Aire puro. Prácticas saludables. Variadas especies de árboles y muchos tonos de verde. Un camino angosto y pavimentado, originalmente pensado como ciclovía, que la gente fue haciendo suyo, también, para la caminata o el paseo recreativo. Por prescripción médica, por decisión personal o por moda, la ciclovía de la avenida Banchik -exruta 51- entre la rotonda de Limache y el Aeropuerto Martín Güemes resulta el sitio elegido por incontables hombres y mujeres de las más variadas edades que lo invaden todos los días, a toda hora, pero sobre todo a partir de la puesta del sol y hasta la medianoche -y más tarde, si hace mucho calor- convirtiéndolo en un espacio donde tratan de convivir recreación y actividad física.
Bicicletas se cruzan con motos, rollers, patinetas, skates o simplemente dos piernas que caminan, trotan o corren. Y, cada tanto, algún cochecito de bebé cuya mamá pasea mientras comparte la caminata con amigas o en familia.
Algunos días, y a determinadas horas, el tránsito por el lugar es tan intenso y heterogéneo que hasta puede resultar riesgoso para quien anda sustraído por la música de sus auriculares o, simplemente, con la cabeza en otro lado. Por ahí desfilan quienes claramente entrenan para algún deporte (atletismo, ciclismo, fútbol). Van y vienen excedidos y excedidas de peso que por voluntad propia decidieron salir a quemar grasas y los que fueron obligados por algún profesional de la salud. Se ven, al mismo tiempo, parejitas de adolescentes (o no tanto) que con despacioso y amoroso transcurrir desandan el camino. También, familias completas disfrutan de un paseo mientras sus niños ejercitan en sus bicis con las rueditas de apoyo o los mayorcitos hacen piruetas sobre dos ruedas. A la par, solos y solas, de a dos o en grupos, mayores y jovencitos avanzan en uno y otro sentido.
Por supuesto que, como en casi todas las calles de la ciudad, en el ciclovía abundan los perros, que también caminan a la par de sus dueños, pero no siempre sujetados con las corresondientes correas, sean inofensivos caniches o temibles rottweilers.


Mateada relajada
Pero además de esto que ocurre sobre la ciclovía, a pocos metros, debajo de los árboles de la banquina hay vidas que aprovechan las bondades del ambiente. Allí se ven autos con baúles levantados y puertas abiertas, con ocupantes desparramados en cómodas reposeras, en una suerte de improvisados comedores que bien pueden extender la mateada hasta la luz de la luna, las más de las veces acompañados por los más diversos ritmos musicales.
A la par, un picadito de fútbol, de esos que enseguida arman los hombres aunque sea con una pelota de trapo, aunque muchos físicos padezcan el rigor de la inusual exigencia.
Todo, con el dibujo cercano de los cerros del este y del oeste, que ponen el moño a un entorno generador de salud, bienestar, gratificación. Pero siempre atentos y con cuidado. .

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