En Deán Funes, casi mitad de cuadra, entre Necochea y Ameghino, funcionaba el almacén y verdulería de don Jacinto, un sirio amable y conversador, extremadamente galante con las señoras y señoritas que visitaban su negocio. Don Jacinto era sirio, como se dijo, lo que no era óbice para que en el barrio lo llamaran "el turco", por esa costumbre argentina de meter a todos en la misma bolsa. Así todos los españoles son "gallegos", por ejemplo, y gringos todos los extranjeros tirando a rubios. Bien, el sirio don Jacinto era, para el barrio, "el turco". Y él como si lloviese, como si escuchase llover. Las damas clientes estaban chochas con el almacenero pues siempre tenía para todas y cada una de ellas una frase halagüeña y florida.
Pero no solamente en lisonjear a las mujeres se destacaba (en eso tenía gran similitud con don José, el carnicero), sino que, además, poseía cierta habilidad para la rima. Hay que decir que si bien hablaba un castellano "berebere", como decía el vate Acuña, escribía de forma aceptable en el idioma de Cervantes. Redactaba unos reclamos comerciales muy llamativos, que cada tanto renovaba. Uno de esos avisos promocionales rezaba:

Si la vida está muy dura/
deje de ajustarse el cinto:/
todo tiene solución/
en lo del "turco" Jacinto.
Otro pregonaba:
No es por gusto de alabarme,/
digo siempre la verdad:/
lo que compra en otra parte/
aquí cuesta la mitad.
Y los tenía ocasionales, y floridos:
Adiós pimpollo de rosa,/
de todas la mejor flor;/
digamé que le parece/
esta regia coliflor.

Jacinto, como supondrán el lector o la lectora, cosechaba éxitos, especialmente entre las comadres. Una de las más entusiastas era doña Eduviges Elizabide. "¡Ja! -comentaba, cuidando que el novio de su hija escuchara- Jacinto es un hombre no solo romántico, sino práctico y con los pies sobre la tierra, no como algunos 'literatos' que se van en versitos de morondanga, y son incapaces de sacarles provecho". El vate escuchaba y rumiaba bronca. El asunto estalló cuando la impiadosa matrona le dijo un domingo en que comerían un asado: "Oiga Oscar, falta el postre. Vaya a lo del turco y traiga un poco de fruta. Lleve un soneto, puede que le alcance para unas peras". El vate la miró cabrero y, sin poder contenerse le improvisó en la cara:

"¡Diande saca la señora/
que me cotizo tan bajo!/
¡Me sobra para comprarle/
pasaje de ida al carajo!".

El ofendido y furioso escriba estuvo un mes sin poder hablar ni ver a su amada. ¡Bravas eran las venganzas de doña Eduviges!

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Sección Editorial

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German  Ruarte
German Ruarte · Hace 8 meses

Y DON CHIRIMBA COHETES, Y DOÑA ANSELMA, Y EL CHULUPI , Y PICCARDO , Y LA SAITA , Y LOS GITANOS, FALTAN , FALTAN , HISTORIAS DE BARRIO.


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