La segunda vuelta electoral que se realizará hoy en Perú se enmarca en un proceso regional de transición, que involucra directa o indirectamente a todos los países de la región. Los gobiernos denominados "populistas de izquierda" que condujeron a las tres principales economía de Sudamérica están en crisis terminales, en Brasil y Venezuela, o fueron derrotados en las urnas, en la Argentina.
En Perú, Keiko Sofía Fujimori, a despecho de los recuerdos más negativos del gobierno de su padre, Alberto Fujimori, y de las sospechas de corrupción que afectaron a ella misma, llega con expectativas al balotaje ante el veterano economista conservador Pedro Pablo Kuczynski. Alberto Fujimori fue un populista de derecha, que clausuró la Legislatura y quedó asociado en el imaginario colectivo a una enorme trama de corrupción pero, también, a una exitosa lucha contra la inseguridad y el terrorismo. Con su padre preso, Keiko obtuvo en la primera vuelta de abril casi el 40% de los sufragios contra el 21% de su adversario de hoy.
La reciente prosperidad económica de Perú no logró resolver problemas críticos y los sectores de menores ingresos sienten al delito y a la inseguridad como sus mayores preocupaciones.
La experiencia peruana, gane quien gane, sigue evidenciando la vulnerabilidad de las democracias frente a la profunda fractura social de América Latina. La desigualdad de ingresos, de condiciones de vida y de expectativas, muchas veces obscena, genera en la ciudadanía el descreimiento hacia los líderes tradicionales y aleja a las instituciones de la democracia, la república y los valores de la vida de la mayoría de la población.
Sobre esas demandas insatisfechas se encarama el populismo, aunque los regímenes que genera terminan encerrados en la incapacidad para resolver los problemas estructurales.
La crisis venezolana adquiere hoy ribetes tan violentos como grotescos. El modelo inaugurado en 1998 y apoyado en el voto popular generó una distribución de la renta petrolera y logró disminuir la pobreza aumentando la capacidad de consumo de los sectores más postergados. Pero, también en este país, la inseguridad creció en proporciones astronómicas y se multiplicó por seis el número de homicidios. No pudo, o no quiso, el chavismo aprovechar la bonanza que le brindaba el precio internacional de los hidrocarburos para llevar a Venezuela a un desarrollo agroalimentario e industrial genuino. La muerte del líder, Hugo Chávez, dejó al régimen en manos de un presidente, Nicolás Maduro, y un jefe militar, Diosdado Cabello, que se transformaron en una caricatura de ese modelo político. Hoy desconocen la victoria electoral de los opositores, encarcelan a los líderes antichavistas con juicios fraguados y aplican métodos totalitarios para prolongarse en el poder, mientras las calles, en medio de una crisis alimentaria y sanitaria agobiante, se convierten en campos de batalla.
El gobierno del Partido de los Trabajadores, con la presidencia de Lula, llegó a colocar a Brasil entre las más poderosas economías del mundo, le granjeó un liderazgo indiscutido en la región y, además, incorporó a 30 millones de personas al consumo. No obstante, luego de 12 años de gestión, el modelo populista entró en crisis. Dilma Rousseff, la sucesora, se vio obligada a realizar un ajuste de los gastos que contradijo sus promesas de campaña, erosionó su popularidad y la dejó a merced de un juicio político amañado, y a la clase política sumergida en un pantano de corrupción.
El "socialismo del siglo XXI" parece hoy eclipsado, aunque las raíces profundas que lo generaron están plenamente vigentes. La verdadera grieta, la que debería preocupar a los gobiernos, no es la controversia ideológica que enfrenta a los sectores de clase media, sino la exclusión social. En la Argentina, a lo largo de cuarenta años y a través de once presidencias, la pobreza, la fragilidad laboral y el declive de la calidad educativa no dejaron de crecer.
Si esa realidad social no se resuelve, las crisis de la democracia seguirán repitiéndose cíclicamente, como hasta ahora; la distancia entre el país y el mundo desarrollado -y esto vale para toda la región- será cada vez mayor y el desarrollo, una utopía.

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