La guerra en la que está sumida Siria desde hace más de cinco años, irradia, como una piedra que cae al agua tranquila, una oleada de millones de ciudadanos huyendo en busca de paz y de las mínimas condiciones de subsistencia que en su tierra natal no consiguen.
Desde el comienzo de las hostilidades contra el régimen de la familia Al Asad -que gobierna ese país desde 1971-, son más de 5 millones de personas las que han tenido que emigrar.
Como círculos concéntricos, las diferentes oleadas de migrantes involuntarios se han dirigido en todas las direcciones y se encuentran en campos de refugiados en Jordania, Irak, Turquía y Líbano, es decir, en casi todos los países vecinos de la República Árabe Siria.
Por otra parte, son muchísimos los que han cruzado el Mediterráneo con rumbo a Europa. Como ejemplo podemos decir que en 2015 fueron 475.902 los sirios que atravesaron el Mare Nostrum rumbo a Grecia, en lo que va de 2016 lo han hecho 73.000 y se espera que la cifra crezca de manera exponencial cuando llegue el verano. En esta travesía se han registrado 376 muertes y no se descarta que sean muchos más ya que por distintas razones no han podido ser registrados.
Los que no han podido trasponer el mar, que en su mayoría son los más pobres, viven hacinados en campos de refugiados en los países vecinos. Sólo en la zona del valle de Bekaa (Líbano) hay más de 1.000 asentamientos.
La mayoría de estas familias viven en campamentos donde subsisten con menos de 3 dólares diarios, en muchos casos carecen de documentos y su libertad ambulatoria está seriamente restringida. Cuando tienen la posibilidad de obtener permisos de trabajo deben pagar por ellos más de 200 dólares. Es común que no se les permita inscribir en los países de residencia transitoria a los hijos nacidos en esos territorios.

En muchos casos

En infinidad de casos, por haber ingresado de manera irregular, deben pagar multas para abandonar los países de residencia temporaria cuando quieren migrar a otro territorio. No se les brinda educación adecuada a los niños, ni salud, carecen de planes de vacunación y viven en territorios donde la salud pública es casi inexistente, donde una simple operación de apéndice cuesta 5.000 dólares y un examen de sangre de rutina 140 dólares.
Ante este drama humano, la Argentina ha decidido no ser indiferente: desde 2014 funciona el Programa Siria de visado humanitario, se ha dado refugio a ciudadanos provenientes de la zona de conflicto y se ha facilitado la reunificación familiar. Además, con la colaboración imprescindible de la comunidad internacional, está tratando de desarrollar un programa de reasentamiento en nuestro territorio de un reducido grupo de familias sirias.
Nuestro país se ha puesto como objetivo regresar al concierto de las naciones y dejar de lado de una vez por todas el aislacionismo sectario en el que estuvo sumergida los últimos años.
Para hacerlo, ha asumido un rasgo que caracterizó siempre a quienes habitamos esta tierra: el camino de la solidaridad y el compromiso con el que menos tiene. Todas estas acciones, también son certezas.

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Sección Editorial

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