Tras la sorpresa provocada en la mayoría de los medios académicos y periodísticos por la victoria de Donald Trump, llovieron las explicaciones sobre las causas de ese terremoto, a veces tan erróneas como las predicciones anteriores. El equívoco más serio parte de un dato real pero extrae una conclusión errada. La premisa cierta asocia la disconformidad de la mayoría de los trabajadores blancos con el descenso de su nivel de vida en los últimos años. La conclusión equivocada es atribuir ese descenso exclusivamente a la competencia de los países asiáticos, en primer lugar China, y no a un desajuste aún mucho más estructural, derivado del impacto del cambio tecnológico en el mundo del trabajo: una ancha franja de la población económicamente activa de Estados Unidos no está a la altura de las exigencias que plantea en materia de calificación la economía de la información, también llamada "nueva economía".
La cuestión tiene singular relevancia porque anticipa un desafío global que habrá de signar probablemente al siglo XXI: el futuro del trabajo. Los hechos le dan la razón a la afirmación de Alexis de Tocqueville, aquel pensador francés que en 1835, en su libro "La democracia en América", decía: "No es que Estados Unidos sea el futuro del mundo. Lo que sucede es que Estados Unidos es el lugar del mundo donde el futuro llega primero". Porque en Estados Unidos lo que hoy se define como la "nueva economía" es, simplemente, "la" economía y los empleos de la vieja economía tienden a desaparecer.
Un repaso por el ranking de las principales firmas que cotizan en la bolsa de Wall Street lo dice todo. Los gigantes tecnológicos como Facebook, Google o Microsoft son las compañías más importantes. Los antiguos conglomerados industriales, empezando por la industria automotriz, pasaron a ocupar un lugar secundario, superados por las empresas de servicios, que incluyen al sector financiero.
En California, ese Estado donde Hillary Clinton arrolló a Trump, está el centro de esa nueva economía. Silicon Valley, a escasos kilómetros de San Francisco, es la capital mundial de la tecnología. No es de extrañar que la victoria del Trump haya potenciado el "Calexit", un acróstico que une California con "Brexit" para denominar a un movimiento que plantea la secesión de un Estado que si fuera un país independiente sería la octava economía mundial.
Lo de California contrasta con lo que sucede en Ohio, Wisconsin y todos los antiguos estados industriales que otorgaron a Trump la mayoría del Colegio Electoral. Las industrias tradicionales tienden a desaparecer. Los trabajadores no encuentran alternativas laborales acordes con sus aptitudes y solo pueden acceder a empleos de bajos salarios, en una disputa con los inmigrantes hispanos que dispara la xenofobia.

¡Es la tecnología, estúpido!

Pero California y Ohio son las dos puntas de un amplio abanico que muestra un fenómeno en pleno desarrollo. Porque lo que caracteriza el cambio registrado en Estados Unidos en los últimos años no es sólo el auge de las empresas tecnológicas sino el hecho que, a través de un proceso que dio en llamarse de "mutua absorción", las nuevas tecnologías han penetrado y transformado al conjunto del sistema productivo estadounidense. No tan solo las empresas tecnológicas, sino todas las empresas norteamericanas tienden a ser de alta tecnología y requieren personal que esté profesionalmente a la altura de esa exigencia.
Ese desafío abarca a todo el mundo desarrollado y empieza a percibirse con creciente intensidad en los países emergentes. En su libro "La segunda era de las máquinas", Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee observan las dos caras de este realidad.
Por un lado, afirman que "nunca ha habido un peor momento para ser un trabajador con conocimientos y capacidades 'comunes para ofrecer', porque las computadoras, los robots y otras tecnologías digitales están adquiriendo esos conocimientos y habilidades a un ritmo extraordinario". Por otro, señalan que "nunca ha habido un mejor momento para ser un trabajador con habilidades especiales o la educación correcta, porque esas personas pueden usar la tecnología para crear y captar valor".
Lo que sucede hoy valoriza predicciones que en su momento parecieron aventuradas. En 1984, André Gorz, un intelectual de izquierda francés, aterrorizó a sus camaradas con su libro "Adiós al proletariado", en el que presagiaba que aquella clase social a la que el marxismo había elevado al papel de redentora de la historia iba a desaparecer. Al mismo tiempo, Alvin Toffler, un extraordinario intelectual norteamericano recientemente fallecido, publicaba "La tercera ola", en la que explicaba cómo, en la sociedad del conocimiento que empezaba a divisarse en el horizonte, el trabajo intelectual desplazaría al trabajo físico.

La nueva convivencia

La consultora internacional Forrester acaba de publicar un informe, titulado "Forrester2025: trabajando junto a los robots", que sostiene que "en realidad, la automatización hará que surjan y que crezcan nuevas categorías de empleo. El mayor efecto va a ser la transformación del trabajo. Las empresas han de ir negociando una nueva relación entre humanos y robots, en la que los dos trabajen juntos, en vez de convertirse en meros sustitutos del otro".
Paradójicamente, mientras en estados Unidos se discute el retorno de las industrias que emigraron a México y los países asiáticos, China anuncia un giro estratégico en su modelo de desarrollo, que implica cambiar la noción de "fábrica mundial" por la de "centro mundial de conocimiento e innovación". Ya no busca atraer inversiones para las industrias intensivas en mano de obra, antes radicadas en Estados Unidos o Europa, sino avanzar hacia una economía de alto contenido tecnológico.
El verdadero desafío que afronta Estados Unidos en la "era Trump" no es una vuelta atrás en su política industrial, a partir del retorno de prácticas comerciales proteccionistas, sino un salto adelante, que implique una reindustrialización apuntalada en las mejoras de competitividad basadas en el empleo intensivo de las nuevas tecnologías. Es lo que ya empieza a suceder con el "shale gas" y el "shale oil", que reducen drásticamente los costos energéticos de su producción manufacturera, y se avizora con el avasallador avance en la utilización de las 3-D (impresoras de tres dimensiones) para la fabricación de productos industriales.
En 1835, para entrever los signos del futuro del mundo, Tocqueville debió viajar a Estados Unidos. Hoy, el pensador francés y tal vez también el nuevo presidente norteamericano tendrían que darse una vuelta por China.

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