La aparición del espía Horacio Antonio (Jaime) Stiuso con su declaración ante la Justicia y su interpelación telefónica al exfiscal federal Luis Moreno Ocampo en un programa televisivo fue el detonante para que la causa AMIA y la muerte del fiscal Alberto Nisman se convirtieran, otra vez, en el centro de la agenda nacional.
Stiuso fue director de operaciones y hombre fuerte de la SIDE durante 34 años. Su declaración se sumó al pronunciamiento del fiscal general Ricardo Sáenz, quien la semana anterior había sostenido que Nisman fue asesinado. Todo esto derivó en que la jueza Fabiana Palmaghini decidiera pasar la causa por la muerte a la Justicia Federal y denunciara por encubrimiento a la fiscal Viviana Fein.
La reacción de uno de los involucrados por Stiuso, el exjefe de inteligencia Oscar Parrilli, puso en evidencia la fragilidad de la investigación sobre la muerte del fiscal y su denuncia contra Cristina de Kirchner por el acuerdo con Irán. Parrilli, visiblemente nervioso, aseguró que "Stiuso debe decir qué pasó con Nisman" y advirtió que el espía podría ser objeto de un atentado; luego se corrigió y dijo que "podría producirse un autoatentado para acusarnos a nosotros".
Como si él ignorara que Stiuso fue un profesional de confianza de Néstor y Cristina Kirchner durante doce años, lo trató de "psicópata y mentiroso". Las incongruencias de Parrilli no deben ocultar que la muerte de Nisman nunca fue investigada con seriedad, que su denuncia sobre ilícitos en el acuerdo con Irán fue archivada en forma sumaria y que, para ocultar responsabilidades, el gobierno de entonces apeló a una campaña de desprestigio contra el funcionario muerto.
Tres hechos de enorme gravedad institucional siguen impunes por falencias en la investigación originadas en presiones políticas y, especialmente, por el enrarecimiento que en cada una de las causas provocaron los servicios de inteligencia.
La investigación por el atentado contra la AMIA arrojó como resultado indicios muy serios que comprometían al régimen teocrático de Irán. Fue identificado el conductor suicida y el Estado argentino pidió la extradición de varios funcionarios iraníes. La identificación de la conexión local tuvo graves falencias y los principales investigadores del caso terminaron mal: el juez Juan José Galeano procesado y Nisman, muerto violentamente.
La denuncia de Nisman, cuatro días antes de su muerte, contra la expresidenta y el excanciller Héctor Timerman fue archivada sin que los jueces y fiscales intervinientes alcanzaran un mínimo consenso, sin citaciones a ningún imputado y sin que fueran escuchadas las 900 horas de grabaciones de conversaciones telefónicas que figuraban como pruebas.

La investigación de la muerte del fiscal fue abordada con negligencia.

En todos estos casos los gobiernos y los jueces estimulan o, al menos, permiten que los agentes de inteligencia se manejen sin control, investiguen al margen de la ley y realicen operaciones que rara vez contribuyen al esclarecimiento de los crímenes.
Lo que ocurre tradicionalmente en nuestro país es exactamente lo contrario de lo que se espera de un sistema de inteligencia, cuyo propósito debe ser obtener información sensible para los intereses del Estado, su integridad y su seguridad territorial. La tarea de inteligencia es inherente al quehacer militar y al policial. Consiste en proporcionar datos precisos que permitan advertir riesgos y prever soluciones para eventuales problemas. Debería constituir una tarea científica, ideológicamente neutra y orientada al bien común. Su utilización para provocar efectos políticos, difamar a los opositores, obstruir investigaciones o inventar causas judiciales se hizo habitual en nuestro país. Esas inadmisibles tareas de politiquería los distraen de su misión de velar por interés nacional. Vale recordar que el año pasado, un extranjero, Edward Snowden, reveló el plan de espionaje de Gran Bretaña sobre Argentina, que nuestros espías desconocían.
El sombrío protagonismo de Stiuso no debe confundirse con una mera historia de intrigas. Él es símbolo y prueba de la distorsión de nuestros servicios de inteligencia, que es necesario corregir. Es protagonista, además, de tres causas no esclarecidas e impunes que denigran a las instituciones argentinas.
Es entonces la ocasión para pensar y llevar adelante un cambio profundo en la cultura política.

¿Qué te pareció esta noticia?

Sección Editorial