El escape comenzó a prepararse hace un mes cuando eliminaron las cámaras de seguridad que controlaban el sector de Sanidad. Allí hay ocho lugares de internación, de los cuales cuatro están inhabitables.
Los hermanos Cristian y Martín Lanatta y Víctor Schillaci, permanecían en una de las salas bajo estrictas medidas de vigilancia que comenzaron a flexibilizarse a fines de noviembre.
El domingo a las 2 de la madrugada, sin motivo que lo justifique, uno de los guardias entró al sector de Sanidad. Los prófugos lo "sorprendieron". Una trompada poco convincente, lo envió al piso. Lo maniataron y amordazaron. Media hora después el guardia comenzó a pedir auxilio en voz extremadamente baja. Lo escucharon dos presos que avisaron a la guardia. Cuando interrogaron al vigilante por el desgano en el pedido de auxilio, se justificó. "No me pude sacar toda la mordaza y no podía hablar bien".
Los prófugos atravesaron todos los obstáculos. Abrieron cada reja con el botón interno. Nadie puede aducir que no sabía lo que estaba sucediendo. Cada movimiento electrónico de las rejas va precedido de un sonido que parece una pequeña explosión y cuando se abren en todo el trayecto hacen un ruido imposible de no ser escuchado. Las complicidades parecen amplias.
Los tres continuaron su camino. Todo estaba saliendo como había prometido el funcionario. No tuvieron necesidad de ponerse prendas oscuras. Ese detalle fue inventado para desviar la atención sobre las complicidades internas que fueron muchas. De hecho, cualquier desplazamiento a esa hora es sospechoso porque los relevos de guardia son a la 1 y a las 4 de la madrugada. Una patrulla de guardias fuera de esas horas no se justifica y debería haber llamado la atención.
En la playa de estacionamiento tomaron el auto de un penitenciario. Al llegar al portón de salida, donde esperaban encontrar la barrera baja, se encontraron con un guardia. Quisieron acelerar el Fiat y se les ahogó. "Esto es una trampa. Nos cagó..." Los puntos suspensivos de esta nota reemplazan el apellido del funcionario. El testimonio del guardia, al relatar la huida, al día siguiente, fue clave para desentramar la compra de la fuga.
Los sicarios bajaron y redujeron al hombre que era testigo de Jehová y estaba desarmado. La única arma que había en el lugar estaba debajo de una silla y no la tocaba el hombre porque su religión se lo prohíbe. Era la segunda vez que estaba en ese portón que debía ser custodiado al menos por tres hombres armados. Los sicarios bajaron y redujeron al hombre que era testigo de Jehová y estaba desarmado. La única arma que había en el lugar estaba debajo de una silla y no la tocaba el hombre porque su religión se lo prohíbe. Era la segunda vez que estaba en ese portón que debía ser custodiado al menos por tres hombres armados.
La primera vez que el testigo de Jehová estuvo en el portón fue hace ocho años. Pidió que no lo manden más a ese lugar. Quería hacer tareas administrativas para no portar armamento. Le cumplieron el deseo hasta el domingo pasado. Por segunda vez en su vida y de manera inexplicable debió volver la custodiar la principal entrada y salida del penal.
Mientras el testigo de Jehová permanecía en el auto, uno de los hermanos Lanatta abrió el capot del Fiat y solucionó el inconveniente. Pudieron poner en marcha el motor, se deshicieron del guardia y huyeron.
Se está haciendo el sumario interno en el Ministerio de Justicia. De ese sumario saldrán los datos para buscar a los prófugos.
Hay quienes opinan que hay que duplicar la recompensa. Otros se inclinaron por liberar con tobillera a Marcelo Schillaci, hermano de uno de los prófugos, que permanece internado en Olmos con un estado de salud complicado.
También están atentos a que Martín Lanatta acaba de ser padre. Confían en que en algún momento los capturarán.
Por Luis Beldi, Infobae

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Sección Editorial

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Álvaro Figueroa
Álvaro Figueroa · Hace 10 meses

Un aplauso, para el redactor de la nota, dando todos los detalles de lo que piensan hacer para encontrar a los delincuentes. En otro orden, alguien deberá explicar qué hacía en un sistema de guardia carcelaria, un sujeto que no puede (o no quiere) tocar un arma.


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