Cuarenta años atrás, el general Juan Carlos Onganía desalojó de la Casa Rosada al presidente Arturo Illia con la promesa de que evitaría el retorno al poder de Juan Domingo Perón y cortaría de raíz la amenaza de la guerrilla, que había ensayado una ruinosa incursión en Salta en 1964, apoyada por Ernesto "Che" Guevara desde Cuba.
Onganía fracasó tan rotundamente que juntó los dos problemas que se había propuesto resolver.
Por un lado, tenía un aliado poderoso en el sindicalismo, el metalúrgico Augusto Vandor, que postulaba un peronismo sin Perón, una suerte de laborismo criollo. Pero no pudo eclipsar al fundador de esa fuerza: Perón volvió en 1973 para ganar las elecciones el 61% de los votos. ¿Y Vandor? "El Lobo", fue asesinado el 30 de junio de 1969, en su fortaleza de la UOM en la Capital Federal. Por otro lado, la clausura del Congreso y de los partidos políticos, pero especialmente la intervención de las universidades, alienó a los estudiantes; muchos jóvenes de los estratos medios y altos se peronizaron y casi en simultáneo se volcaron a la lucha armada. Influenciados en especial por la Revolución Cubana, estos jóvenes se convencieron de que la guerrilla era la única salida para solucionar las demandas de las mayorías populares; en primer lugar, para forzar el retorno de Perón. En ese contexto nacional e internacional, la democracia formal no alcanzaba. Debía dar paso a una democracia verdadera, socialista. La manera de dar ese salto -sostenían- era la lucha armada. Montoneros fue atrayendo a grupos insurgentes identificados con el peronismo hasta convertirse en una de las dos guerrillas con mayor poder de fuego.
En mi libro "­Viva la sangre!", incluyo una frase de Ignacio Vélez, un cordobés que fue de los primeros jefes de Montoneros, que explica bien cómo pensaban tantos jóvenes en aquellos tiempos de vértigo: "El golpe de Onganía significó que la oligarquía y el imperialismo habían jugado su última carta. La violencia desnuda había asumido el poder con expresiones groseramente provocadoras. Las fachadas seudodemocráticas como las de Frondizi, Guido o Illia no habían sido suficientes para domesticar al movimiento popular que encabezaba el peronismo. Éramos conscientes de que la oligarquía no se iba a suicidar; que había que derrotarla, que la violencia era el único camino y que no podíamos perder más tiempo. Que a un ejército se lo derrota con otro ejército".
En ese marco, numerosas familias antiperonistas -"gorilas"-, de clase alta asistieron a la sorpresiva peronización de sus retoños; sus propios hijos se convertían al populismo tan odiado y se hacían guerrilleros.
Un ejemplo: Juan Carlos Alsogaray, "El Hippie", hijo del general Julio Alsogaray, excomandante del Ejército y hermano de Álvaro, exministro de Economía y patriarca del liberalismo nativo. El general Alsogaray fue quien encabezó el pelotón que a las cinco de la mañana del 28 de junio de 1966 depuso a Illia. "El Hippie" estudió Sociología en la UCA y en La Sorbona, en París; se fue a vivir en pareja con Cecilia Taiana, hija del médico y dirigente peronista Jorge Taiana, y entró a Montoneros. De todos modos, padre e hijo se querían mucho y se llevaban muy bien. Juan Carlos Alsogaray murió en el monte tucumano en febrero de 1976. Fue el caso de los montoneros, pero también de los miembros del Ejército Revolucionario del Pueblo.
"­Viva la sangre!" está ambientado en Córdoba; allí queda claro quiénes eran y de dónde venían los fundadores de Montoneros. En general, provenían de familias conservadoras, "gorilas"; en muchos casos, aristocráticas; tenían relación con los militares al punto que varios de ellos habían estudiado en el Liceo General Paz, y todos eran activos militantes católicos. Fueron los Vélez, los Vaca Narvaja, los Roqué, los De Breuil, los Martínez Agero.
Onganía intervino las universidades en el marco de su cruzada contra la izquierda, que se extendía a toda la cultura. Fue una jugada fatal, no solo para su dictadura; muchos profesores dejaron sus cátedras y se fueron a vivir al exterior, en especial luego de la temprana represión en facultades de la Universidad de Buenos Aires, conocida como "La Noche de los Bastones Largos". Debemos ese título periodístico que entró en la historia a la genialidad de Julio Algañaraz, actual corresponsal de Clarín en Roma.
Fue un amargo despertar también para sectores que habían apoyado el golpe contra Illia, a quien acusaban de tozudo, lento, antiguo. Tanto que lo llamaban "tortuga". El médico radical había asumido en 1963 con el peronismo proscripto y un expresidente y exradical, Arturo Frondizi, todavía preso. Illia ganó con solo el 25% de los votos, un estigma que lo perseguiría durante todo su mandato. El golpe de Onganía fue apoyado por los sindicatos, el empresariado y un amplio arco de partidos políticos que incluyó a conservadores; liberales; al desarrollismo, de Frondizi y Rogelio Frigerio, y a los intransigentes de Oscar Alende.
Una de las causas de la caída de Illia es que no había podido "solucionar" el problema político número 1 de aquellos años: la vigencia de Perón. Illia había apostado a dividir el peronismo favoreciendo a los sectores que ya no reconocían el liderazgo del jefe exiliado en Madrid. Esa pulseada se decidió en las elecciones provinciales en Mendoza el 17 de abril de 1966; el peronismo fue dividido, pero los que todavía seguían las directivas de Perón derrotaron a los "neoperonistas". Había una grieta entre los militares sobre qué hacer con Perón. Onganía era el jefe de los "azules", que eran los más moderados porque proponían integrar progresivamente al peronismo pero sin Perón. Sus rivales internos, los "colorados", eran más duros: para ellos, el peronismo era un populismo incorregible, peligroso; debía seguir proscripto, como su líder. Onganía encabezó el primer golpe que no se fijó plazos sino objetivos antes de devolver el poder a los civiles. Habría primero un tiempo económico; luego, otro tiempo social y, finalmente, un tiempo político, donde se llamaría a elecciones. Duró cuatro años, hasta que en 1970 fue, a su vez, desplazado del poder y dejó un país peor que el que había recibido.

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