Cada año, el 24 de marzo resulta un día en que, junto al homenaje a las víctimas del terrorismo de estado, se manifiestan las distintas concepciones sobre los sentidos y significados de la evocación de la fecha, atravesadas por intencionalidades políticas enfrentadas.
Ante todo, en esa fecha se pueden distinguir dos hechos: por un lado la ruptura del orden democrático y el retorno, después de apenas tres años, de los militares al poder, y por otro el comienzo de la peor masacre de que tiene memoria nuestra historia.
Lo primero muestra la incapacidad de la clase dirigente para asegurar un orden constitucional permanente, respetuoso de los derechos humanos y que proveyera a la población de los bienes públicos que le son propios; lo segundo nos permite viajar al horror insondable en el que es capaz de desbarrancarse la naturaleza humana y nos obliga con las generaciones venideras a mantener la memoria, la verdad y la justicia, para que nunca más se repitan los hechos aberrantes de esos años.
La verdad histórica nos lleva con frecuencia a toparnos con realidades que no nos gustaría saber, como por ejemplo que el golpe de estado no recibió prácticamente el repudio de la ciudadanía, y que una buena parte de ésta lo vio venir con resignación y lo recibió con alivio: después de todo la política había demostrado su incapacidad para mantener el orden institucional y económico y desde el gobierno de la señora de Perón se había instaurado ya la represión clandestina de una forma que los militares solo necesitaron multiplicarla y perfeccionarla. Por otro lado, la llegada al poder de éstos no era una novedad para la esa época. Los mismos dirigentes de las organizaciones armadas reconocen que esperaban el golpe con esperanza, ya que suponían que serviría para polarizar la opinión y ser identificados ellos mismos como el enemigo principal de los usurpadores.
Sin embargo, el gobierno militar, con el apoyo de buena parte del poder económico, llevó la represión y la transformación económica antipopular a límites inimaginables que le enajenaron el apoyo inicial, aunque la gran mayoría de la sociedad vivió paralizada por el miedo y fueron pocas las demostraciones de protesta que se opusieron a la dictadura: algunos sectores sindicales, especialmente de base, grupos de artistas e intelectuales, pocos periodistas, menos políticos. La mayoría de ellos pagaron su osadía con la muerte o el exilio.
Mención aparte merecen los organismos de derechos humanos, especialmente las madres y abuelas de Plaza de Mayo, que desde 1977, cuando el silencio de la calle resultaba más ominoso, se mostraron reclamando pacíficamente la restitución de sus hijos desaparecidos, arriesgando (y perdiendo muchas de ellas) la vida en ello y dando un ejemplo de coraje que es una de las páginas más dignas de nuestra historia.

No dejar morir la memoria

Tras el fin de la dictadura, los sucesivos gobiernos democráticos se encontraron frente al deber de no dejar morir la memoria de lo sucedido, dilucidar y hacer pública la verdad y aplicar justicia: Como sabemos, Alfonsín inició ese camino, cuando aún el poder militar se encontraba al acecho, creando la Conadep y encarando el juicio a las juntas, paso fundante que lamentablemente se vio opacado por las leyes de obediencia debida y punto final, dictadas bajo la amenaza de golpe de Estado. Menem, con la consigna de la reconciliación, dictó la ley de amnistía y los indultos a los jefes militares que aún estaban presos, y finalmente, bajo el gobierno de Kirchner y ya con las armas enmohecidas, se anularon las leyes de impunidad y se reiniciaron los juicios a todos los involucrados en la masacre. A la vez, la caracterización que desde el gobierno se hizo de los desaparecidos fue variando de la idea de víctimas que se esgrimía en un principio a la de jóvenes idealistas, y la actual de militantes revolucionarios. El gobierno de los Kirchner los ha elevado prácticamente al walhalla de los héroes de la patria y su causa se confunde con la causa nacional.

No fuimos todos

Las conmemoraciones son buenos momentos para reflexionar y tratar de entender este proceso, quizá el más dramático que haya vivido nuestra patria, para ubicar las piezas en su lugar y evitar que se repitan las circunstancias que nos llevaron a él. Aparecerán entonces los principales culpables que son los ideólogos y los autores materiales del plan criminal que se llevó a cabo durante la dictadura pero también antes, bajo un gobierno democrático al que el Congreso fue incapaz de poner límites; están los que obedecieron órdenes, inmorales y delictivas; están quienes desde posiciones de poder apoyaron y azuzaron a los criminales; están los que se beneficiaron directamente con la desaparición de muchos luchadores sociales y quienes lo aprobaron explícita o tácitamente; está el sector de la prensa que sirvió de apoyo ideológico al proceso; están quienes miraron para otro lado y quienes prefirieron "no saber", cada uno con distintos grados de involucramiento. De todos modos, sería un grave error decir "fueron todos", lo que es una manera de diluir responsabilidades: Entre los verdaderos criminales y aquel que solo puso en el vidrio de su auto el sticker de "los argentinos somos derechos y humanos" hay un abismo, pero también hay un fino hilo conductor, porque mientras uno mató y torturó para que no se escuchasen voces discordantes, el otro agradece que, no importa con qué medios, se haya puesto silencio y orden en el país.

Una reflexión seria no puede dejar de considerar a ambos.

Las organizaciones armadas

Un párrafo aparte merece el estudio de las organizaciones armadas, cuyo tributo en vidas las ha llevado a instalarse como héroes y mártires para la historia que quiso ser oficial, pero cuya actuación debería pensarse en un marco mucho más complejo y dentro de los límites difusos en que se legitima el derecho a la resistencia a la opresión.
La memoria histórica no precisa de una apología acrítica de estos grupos, ni que en los medios intelectuales no se escuchen voces diferentes a ese relato y se condene a quien se atreva a discutirlo. La formación de una memoria histórica precisa en cambio de un debate plural, abierto y respetuoso donde dialoguen todas las voces. La acción de los distintos actores durante el terrorismo de estado debe ser conocida y debatida para poder entenderla. "La verdad los hará libres" es una sentencia evangélica que resume no solo una norma moral sino uno de los deberes de la Historia, aunque la verdad, cuando de alguna manera nos toca, muchas veces es molesta. Pero solo conociéndola en su complejidad y aprendiendo de ella podremos ayudar a que nunca más se repitan los hechos que hoy recordamos.
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Frase

"El golpe de estado no recibió, prácticamente, el repudio de la ciudadanía"
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