En la casa de la familia Jotayan, la tradición navideña está lejos de apagarse y tres generaciones la viven en una forma muy especial, basados particularmente en resaltar los valores cristianos y celebrar el nacimiento de Jesús.
"Si pasan por la avenida Güemes, una casa sencilla y su jardín le llamarán la atención: las ventanas están adornada con luces y guirnaldas y al costado verá un pesebre con todas las imágenes tradicionales, con figuras de cerámica, bien cuidadas, pero con 54 años de historia", comentan los vecinos en referencia a la casa de Eduardo Jotayan, en el barrio 9 de Julio de Hipólito Yrigoyen.
Hombre de gran sensibilidad, este empleado municipal, relata orgulloso cómo nació esta costumbre en el seno de una familia muy humilde, pero de mucha fe.
En 1961 vivían en el lote María Angélica, conocido como La Loma. Su papá Crecencio era empleado del Ingenio San Martín del Tabacal y su madre, doña Antonia, era ama de casa.
Eduardo recuerda que su madre junto a tres de sus hermanos mayores, pasaban varios días armando el establo del pesebre y lo hacían con tachos de 200 litros, bolsas de harina y focos comunes envueltos con papel celofán de colores. Así le daban forma al paisaje de Jerusalén y con los años se convirtió en el más conocido y visitado de la zona.
Vecinos y amigos iban a adorar cada noche al Niño Dios y así la dueña de casa, Antonia, se convirtió en la gestora principal de una tradición de fe y amor.
"Yo tenía 4 años entonces y siempre admiré la devoción con la que mi madre se esmeraba en armar el pesebre para vivir la verdadera Navidad", dice Eduardo y hoy, como tradición familiar, toma la celebración muy en serio y junto a sus hijos Marisol, Javier y Luis, arman el pesebre durante varios días, restaurando imágenes, reciclando y comprando luces.
"Uno hace esto para recordar la infancia; es una forma de tenerla presente a mi madre. En todas las partes que he vivido siempre vivo muy animado cola Navidad", dice emocionado y con la seguridad de que su madre estaría orgullosa.

Espíritu navideño
En el barrio se percibe la alegría que produce la fe y la gracia de mantener intactas las tradiciones. Trabajar en común en la construcción de un gran pesebre es la actividad más gratificante para los vecinos y cuando llega diciembre saben que necesitan de la colaboración de todos para armarlo.
Cincuenta y cuatro años cumple en esta Navidad el pesebre, que nace cada 8 de diciembre en el acceso de la casa.
Con el tradicional encendido de luces, Eduardo en compañía de sus seres queridos, pero sobre todo de los niños de la cuadra, deja que resplandezca el sentimiento cristiano que guarda en su corazón y que trata de transmitirlo con su amado pesebre.
"La petición que cada año renovamos ante las imágenes de la Sagrada Familia, entre plantas y luces de colores, es la alianza familiar", dice y comparte el orgullo que siente de integrar un hogar unido en la esperanza y las costumbres de antaño.
Cada 24 de diciembre, Eduardo concurre al cementerio a rezar en la tumba de su madre. "Ella me enseñó a querer y a armar el pesebre, como seguramente lo hacen en muchas casas. Hijos y nietos lo heredamos, lo hacemos no solo como tradición, sino como signo de convicción, para no quedarnos en las luces y ovejitas sin mirar a Dios, que nace cada año por todos nosotros y a quien tenemos que pedirle humildemente por la grandeza de cada familia argentina", concluye.

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