La evaluación de los conocimientos de los alumnos realizada el martes pasado representa un paso importante porque, de ese modo, el Estado argentino se hace cargo de una deficiencia grave, que afecta al mayor bien que puede acumular una sociedad.
Los exámenes escolares, como cualquier forma de evaluación, auditoría y control, suelen ser traumáticos. Lo cierto es que son indispensables y, en la vida educativa, representan la única posibilidad para verificar si la calidad del conocimiento es la que se espera.
Los problemas propuestos a los estudiantes en esta prueba apuntan a detectar sus capacidades de razonar ante situaciones complejas utilizando los elementos que corresponden al nivel de enseñanza en que se encuentran.
Esto es, ni más ni menos, lo que se les ha de requerir cuando ingresen al ámbito laboral.
Por tratarse de un examen institucional, anónimo y sin consecuencias para la promoción o no del estudiante, no se ven las razones para que esta prueba se convierta en un episodio traumático.
La falta de una cultura de la evaluación de la calidad, generalizada en nuestro país, se hace notar en las reacciones de algunos jóvenes y docentes.
La repitencia, del 4 por ciento en el nivel elemental, y la deserción, que llega al 50 por ciento en la enseñanza media, dan cuenta de que la institución escolar está fallando en funciones elementales como las de motivar a los estudiantes ofreciéndoles perspectivas alentadoras y estimulantes para sus propias vidas y brindar instrumentos necesarios como para que superen las dificultades que pueden plantearse en el proceso educativo.
El estereotipo del examen inquisitorial, tomado por un profesor autoritario y de gesto adusto, puede resultar letal para un alumno con dificultades. La alternativa, sin embargo, no puede ser la promoción automática ni la eliminación de la evaluación, que son recursos facilistas a los que suele echar mano el Estado argentino.
La solución radica en el esfuerzo por la calidad de la enseñanza, minuto a minuto. Las pruebas y las tareas cotidianas deben servir al maestro para detectar los inconvenientes, desandar el camino y reforzar la enseñanza cuando haga falta. Las adversidades de cualquier origen que pueda sufrir un educando deben ser abordadas por el maestro o el profesor de tal manera que todos alcancen los objetivos.
En un país con un 32 por ciento de pobres y un muy serio y prolongado problema de desempleo o empleo informal, la autoridad educativa está obligada a realizar relevamientos complejos que le permitan tomar las decisiones adecuadas para optimizar el rendimiento de los estudiantes.
La escuela cumple una función de contención social, pero su propósito no es el de asegurar la asistencia alimentaria, que es tarea de otras áreas del Estado, ni de retener a los jóvenes con el solo objetivo de que no deambulen por la calles. Su razón de ser es la de generar conocimientos, hábitos y aptitudes que faciliten al alumno el acceso a la vida laboral.
La vida contemporánea ha cambiado y cambiará más aún. La urbanización progresiva y la tecnología van generando la llamada "sociedad del conocimiento", que exige capacidad para comprender los textos, razonar y asociar conocimientos y disposición para la actividad en equipos.
La educación de calidad, universal y accesible a todos los sectores sociales es a la vez un derecho básico de las personas y una necesidad de la sociedad. Debe ser objeto de políticas de Estado, inspiradas en el consenso y al margen de las coyunturales disputas políticas e ideológicas. Los países que lideran las pruebas internacionales de calidad educativa han planteado diversas fórmulas. Sin embargo, todas apuntan a garantizar la formación docente, la cantidad básica de horas de clase anuales y una evaluación objetiva y transparente. Es lo que se propuso la Argentina a partir de 1869, cuando por decisión del presidente Sarmiento se fundó el sistema educati vo público, iniciando así un camino que colocó al país a la vanguardia del desarrollo durante casi un siglo. Hoy, las pruebas internacionales in dican un fuerte retroceso.
Desde el retorno de la democracia, la búsqueda de la calidad educativa ha sido una preocupación de los su cesivos gobiernos. Los avances no se lograron aún, pero se trata de una prioridad frente a la cual no caben las claudicaciones.

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