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El año 2016 fue destacado en incertidumbres y por colmar de inseguridades a los lazos sociales. La globalización, una economía basada en las finanzas mundiales que trabaja en red y a gran escala al incluir buena parte del PBI de algunos Estados en su trama, es cada vez más severa.
Parecería que el sistema global de la oferta y la demanda de la economía de mercado fuera perfecto. Busca internalizar la estrategia en todos los sujetos y países, transformándolos en mero receptores tácticos de la "uniformidad" humana de la globalización. Es una homogeneización fenomenal de las almas, solo intuida como utopía fatalista por artistas y escritores.
Hoy las personas deben elegir cómo será su renta y capital en una maraña de opciones que solo le dan las finanzas y el azar, según concurran en cada una de sus vidas. Lo elegido como desarrollo humano es en el contexto, únicamente, de 28 instituciones financieras de importancia sistémica que hacen circular más dinero que el Tío Patilludo: unos 50 billones de dólares, cuando el PBI mundial es del orden de los 75 billones. Cada institución sistémica maneja en promedio 1,8 billones de dólares.
Hay dos reconfiguraciones que se le solicita hacerse cargo a la economía global: una, la construcción del poder político afín al sistema financiero internacional así todo es sustentable, y otra, la construcción de sujetos sin singularidad, masificados, atributo personal aceptado en esta era.
La financiarización de la economía mundial llegó al 2016 en pleno éxtasis: los activos financieros (acciones bursátiles, venta de materias primas, etc.) movilizan más de 600 billones de dólares, cerca de ocho veces el PBI mundial. La concentración económica es una unidad privada de partículas económicas pero, sin embargo, los sujetos se han fragmentado hasta la desolación, no encuentran la cohesión social (inmigración, adicciones, etc.). La psicopolítica cree que el problema es de "factor humano", pero la revuelta subjetiva hoy va por la anticoncentración de la riqueza y por el reaseguro de las políticas públicas.
Para inmensas mayorías, la globalización no es todo derrame. Es un torrente que pasa de largo, fluye sin límite, lo que explica por qué en los lugares en que se institucionalizó con ley de hierro dejó incertidumbre e inseguridad. Es una revolución económica por haber modificado la relación del sujeto con el otro, a través del efecto de aislarlo. Puso a prueba todas las estructuras sociales, incluidas las que sujetan simbólicamente a las personas (la ley, la escuela, el concepto de renta, etc.).
Este nuevo orden económico, con final abierto, trajo a la sociedad el afecto depresivo y el dolor de existir debido a la proliferación de exclusión y anomia. Faltando tres años para el 2020 hay una unión impensada -en el siglo XX- de corporaciones que sobrevivieron a la crisis de 2008. Con algunas bajas, quedaron 737 grupos que controlan el 80% las palancas económicas financieras del mundo en el cual buena parte son bancos. Solo hay 16 comercializadoras que gobiernan la intermediación de las materias primas.
El psicoanálisis sabe que hay un "no todo" en el destino del sujeto, pero la globalización no podrá universalizarse para todos porque funciona con leyes invisibles e imposibles de cumplir, sin puntos de basta a través de la emergencia de miedos.

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