La tercera confrontación entre los candidatos norteamericanos Hillary Clinton y Donald Trump mantuvo el nivel y el tono de confrontación del debate anterior, sumamente personalizada, pero esta vez ambos trataron de erosionar la figura del adversario más que como persona, como líder. La candidata demócrata apuntó a mostrar un perfil más sensible a las necesidades de los asalariados, las mujeres y los inmigrantes. Además, en exhibir a Trump como alguien seducido por la violencia, el poder de Vladimir Putin y los negocios con China. Su oponente, en cambio, resaltó la predisposición de Hillary y de los demócratas a la apertura económica, al excesivo gasto del Estado y al ingreso de extranjeros al país.
Más allá de que la gestión de Bill Clinton se destacó por sus aciertos económicos y la del republicano George Bush por la "pesada herencia" que dejó a Barack Obama, en esta elección pesa el desencanto de los obreros industriales norteamericanos por el presente del país. Y ese presente es imputado, justa o injustamente, aunque no por ideología sino por urgencias, a Obama.
Hillary es la candidata del establishment, previsible y muy norteamericana; Trump es un cow boy, pero si bien apunta a las flaquezas actuales de la política de su país deja demasiados interrogantes sobre su aptitud como gobernante. Y aquí hay un dato significativo, que puede inclinar el fiel de la balanza hacia uno u otro lado: Trump no es un republicano reconocido por su partido. A diferencia de Ronald Reagan, el otro cow boy, nada garantiza la contención que le pueda dar el viejo partido de Abraham Lincoln. Pero, justamente, eso es lo que menos les interesa a sus potenciales votantes.
Las encuestas anticipan una victoria demócrata, con lo cual el primer presidente negro de los EEUU sería sucedido por la primera presidente mujer. Hillary gana en intención de votos y en el número potencial de electores, pero las encuestas fallan. Fallaron en el Brexit británico; fallaron en el plebiscito por la paz en Colombia y podrían fallar en la irrupción de un candidato populista y que reclama el rol de la antipolítica en su país. El voto femenino, el de los afroamericanos y el de los inmigrantes puede ser decisivo, pero el escepticismo del EEUU es los suficientemente grande como para que las groserías y vulgaridades de Trump, una mezcla de Pedro Picapiedras, Homero Simpson y el Pingino (de Batman) no hayan alcanzado para sacarlo antes de carrera.
Las encuestas en Estados Unidos pueden fallar porque todo depende de cuántos ciudadanos vayan a votar el 8 de noviembre. Por eso, según el analista Jorge Castro, Trump juega sus cartas a movilizar a su "núcleo duro" y apostar al desaliento de las bases demócratas. Para la mirada de un argentino, probablemente esté todo dicho a favor de Hillary; considerando las tradiciones estadounidenses, también. Pero la irrupción de los modelos populistas y el desencanto que generan las tradiciones republicanas en un mundo donde la economía globalizada no funciona como se soñaba, las cartas aún no están echadas. ¿Qué puede esperar la Argentina de estas elecciones norteamericanas? Hillary, probablemente, significaría la prolongación de un status quo, que postergaría el retorno republicano por cuatro años. Trump es una caja de sorpresas. Cuesta predecir cuál sería la política de su país con respecto al planeta. La economía republicana, por lo general, al bajar la presión tributaria favorece a los países que comercian con ellos. La violencia de su discurso populista y su cercanía con los norteamericanos de "mano dura", sin embargo, podría tener consecuencias dramáticas. La aventura bélica de George Bush en Irak, lejos de pacificar al mundo fue una caja de Pandora. Nada asegura que una presidencia de Trump no vaya a repetir experimentos similares. Tampoco lo contrario. El locuaz empresario es una incógnita y tal vez eso juegue a favor de Hillary.

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