Algunas personas opinaban que el barrio era aburrido: nunca pasa nada nuevo; todos los días los mismos asuntos; todos los días sopa. Pareciera que vivimos en una isla apartada del mundo.
Eso decían hasta que pasó lo que pasó. Sucedido que dio pie a que las comadres, en sus conversadas reuniones matizadas con mate cebado y abundantes copitas de licor de cocos (receta casera de doña Hermelinda Gómez), aseguraran que "eso había sido lo más espantosamente escandaloso" que tuviesen memoria.
¿Qué había ocurrido? Bien, vamos a los hechos. Doña Hortencia Alegría había quedado viuda a los 7 años de casada. Don Paco, su marido, había muerto en medio de la comida con la que él, su mujer y algunos amigos festejaban el aniversario. Brindó, se sentó, eructó y no se levantó más.
Doña Hortencia y sus dos hijos -Berta de 6 años y Dardo de 5- amanecieron al otro día viuda, aquella, y estos huérfanos de padre.
Pasaron los años. Doña Hortencia, una saludable y apetitosa viuda de 40 pirulos, había demostrado ser una mujer fuerte y emprendedora. No solamente había criado bien a sus hijos, sino que hizo prosperar el negocio que había iniciado su finado esposo.
En cuanto a los chicos, Bertita se había recibido de maestra y ejercía en una escuela del centro, y cautivaba con su belleza y simpatía; Dardo estudiaba abogacía en Tucumán.
Doña Eduviges Elizabide le reconocía esos méritos: -Se apellidará Alegría, decía, pero hay que aceptar que no tiene nada de viuda alegre. No se ha vuelto a casar... ­Y eso que le llovieron candidatos!
Como era de suponer, Bertita, que era hermosa y amable, se adueñó del corazón de un muchacho, César, apodado Cacho, que tenía un flamante título universitario. Se lo presentó a su madre, quien quedó favorablemente impresionada. Pero hay que decir que si el joven César causó buena impresión en la progenitora de su enamorada, doña Hortencia dejó en el filito de su hija una impresión tremenda.
-¿En serio que tiene 40 años?, le dijo después Cacho a Bertita. ­No lo parece! Pareciera que es tan solo un poquito mayor que vos.
El noviazgo iba viento en popa, salvo algunos vientos en contra. Al cabo de unos meses fijaron fecha para el compromiso. Pero, esos vientos...
Una tarde Bertita le comentó a su amiga Doralba Elizabide que estaba preocupada porque su mamá, que "hasta ayer nomás" era tan afable con el Cacho, ahora apenas lo saluda y evita charlar con él. Y lo que más me duele, dijo, es que "Cacho está raro, frío conmigo".
No pasó mucho tiempo para que la situación se complicara. Doña Hortencia tan casera y dedicada a su negocio. Y Berta se quejaba: -Mi mamá ahora cada dos por tres va sola al cine de noche y, para colmo, Cacho está haciendo un trabajo contable para una empresa. Como hay apuro, el pobre tiene que trabajar de noche.
Y claro, estaba sucediendo lo que el lector ya habrá supuesto: doña Hortencia y Cacho se veían a escondidas. Y así el asunto hasta que la bomba explotó. Un vecino los vio muy acaramelados entrando en un hotel. Al otro día el barrio entero lo sabía.
Resultado: Bertita se fue a vivir con su tía Guillermina, hermana de su papá. Doña Hortencia y Cacho se casaron. Se fueron a vivir a la casa del galán. El barrio no los perdonó.
Bertita no sufrió demasiado. Al año se casó con uno de sus viejos amores, y fue feliz. Hizo borrón y cuenta nueva. A su mami y a su exnovio nunca más ni el saludo. Las comadres del barrio agradecidas, ya que tuvieron tema para más de una década.

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