™Hay que reconocer que aquí, en Salta, los perros tienen un protagonismo difícil de apreciar en otros lugares. Por ejemplo, una vez en Cachi vi una insólita colisión canina.
Los perros habían llegado al pueblo con sus respectivos amos, quienes querían asistir a la fiesta de San José de 1976.
Uno, el oscuro, procedía de Rancagua, y según dijeron, era del exdiputado Humberto Oliver, el "Gary Cuper" calchaquí, en tanto el blancón era de La Paya, de Julio Octavio Ruiz Moreno, el "Cordero".
Y obvio, ese día el pueblo estaba repleto de gente y de perros también. A las 11, la misa solemne era seguida por una multitud que desbordaba el templo. Al concluir el oficio, los fieles salieron del templo para agolparse en las inmediaciones de la plaza.
Los peregrinos llegados de parajes lejanos aprovechaban el intervalo para saludar amigos y conocidos del lugar, mientras esperaban la procesión.
A todo esto, los perros forasteros estaban ansiosos por regresar a casa. De pronto, las campanas comenzaron a repicar anunciando la inminente salida del santo patrono. Y a poco, se sumaron los redobles de los bombos de los misachicos.
En breves minutos, el ancestral silencio de Cachi fue interrumpido por un infernal bochinche que ponía los pelos de punta a los perros, poco habituados a semejante ruidaje.
El público de nuevo se congregó alrededor del templo, cuando de improviso una terrible explosión hizo temblar hasta los cimientos de los cerros.
El "superestruendo" de la bomba que explotó a pocos metros del suelo paralizó a los cristianos, pero a los perros los puso en veloz fuga. Salieron en distintas direcciones, atropellando y llevándose todo por delante, sin respetar pelos ni marcas.
Los más alto saltaron olímpicamente la pirca de la plaza y enfilaron, unos hacia los cerros y otros para el lado del río, pero casi todos para cualquier lado.
Urgía escapar lo más velozmente posible de tan espantoso lugar humano.
De pronto, en medio de semejante "carreriada", la esquina de Güemes y Zorrilla se transformó en el escenario del más espectacular e increíble accidente canino que haya tenido lugar alguna vez en Cachi y en sus alrededores.
Por la vereda alta de la Municipalidad, el perro negro de Rancagua, de buen porte y de nombre "Dany", iba como una exhalación para el lado del Automóvil Club, pero al llegar a la esquina del entonces hotel "El Inca", chocó violentamente con su congénere de La Paya, el "Coya, cuando éste justamente bajaba "fierro a fondo" por la vereda de la calle Zorrilla.
El topetazo fue terrible: hocico con hocico, diente con diente, cabeza con cabeza, a punto tal, que ambos rodaron desde lo alto de la acera hasta el nivel de la calle, dando terribles aullidos de terror.
A poco, Dany, quedó tendido e inconsciente en el suelo, mientras el Coya continuaba aullando como si lo hubiese atropellado una locomotora.
De pronto, un nuevo estallido despabiló a ambos, que nuevamente salieron aullando y a todo escape, sin rumbo fijo y como si hubiesen visto a Mandinga en persona, hasta que finalmente se refugiaron en el almacén de "Pajarito" Moya.
Era el 19 de marzo de 1976 y seguramente muchos recordarán aquel increíble choque de perros en pleno pueblo de Cachi.
Azotes y aullidos en los templos de Salta
Contaba don Juan Carlos Dávalos que un sacristán de la Catedral tenía la misión de impedir el ingreso de los perros al templo.
Se había adoptado esa medida porque los canes no guardaban compostura, transmitían pulgas y, a veces, adoptaban conductas indecorosas. Tampoco escaseaban las quejas por las frenéticas sesiones de rascamiento por culpa de las pulgas. Obviamente, estas conductas trajeron como consecuencia que el clero tome cartas en el asunto. De cuajo prohibió el ingreso de los perros a las iglesias, especialmente a la Catedral, que era la que convocaba a mayor cantidad de fieles.
Pero como la costumbre de ir a misa con los perros estaba muy arraigada, los clérigos se vieron en la necesidad de echar mano a especialistas. Y para eso nada mejor que aquel personaje que Dávalos llama "el opa de las iglesias y procesiones", hombre ducho que marchaba a la cabeza de esas manifestaciones de fe, provisto de un rebenque con el cual castigaba a los perros.
"Y así fue que los opas pasaron de cuidar procesiones a ser guardianes de los templos. No hay quien no haya asistido en Salta a la escena estruendosa de una misa o sermón edificante, interrumpido por una serie de azotes dados a los perros que ingresaban a las iglesias. Los aullidos repercutían por las bóvedas sagradas con sonoridad apocalíptica. Era el decoro de las cosas santas defendido a puros rebencazos. Y en cuanto el perro traspasaba los límites de la compostura, se le venía el opa al humo, blandiendo el largo rebenque. Es que este fiel guarda ejercía su función con el mismo celo que un cazador acecha a la presa".

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