Con mucha nostalgia recordaron aquel marzo de 1966, cuando ingresaron al Liceo Militar General San Martín, en Buenos Aires. Eran 450 almas que dejaban de ser niños y comenzaban una etapa muy distinta que los iba a marcar para siempre.
Desde el jueves comenzaron a llegar a Salta 85 hombres que cursaron el secundario en el liceo y que, por una serie de coincidencias, eligieron la provincia para festejar el aniversario 50 de su ingreso a ese lugar, que según dijeron los formó como personas y los preparó para llevar una vida plena.
Desde Alemania, del estado de Texas y de distintos puntos del país llegaron estos hombres, que ahora tienen 62 años, para disfrutar de muchas anécdotas e historias. "La idea es compartir un momento agradable. En el Liceo éramos una hermandad", señalaron a El Tribuno.
Horacio Oliva Pereyra fue uno de los impulsores del encuentro de la promoción. Y destacó que por más que en el liceo había una formación de tipo militar, no más del 10% de los que ingresaron terminaron en las fuerzas. La gran mayoría estudió distintas carreras y hoy son profesionales.
Horacio Oliva EGRESADO DEL LICEO “El liceo fue muy lindo y nos ayudó en la vida y a formarnos como personas”.
Oliva cuenta que en el grupo hay un alemán; se trata de Andreas Hoth, un gringo alto, de bigote pronunciado, a esta altura un tanto blanco. Andreas cuenta que el nació en Alemania y vino a la Argentina, porque su papá era diplomático. Estudió dos años en el liceo y luego tuvo que dejar para volver a su país.
Con el tiempo estudió para ingeniero industrial, y llegó a tener altos puestos en Siemens. El tema es que la experiencia fue tan fuerte, que hasta hoy mantiene contacto con sus viejos compañeros del liceo.
Las historias se van entremezclando. La vida en el liceo les pegó fuerte a todos. "Compartir toda la semana nos transformó en una hermandad. Lo bueno del liceo era la enseñanza. Nos ayudó a formarnos como personas", señaló Alfredo Rossi, ahora abogado.
A la charla se suma Juan Carlos Tsuji, quien ahora es médico psiquiatra y homeópata. "Fue una época maravillosa. En el liceo nos enseñaban a fortalecer los valores que traíamos del hogar. Nos enseñaban a ser caballeros", asegura.

Un día en el San Martín

Al toque de diana, los entonces niños y luego adolescentes estaban parados a un costado de la cama con la jabonera en la mano. Acomodaban la cama y partían a desayunar, caminando unas cinco cuadras.
Recuerdan que el desayuno era fuerte, ideal para toda la actividad que afrontarían más tarde. Luego era el momento de estudiar, hasta el mediodía. Allí volvían marchando a los cuartos, se ponían el equipo de gimnasia y hacían ejercicios. Allí venía la ducha y un merecido almuerzo.
Andreas Hoth EXALUMNO DEL LICEO “Estoy feliz, hace 48 años que no veía a los que fueron mis compañeros”.
Tras la comida descansaban un rato. Luego tenían instrucción militar o clases complementarias de distintas materias. Venía la merienda, preparaban la cama y cenaban.
Los egresados del liceo reconocen que en el lugar se entremezclaba gente de distintas clases sociales y distintos orígenes. "Todos éramos iguales, ya que estábamos uniformados. Éramos todos hermanos", concluyeron.

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