A 40 kilómetros al oeste de Venecia, en el norte de Italia, se encuentra la ciudad de Padua. De allí proviene Diego Pozzobon, un esbelto muchacho viajero que pasó la Navidad en Salta. Asegura que le "hizo acordar a las partes más cálidas de Europa, en las que los festejos son muy alegres y llenos de algarabía", y opina que Argentina es la nación más europeizada de toda la región.
"He pasado navidades en Italia, cuando era niño y adolescente, en Australia, ya siendo un joven, y ahora en Argentina", cuenta el italiano, mientras juega con sus dedos como devanando cada palabra del idioma español, lenguaje que domina hace poco tiempo.
La velada de Nochebuena lo encontró en un hostal de la zona céntrica de la ciudad, situado en la calle Córdoba llegando al cruce con la Urquiza. "Comimos un asado, que me dijeron que es una comida típica de aquí", agrega Diego, quien aterrizó en Salta hace solo algunos días. En el banquete participaron otros alojados del hostal, oriundos de Paraguay, Perú, Alemania y Hawaii.
A pesar de las muchas vivencias colectivas de los viajeros, Diego hace su camino en soledad. "Por momentos hago algunos tramos en compañía, pero muchos tienen otras urgencias, como volver a trabajar, mientras que yo estoy viajando muy tranquilo, mi ritmo es más lento", indica el viandante que se costea su travesía con los ahorros hechos en Europa.
Comenta que de la Navidad salteña lo sorprendió el uso de pirotecnia, en pocos lugares ha visto que se arrojen tantos y tan estridentes cohetes. "En Italia la gente es festiva, pero no se tira tanto, y en Australia la cultura es más fría, muy parecida a la británica". Destaca que, a diferencia de lo que le sucedió en Europa, tanto en Oceanía como en Salta se dio el gusto de pasar una Navidad cálida, con un clima caluroso.
Dice haber probado las empanadas salteñas con picante, pero indica que lo que más le agradó de la gastronomía regional fueron las humitas. En los pocos días que lleva en la ciudad, el paseo por el cerro San Bernardo ha sido el que le regaló la postal más pintoresca. "Es un lugar muy bonito, Salta en general es lindo, y justamente desde allí se puede apreciar toda la ciudad", define.
Diego trabajó en muchos rubros, pero lo último que hizo antes de partir, hace once meses, fue fungir como empleado en una empresa, adonde se ocupaba de empaquetar y organizar el depósito.
En sus palabras, era el "custodio del stock" de aquel comercio, que según recuerda, vendía productos múltiples. Una vez que completó ahorros suficientes, se resolvió a cruzar el charco y conocer la región latinoamericana.
Desembarcó en las calurosas tierras centroamericanas, en la costa colombiana. Rememora que uno de sus intereses era aprender el castellano, y tal como había hecho antes con el inglés, pretendía internalizarlo con la práctica misma. "Me costó mucho al principio, los colombianos lo hablan muy rápido y sin buena pronunciación", resalta. Poco tiempo después pasó a Mérida, en Venezuela, y de allí a Caracas, donde se dio el gusto de trabajar como traductor en tours turísticos.
Luego de tres meses, empezó su descenso. Como si de un croquis se tratara va relatando su paso por Ecuador, Perú, Bolivia y Chile.
Además, siguiendo el boceto verbal, dice que volverá a "subir" (ir hacia el norte), quiere llegar hasta La Quiaca haciendo toda la quebrada de Humahuaca. "Iba a ir a la patagonia argentina pero me enteré que una amiga británica viene en febrero a vivir a Córdoba por un año. Entonces quiero volver al norte, y después bajar para viajar con ella hacia el sur", termina con el retorcido mapeo de sus movimientos.
A pesar de sus cortos 26 años, Diego mide cada una de sus palabras con la exactitud de un sastre, y entiende por su vasta experiencia viajera, que las gestualidades son tan importantes como los vocablos. Tuvo un breve paso como estudiante de Economía en su tierra natal, pero desencantado por el metodismo académico, se convirtió en un trotamundos.
Estuvo radicado en Londres, donde aprendió a hablar el inglés, lengua que terminaría de pulir en su estadía en Australia, aventura que duró prácticamente dos años. Su obsesión por los idiomas y su afán de convertirse en políglota lo llevaron a Latinoamérica. "Quiero estar unos meses en Brasil también, así me familiarizo en portugués. Ya empecé a leer un libro en ese idioma, para comenzar a manejar algunas palabras", detalla. En solo unos años se volvió poliglota, maneja el italiano, el inglés y el castellano, y está próximo a dominar el portugués.
Afirma que cuando pase los 30 años va a estabilizarse en un lugar, adonde se radicará e iniciará un proyecto de "business", según dice. El negocio estará vinculado con el turismo, rubro del que aprendió en demasía con todos los kilómetros que lleva viajados. "No descarto que el lugar donde haga mi "business'' sea Salta, es un lugar bello y con un clima fantástico", advierte. Todo dependerá de qué suceda en los próximos años, Diego es una persona dispuesta a cambiar de planes sin pensarlo dos veces.

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