La injustificable objeción gremial a la evaluación nacional de la educación es una síntesis elocuente de un país que hace décadas bajó los brazos. Esta postura, expresada en un documento oficial difundido en abril, se inspira en un criterio reaccionario.
Quien crea que hay algún viso de progresismo en esas posiciones podría informarse acerca de como funciona el sistema educativo en el Ecuador bolivariano de Rafael Correa. Allí los paros docentes están prohibidos por ley.
Del deterioro educativo pagan el costo los sectores más vulnerables.
Con respecto al examen nacional argentino, el abc de la pedagogía indica que sin objetivos, métodos adecuados y evaluación no hay educación. A esto habría que agregar el imperativo de la regularidad en los días y horas reales de clases.
La decadencia de la educación argentina va de la mano de una crisis global, de varias décadas, que sacó al país del camino del desarrollo; en la vida escolar esa crisis se manifiesta en la disminución de la actividad áulica como consecuencia de paros, feriados, jornadas docentes y otros motivos extra pedagógicos. Simultáneamente, se incrementó el descrédito del rol docente ante las familias y se produjo una progresiva migración de los alumnos desde la escuela pública a la privada.
La educación es un interés colectivo que requiere alta profesionalidad y criterios de Estado. Las promociones automáticas a las que recurrieron los gobiernos frente al bajo rendimiento escolar son el camino más rápido hacia el aumento de la exclusión social.
Ctera es protagonista central - aunque no exclusivo- de estos años de decadencia escolar; se opone a la evaluación que desarrolla el actual gobierno nacional porque considera que "se concibe como un mecanismo de control y medición del rendimiento de los estudiantes y del desempeño de los docentes".
Es notable que el movimiento sindical más fuerte entre los docentes efectúe ese cuestionamiento, porque se objeta a la educación en sí misma. Es inconsistente, incluso, con la ley nacional de 2006 y coherente, sin embargo, con los desafortunados criterios que exponía el ex ministro Alberto Sileoni para eludir la evaluación del sistema.
Para Ctera, la evaluación "abre las puertas a las pruebas estandarizadas internacionales y somete al sistema educativo a los requerimientos de los dispositivos de evaluación neoliberales".
Primero la ideología; después, en todo caso, la educación y el interés de los educandos. No es el criterio del progresismo -pensemos en los modelos educativos socialistas- sino populismo educativo. Es facilismo suicida: medir con la vara más baja expresa conformismo y es, además, el camino de la decadencia.
En los países con educación pública de calidad, los hijos del dueño de la fábrica comparten aulas con los de los obreros. En esos países (Finlandia y Europa en general, Corea del Sur y Ecuador, por casos), para ser maestro hace falta aprobar la enseñanza media con promedio de excelencia, rendir examen final de conocimientos, aprobar el ingreso a la universidad y, después de graduados, concursar y revalidar el cargo. Ese era el criterio cuando la escuela pública argentina marcaba el rumbo a nivel regional. ¿Qué diría Ctera si nuestro país aplicara esas condiciones?

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Sección Editorial

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