Macri, candidato de una fuerza política nueva, ni radical ni peronista, creada en la década pasada, fue electo presidente coaligado con la UCR y la Coalición Cívica. Aunque su triunfo no tuvo la fuerza de una aplanadora, no dejó dudas de que comenzó una nueva época en Argentina.
El ciclo kirchnerista llegó a su fin. Un modo de ejercer el poder basado en la descalificación del adversario, el monólogo estridente, el uso del Estado como botín del que manda y la trampa recurrente fue repudiado por la mayoría de los argentinos.
La sociedad reclamó un cambio y definió en las urnas las claves del país por venir: liderazgos democráticos capaces de hacer viables coaliciones reformistas innovadoras fundadas en el diálogo y los acuerdos; un país abierto al mundo; un gobierno previsor, eficaz y transparente, que dé respuestas con justicia a los problemas que enfrentan los ciudadanos.
Cambiemos supo interpretar el humor social y dar voz al apetito de futuro de las clases medias. Su victoria culmina un proceso que se fue incubando en los multitudinarios cacerolazos y en la crisis moral e institucional que desató la muerte del fiscal Nisman.
Una nueva generación de dirigentes possetentistas llegó al poder, y está mucho más interesada en imaginar el futuro que en rememorar el pasado.
Macri recibe la herencia de los estragos causados en las cuentas públicas por una política improvisada e irresponsable que consumió los recursos de todos y alimentó negocios propios.
Su margen de maniobra para realizar un programa de reformas depende de la fortaleza y habilidad de Cambiemos para enhebrar, cuanto antes, los acuerdos políticos y sociales que le aseguren la gobernabilidad.
El desafío exige la estabilidad de su coalición y la firmeza para contener el potencial malestar social que desaten las reformas y que sectores de la oposición puedan aguijonear.
El nuevo mapa político condiciona también la estrategia de la oposición peronista, que puede buscar una segunda renovación, como hace 30 años, y optar por un rol constructivo de cara a una futura alternancia.
El peronismo ya no es el dueño exclusivo de la provincia de Buenos Aires.
El papel que desempeñen los gobernadores es otra pieza clave del rompecabezas que debe armar el presidente.
Este triunfo tiene impacto regional e internacional: fracasó una utopía regresiva que por mucho tiempo quiso presentarse como una versión del "socialismo del siglo XXI" y confundió a quienes vieron en ella el renacer de la izquierda. Hay mucho que reconstruir sobre los restos del teatro de la ilusión fabricado por el kirchnerismo.
Desafío e interrogantes
El desafío es mayúsculo y los interrogantes que plantea aun no tienen respuesta.
Lo cierto es que las categorías para analizarlos deberán aggiornarse porque estamos ante un cambio que es más que una alternancia, es un cambio de régimen y siempre es más fácil ver lo que se muere que avizorar lo que llega.
Las antinomias simplificadoras no ayudan a comprender. Hoy Cambiemos nos abre un panorama esperanzador.

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Sección Editorial

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