En este fin de gobierno de la doctora Fernández estamos asistiendo a un escenario inédito en el país. Conocí varios traspasos de gobierno y jamás, ninguno, ni los gobiernos de facto, generaron tal grado de dificultades en la entrega del poder a sus sucesores, como lo está haciendo la Presidenta con un gobierno elegido por el voto popular, que asumirá en los próximos días.
Lejos de cumplir con la responsabilidad de contribuir a la consolidación de una sociedad democrática y republicana, las últimas medidas adoptadas afectarán severamente al nuevo gobierno.
El decreto de necesidad y urgencia que le hará un agujero a las finanzas de Anses, la interminable lista de designaciones en organismos del Estado, el vaciamiento del Banco Central, un presupuesto con cifras mentirosas, por señalar solo algunas, son de una irresponsabilidad rayana en la perversidad. Porque podrán ser un dolor de cabeza para el nuevo gobierno, pero el daño lo sufrirán miles de argentinos para quienes dijo haber trabajado.
No puedo sino relacionar este comportamiento, que hoy tanto llama la atención, con la totalidad de su gobierno.
Para empezar, su estilo: durante estos doce años soportamos su trato agresivo e irrespetuoso hasta con los de su propio riñón. Desde el más alto lugar del poder no convocó a la unidad de los argentinos ni procuró acuerdos. Por el contrario, no escuchó más voces que las de aquellos que decían lo que ella quería oír, se rodeó de aplaudidores que festejaron hasta sus groserías y humilló a todo aquel que no se sometía incondicionalmente a sus caprichos. "Oligarcas", "destituyentes", "conspiradores", "golpistas", "loros mediáticos" fueron términos para referirse a quienes expresaran alguna opinión diferente, concebidos no como adversarios sino como enemigos, demostrando así un profundo desprecio por las minorías, a pesar de declamar que era la presidenta de los cuarenta millones de argentinos.
La prepotencia, los gestos destemplados, la burla, la provocación, la vulgaridad, la mala educación, la intolerancia han sido signos distintivos de su ejercicio del poder, que no distinguió personas, jerarquías, instituciones, incluidos gobiernos de otros países. Ese estilo bélico con el que manejó el país no permitió que muchos de nosotros pudiéramos adherir a su gobierno, a pesar de estar de acuerdo con algunas de las medidas que tomó (la política en ciencia y tecnología, la ley de identidad de género, el matrimonio igualitario).
Dirán que ésta es una crítica que se queda en la superficie. Creo, por el contrario, que lo que señalo es enteramente significativo y explicativo de una práctica política que deja ingentes problemas y profundas heridas en la sociedad argentina:

* El cepo, la devaluación, el enorme déficit, la inflación, la inseguridad, el estado deplorable de la educación y la salud y la escandalosa corrupción; la destrucción del Indec y las inexplicables cláusulas secretas de los acuerdos con Chevron o con China;

* Una política de DDHH afincada solo en una memoria recortada, no preocupada por las violaciones del presente y con grandes contradicciones: la designación de César Milani, acusado de delitos de lesa humanidad, como jefe de Estado Mayor del Ejército, tener como aliado al sindicalista Gerardo Martínez, personal civil de Inteligencia del Batallón de Inteligencia 601, o no haber recibido nunca a los qom.
Se inscribe aquí su escasa preocupación por la postergada situación de las mujeres y en particular por el enorme problema de la violencia de género. Un discurso para "todos y todas" pero sin políticas públicas a favor de las mujeres. Un casi inexistente Consejo Nacional de la Mujer resulta más que significativo.

* La serie de subsidios que indudablemente han permitido a muchas familias poner un alimento en la mesa y adquirir algún bien, después de doce años resultan inadmisibles. Sin trabajo genuino, miles de argentinos quedan imposibilitados de construir ciudadanía, reducidos a la condición de clientes, despojados de su dignidad. La pobreza estructural se mantiene, para vergenza de todos los argentinos.

* La insensibilidad demostrada con las víctimas de Once, con los pueblos originarios; con las Madres del Dolor, con las familias de los muertos en los saqueos de Tucumán, mientras bailaba en Plaza de Mayo en los festejos del Bicentenario.

* Su discurso permanentemente autorreferencial, prueba clara de su soberbia y su narcisismo, amplificado por las continuas (e ilegales) cadenas nacionales, que anuló toda posibilidad de diálogo.

Hoy, con ese afán incontenible por ocasionar el mayor daño posible al nuevo gobierno, no está midiendo que las consecuencias las pagará la ciudadanía, incluida aquella que le fue fiel hasta para votar un candidato al que menospreciaba.
¿"Después de mí el diluvio" será su consigna?
Qué lamentable final.
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Sección Editorial

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