¿Astucia del mal o un Servicio muy permisivo? Es lo que mucha gente se pregunta frente a las acciones que sigue llevando a cabo desde su encarcelamiento, hace 16 años, uno de los criminales más atroces que tiene la provincia: Marcelo Alejandro Torrico. A esta altura nadie puede dudar que este despiadado y siniestro asesino haya planificando una nueva fuga del penal de villa Las Rosas. Asesinó a los hermanitos Leguina, Mélani (9 años) y Octavio (7 años), en mayo de 1998; al año siguiente fue condenado a perpetua y siete años después logró fugarse del pabellón "S" de la Unidad Carcelaria 1. Tras ocho meses fue recapturado en la estación de Retiro, Buenos Aires, y trasladado a Salta.
Lo que muchos no logran entender es por qué un asesino de esta naturaleza sigue teniendo beneficios adentro de un penal. ¿Acaso las autoridades del Servicio Penitenciario no se dieron cuenta de su capacidad manipuladora? Que a Torrico le encuentren un celular, quizás no sea lo más escandaloso en este episodio de terror. Quienes trabajan en el penal señalan: "Siempre tuvo privilegios". Y los sigue teniendo.
El jueves por la noche efectivos penitenciarios ingresaron por sorpresa a la celda de "máxima seguridad" del asesino y tras requisar el lugar secuestraron un celular, objeto que si bien está prohibido ingresar, cuentan que Torrico siempre tuvo a su disposición. A través de ese aparato el sádico criminal, condenado a cadena perpetua en 1999, habría estado planificando una nueva fuga. Además, una fuente del Servicio Penitenciario cercana a este medio contó: "En el celular tenía fotos de los celadores durmiendo -guardias encargados de vigilar a los presos- y fotos de su nuevo "amigo'', Gustavo Lasi, condenado a 30 años de prisión por el crimen de las francesas- fotografiado con un buzo de los propios guardias".
Quizás los criminales tenían la licencia de juguetear con el celular, pero pasaron el dato y se "pudrió todo". Dos de los guardias escrachados en las fotos durmiendo, habrían pasado a disponibilidad. Desde el Servicio Penitenciario informaron que el interno también quedó a disposición de los superiores. Hasta este episodio Torrico convivía con Lasi en una celda ubicada en el pabellón "R".
Recreación
"Sabiendo de quién se trata, es increíble que el personal siga dejándose manejar", expresaron desde el interior de la cárcel salteña. Ni bien ingresó al penal, siempre exigió mejores tratos y confort. Hace poco más de dos años -tenía prohibido salir- consiguió el beneficio de recreación para "distenderse" en uno de los patios que tiene el penal de villa Las Rosas.
"Sale y por lo general se para entre los pabellones A y B, un lugar estratégico donde pasa todo el mundo, desde ahí observa y parecería que controla todo. A veces se lo ve hablando con algún guardia o algún interno. Camina por la cancha de fútbol y siempre vuelve a pararse en la entrada de los pabellones", contó la fuente. El que no sale para nada es su nuevo compañero, el otro asesino, Gustavo Lasi.

El siniestro crimen
El doble homicidio perpetrado por Torrico y su amigo, Esteban Brandán, el 3 de mayo de 1998, fue el comienzo de una escalofriante historia de terror, episodio que el mismos asesino se encargó de relatar con cierta "indiferencia, como si fuera una película", coincidieron el psiquiatra David Flores y el psicólogo Eduardo Usandivaras, en el transcurso del juicio a fines de 1999.
Tras beber y drogarse junto a Brandán, decidieron secuestrar a Octavio y Mélani de 7 y 9 años respectivamente. La mañana del 3 de mayo, cuando los niños se dirigían a la escuela Nuestra Señora de la Candelaria, en Villa Costanera, cayeron en la trampa de los asesinos quienes lo subieron a un auto.
Después de seis días, los cadáveres aparecieron el domingo 10 de mayo en La Silleta. Con sus cabecitas destrozadas, los niños fueron mutilados a golpes. Las pericias demostraron que previo a su muerte fueron torturados, mientras Torrico violaba a la nena Brandán obligaba al niño a observar la espeluznate escena.
En enero de 1999 las fuerzas de seguridad lograron identificar al criminal, quien trabajaba como remisero. Fue atrapado en marzo de ese año. Torrico confesó el crimen, se hizo cargo de la violación pero no del asesinato de los hermanos, culpa endilgada a Brandán. Otra de las coincidencias de los profesionales en el juicio fue el "sadismo desmesurado" de Torrico, quien relató los hechos con una sorprendente frialdad.

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