Buscar el génesis del debilitamiento de la capa de ozono nos llevaría a 1928, cuando científicos sintetizaron gases de la clase clorofluorocarbono (CFC), que se empezaron a utilizar en la industria. Ya en 1974 los químicos Mario Molina y Sherwood Rowland descubrieron que los CFC destruían el ozono en la estratósfera. Ambos recibirían el premio Nobel de Química en 1995 por esta revelación. En 1976 el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma) propone una convención para proteger la capa de ozono. A pesar de ello, en 1979 el agujero medía 1,1 millón de km2 en la estratósfera y la concentración del gas aún era relativamente alta. En 1985 se descubre un enorme agujero sobre la Antártida. Alertados por ello, en 1987 24 naciones del mundo firman el Protocolo de Montreal y en 1989 se congelan la producción y el consumo de CFC hasta llevarlos a los niveles de 1986. Sin embargo en 1991 se descubre otro agujero sobre el océano Ártico. Así, en 1996 se eliminan la producción y la importación de CFC y otros gases nocivos para la capa de ozono. Registros de 2006 advierten que con un área de 29,6 millones de km2, el agujero alcanza su máxima expresión y la capa de ozono se vuelve cada vez más fina. Pero en 2011 retrocede a 26 millones de km2 y la concentración de ozono tiene un ligero aumento. En 2012 se conoce que el agujero sobre la Antártida paró de crecer y para 2050-2075 se prevé que el cloro de los CFC perdure y que la recuperación total de la capa de ozono se dé un siglo después de que el problema fuera descubierto.

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