propia y misteriosa: es el Asteroide 3352 McAuliffe.




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