Tal vez sea una exageración decir que Hebe de Bonafini logró torcerle el brazo a la Justicia con la misma eficacia que en su momento lo hicieran Aldo Rico y Seineldín, los jefes carapintadas que también suponían que contaban con fueros especiales para alzarse en armas y desafiar al estado de derecho. No está de más recordar al respecto que Bonafini no fue citada por crímenes relacionados con el terrorismo de estado o por alguna violación actual de los derechos humanos, sino para dar explicaciones respecto de la estafa perpetrada por Sueños Compartidos, la institución que ella preside y que, hasta tanto se demuestre lo contrario, es responsable de lo sucedido. La presencia, entre otros, de Boudou, Máximo, Zannini, Larroque, Miceli, Esteche, Parrili y D'Elía en la carpa del circo pone en evidencia la naturaleza política de un acto calificado como "de la resistencia".
Lázaro Báez, con sus recientes declaraciones, también nos dio una lección de populismo criollo, aunque esta vez la clase estuvo teñida de un sórdido resentimiento, propio del recluso que descubre que sus cómplices le soltaron la mano. Populismo de alta escuela; un manifiesto que seguramente Laclau hubiera aprobado, con el mismo desparpajo con el que en su momento el compañero Dante Gullo manifestó que la Argentina necesitaba a cien o mil Lázaro Báez, un deseo declaradamente utópico porque ni siquiera un país como el nuestro podría soportar el empuje depredatorio no de mil o cien Lázaros, sino de apenas dos.
Sin embargo, los errores y los horrores del kirchnerismo no alcanzan a disimular los graves problemas del país.
Las dificultades de Macri no provienen del hecho de ser rico o presidir un gobierno decidido a defender a los ricos y hundir en la miseria a los pobres, como reza la impotente y anacrónica letanía kirchenrista; sino de una combinación lamentable de problemas objetivos y errores de gestión. Por lo pronto, y más allá de los juicios de valor que nos permitamos hacer, queda claro que los sinceros esfuerzos del Gobierno nacional no han logrado dar cuenta de dos problemas centrales: la inflación y la recesión, con sus previsibles consecuencias: carestía de la vida, caída de la actividad económica y despidos. No sólo no los han resuelto, sino que los problemas se agravaron. Como broche de oro, habría que agregar que pareciera que al Gobierno se le agotaron las ideas renovadoras y lo que sobrevive es la repetición de consignas que cada vez dicen menos.O sea que la Argentina marchará hacia un escenario político cada vez más dramático en la medida que el oficialismo se siga debilitando y la oposición no logre articularse.
Lamentablemente, en la actualidad no hay indicios de que se pueda avanzar en una dirección que reclama un gobierno fuerte y una oposición con ideas y grandeza. Por el contrario, lo que se observa es una puja cada vez más intensa en una convivencia social difícil, que exhibe fisuras cada vez más hondas.
Apoyar al Gobierno en estas condiciones puede ser para muchos una fórmula tranquilizadora, pero más allá de nuestros buenos deseos, lo que objetivamente importa es que el Gobierno se apoye a sí mismo elaborando políticas acordes con el nivel de la crisis que nos acecha. Los buenos deseos y las simpatías que nos pueda despertar Macri no alcanzan si desde el poder no se logra hacer funcionar un capitalismo moderno, al tiempo que se ejerce la autoridad política y se atienden los diversos y contradictorios reclamos de una sociedad a la cual, está visto, no le gusta recibir malas noticias, y mucho menos hacerse cargo de ellas. ¿Difícil? Claro que lo es; pero supongo que Macri estaba informado de que gobernar es, por definición, una tarea insalubre, que no se mitiga bailando en los balcones o lanzando consignas de autoayuda.

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