En cuanta oportunidad se le presentaba, doña Eduviges Elizabide daba rienda suelta a su berretín. Presumía de pertenecer a una "familia de calidad", y explicaba que "por esas cosas de la vida" ahora estaba en "esta situación inferior". Y suspiraba como los recuerdos la agobiasen.
Después de varios mates cargaditos, y si el público que la escuchaba era suficiente y atento, la matrona condescendía a deleitar a sus comadres con el relato de las tribulaciones de su vida.
Lo cierto era que sus vecinas la tenían en un pedestal y le eran fieles y leales sin tacha (el vate Acuña opinaba que más que fidelidad y lealtad era el miedo a caer bajo "el azote de su lengua"), y aunque ya habían escuchado la historia decenas de veces, la volvían a oír una y otra vez con devoción.
Doña Eduviges devolvía el mate con estudiada dignidad y comenzaba. La historia era casi siempre la misma, con "matices para mejorarla", señalaba. Y aquí el vate metía su ponzoña: -Más que para mejorarla, son para indultarla, decía.
Doña Eduviges no se daba por aludida. Todo el mundo sabe, decía, que soy de alta prosapia. Mi familia era de abolengo; una familia de las más refinadas de la sociedad tucumana. Mi bisabuelo paterno, Lautaro, fue guerrero de la Independencia, y mi abuelo materno, el coronel Estanilao Elizondo, supo, ya retirado, administrar importantes ingenios.
Hacía una pausa para aceptar otro mate, y continuaba: -Mi padre era un hombre delicado y fino. Imaginensé que para las fiestas de fin de año se hacía mandar de la casa Prunden y Hand, de Buenos Aires, varias cajas de champán Theophile Roederer & Co. ­No cualquiera brindaba con ese champán! Y mi mamita... ­Un espíritu superior, sensible! Con decirles que recitaba de memoria los versos de José Asunción Silva. Al Nocturno lo decía como un ángel!
La narradora usaba su registro más dramático y compungido, y proseguía: -Después de terminar yo el Liceo, murió papá... Y los tarambanas de mis hermanos varones perdieron todo en el juego y la farra. Mi pobre mamita, que era débil de carácter, no pudo hacer nada. ­Y lo peor de todo!: me enamoré de una salteño... ­Su padre!, decía dirigiéndose a sus hijas, como acusándolas.
Otro matecito. -Nos casamos y nos vinimos a Salta. Yo no estaba acostumbrada a esta vida. Y lo confieso, más sufrí mi suerte cuando mi hermana Ermelinda se casó con Rupert Brenner, miembro de la Confederación Helvética y hombre muy adinerado.
Otra vuelta de mate. Mi querido finadito, que Dios lo tenga a su lado, aunque no lo merezca, no solo fundió el negocio que le instalaron mis suegros, sino que se dio a la bohemia. Le empezaron a gustar el alpiste, las polleras y el juego. Abreviaré. Fallecieron sus padres y el único hijo heredó buen dinero y propiedades, entre ellas ésta donde vivimos.
Y empezó a dilapidarlo todo. Perdió casi toda la plata y dos casas en el centro. ­Y ahí me puse firme yo! ­Yo, que era una niña de su casa, nacida y criada entre organdíes y sedas, tuve que arremangarme y enfrentar la situación. Ustedes, hijas, ya habían nacido. Dio, doña Eduviges, una demorada y ruidosa chupada a la bombilla como para tomar aliento. Mi hijo Robustiano, ha salido a su tata y me está sacando canas tornasoladas. Pero ustedes, hijas... son mi consuelo. Aunque vos, Doralba, que sos la mayor, me preocupás. Temo por tu futuro, porque el novio que has elegido, aparte de escribir malos versitos, no tiene traza de ganador. El vate Acuña, que estaba sentado bajo de la higuera escuchando todo, se incorporó, silbó bajito, y poniendo cara de inocente preguntó: -Digamé, doña Eduviges, esa historia que acaba de contar, ¿no es, por casualidad, el argumento de esa película que están exhibiendo en el cine Gemes? Esa, pues, "La mentira tiene patas cortas", o algo así.
El mate, que todavía permanecía en manos de doña Eduviges, salió de ellas disparado como de una honda. Dio en el marco de la puerta de la cocina, quebró dos platos, un vaso y una fuente, arrancó un montón de hojas de la higuera, pegó en una rama y aterrizó en la frente de vate, que se desplomó de antarcas. El maestro Delmiro, que acababa de llegar, juró que doña Eduviges, al ver el centro en que dio su misil, celebró la hazaña con un solo grito: ­Gol!

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Re KennethU
Re KennethU · Hace 9 meses

Muy bueno!!.

· Hace 9 meses

Excelente como siempre Luchín


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