Fidel Castro pasó a la historia mucho tiempo atrás, al convertirse en el líder de una revolución en un pequeño país sin desconocer la trascendencia cultural cubana de José Martí en adelante y, a pesar de ello, se convirtió en una de las figuras más respetadas de la política internacional del siglo XX.
La revolución, en muchos aspectos, fue un fracaso, más allá del éxito inicial obtenido por el enorme apoyo que generó la resistencia contra Fulgencio Batista. Y también a pesar de un cambio que efectivamente fue trascendente para Cuba: la alfabetización masiva y los elevados índices de salud pública.
La de Castro fue una dictadura de izquierda, con un poder absolutamente concentrado en el líder y apoyado en una estructura política militarizada, un metálico servicio de inteligencia y el control de las fuerzas armadas.
Su primer fracaso apuntable no requiere demostración, porque es evidente: el régimen nunca pudo permitir la libertad de prensa ni dio posibilidad a ningún pensamiento crítico. El pueblo fue alfabetizado, pero nunca tuvo la posibilidad de leer con libertad.
Esa mediocridad intelectual se tradujo o fue la contracara- de una economía que nunca logró despegar. La Cuba de Fidel siempre fue dependiente de la ayuda extranjera.
Cuba nunca pudo modernizarse, ni garantizar ingresos razonables a los profesionales, ni viviendas dignas, ni movilidad adecuada. Lejos de seducir "al pueblo", debió recurrir a la violencia para evitar disidencias políticas, y a fusilamientos, proscripciones y exilios para frenar la permanente fuga de quienes soñaban con una vida mejor, a pocas millas de La Habana, en Miami.
La revolución cubana no produjo ningún intelectual de relieve. Sin embargo, la isla se convirtió en un bastión ideológico, que irradió su influencia en América Latina desde el comienzo de la revolución. Allí es donde la figura de Fidel adquiere proyección histórica.
Su alianza con la Unión Soviética, a pesar de la desproporción de las fuerzas, nunca convirtió a Cuba en satélite de Moscú.
Fue la sabiduría de Fidel Castro la que hizo posible mantener ese extraordinario equilibrio que hasta le permitió sobrevivir a conmociones como la de Vietnam. Esa condición de estadista excepcional preservó a su régimen de los avatares violentos que se multiplicaron a su alrededor en América latina. Los cubanos, por cierto, vivieron mejor que la mayoría de sus vecinos.
La notable capacidad estratégica del régimen se evidenció en la exportación de la imagen revolucionaria a través de entrañables músicos populares y en el apoyo discreto y distante que supo brindar a las organizaciones revolucionarias que proliferaron a partir de los años sesenta. Aunque ninguna revolución violenta prosperó en la región, salvo el caso nicaragense, Fidel Castro logró proyectar la ilusión de un proyecto marxista leninista, socialista pero no soviético, que generó finalmente un estado de violencia insurreccional que compartía el escenario con los experimentos golpistas.
Todo eso pasó; la violencia aplastó a Salvador Allende, se derrumbó la Unión Soviética, se esfumó el comunismo en Europa, China viró hacia un capitalismo de Estado que poco se asemeja al maoísmo y, sin embargo, Cuba sigue sobre sus pies. La nueva ilusión, la del socialismo del siglo XXI -el chavismo bolivariano-, contó con el apoyo de Cuba, que así logró recursos e influencia. Pero esa experiencia reciente nunca tuvo el sello del proyecto acuñado en Sierra Maestra.
El acercamiento del castrismo con el papa Francisco (antes lo había hecho con Juan Pablo II) y con Barack Obama fue a la vez indicio de reconocimiento y de capacidad de revisión. La despedida brutal del presidente electo Donald Trump a Fidel Castro fue una muestra de retroceso en ese camino. Ese exabrupto, más que la muerte del líder, hace que el futuro de Cuba sea más incierto.

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