Según la Organización Mundial de la Salud, una de cada tres mujeres es víctima de violencia física o sexual a nivel mundial. Generalmente, el agresor es la pareja o una persona conocida de la víctima. En los Estados Unidos y la Argentina, a pesar del avance colectivo, la violencia de género contra la mujer sigue siendo un problema alarmante, con profundas consecuencias sociales y económicas para las democracias. La violencia de género es más que simplemente un delito contra las personas; la violencia contra la mujer constituye un abuso de los derechos humanos que se expande y amenaza la seguridad de nuestras familias mientras destruye el tejido social de nuestras comunidades.
El presidente Barack Obama repite con frecuencia que se puede juzgar a una nación y la medida del éxito que tendrá por cómo trata a sus mujeres. Las naciones que son exitosas le deben parte de su éxito a que la mujer es valorada e integrada en la comunidad en igualdad de condiciones. Un estudio reciente publicado por el McKinsey Global Institute reveló que promover la igualdad y paridad de la mujer con el hombre podría aportar US$ 12 billones al PBI mundial para el 2025.
Hace un año, en la Argentina tomó cuerpo un movimiento social de base en contra de la violencia contra la mujer. #NiUnaMenos conmovió al país y su mensaje perdurable se esparció a través de nuestro mundo interconectado. El mensaje fue abrazado por la comunidad de democracias que comparten valores comunes tales como la dignidad humana universal y la igualdad de la mujer. La convocatoria masiva del movimiento #NiUnaMenos en la Argentina constituye un reflejo indiscutible de una nación entera que clama por el fin de la violencia de género. Celebramos la unión de la sociedad civil y de los defensores de los derechos de la mujer de la Argentina, que crearon y dieron nombre a este movimiento.
Las cuestiones de violencia de género y violencia doméstica no sólo afectan a personas y familias sino que se expanden a la sociedad toda. El papa Francisco dice que la desigualdad genera violencia. Para prevenir la violencia contra la mujer, es necesario abordar los desequilibrios sociales más profundos -en la educación, en el empleo y en la política- que refuerzan los estereotipos y promueven un clima en el que las mujeres tienen menos valor y son menos respetadas que los hombres, y se les niega la misma consideración o las mismas oportunidades. Es necesario eliminar las barreras visibles y no visibles que impiden el avance y la promoción de la mujer en el ámbito laboral y en la sociedad. Un paso valiente en esta dirección fue la histórica ley contra la violencia de género aprobada por la Legislatura de la provincia de Buenos Aires. Otro avance positivo fue la creación por parte de la Argentina en el mes de julio del primer Plan Nacional de Acción para la Prevención, Asistencia y Erradicación de la Violencia contra las Mujeres.
A medida que construimos democracias sólidas y sustentables, cimentadas en la igualdad de género, es necesario prestar especial atención a los más pobres de nuestras sociedades que son los más vulnerables a sufrir violencia. En toda la región, los mayores índices de ataques sexuales y violencia doméstica se registran entre las mujeres más pobres. Las víctimas más frecuentes son menores, debido a que son más vulnerables a la explotación y a quedar atrapados en una red de trabajo forzoso y prostitución. La Argentina ha sido pionera mundial y líder regional en la lucha contra el trabajo forzoso de menores, y reafirmó recientemente su compromiso con las Naciones Unidas al suscribir el acuerdo internacional contra la esclavitud de los jóvenes.
Las Naciones Unidas conmemoran hoy, el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer y nos unimos a nuestros amigos de la Argentina para declarar que no existe lugar en nuestras sociedades para la violencia contra la mujer.

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