El ataque a un convoy humanitario que transportaba alimentos de primera necesidad y medicamentos a la ciudad de Alepo ha puesto fin al último intento de acabar con la guerra en Siria, un conflicto que dura ya más de cinco años y que se ha cobrado la vida de unas 400.000 personas.
El bombardeo, realizado por la aviación del ejército sirio, destruyó 18 de los 31 camiones fletados por las Naciones Unidas y la Media Luna Roja y acabó con la vida de unos 20 civiles. Esta ha sido la forma que el régimen de Asad ha tenido de confirmar el fin de una tregua firmada el pasado día 9 de este mes y en la que muy pocos confiaban.
La ONU, por su parte, anunció la suspensión de las operaciones de ayuda a una población asediada desde distintos frentes y sumida en la extrema pobreza. Ban Ki-moon condenó el "repugnante, salvaje y aparentemente deliberado" ataque, calificando de "cobardes" a sus autores y lamentando que "el listón de la inmoralidad" haya llegado a extremos inconcebibles.
A pesar de las evidencias de que durante la semana en la que debía respetarse el alto el fuego ni los rebeldes ni Asad ni la propia aviación estadounidense -que bombardeó "por error" tropas del ejército de Siria- cumplieron su compromiso, el secretario de Estado norteamericano, John Kerry, afirmó sorprendentemente que la tregua no está rota definitivamente. En ese mismo sentido, Barack Obama defendió ayer la necesidad de continuar "la difícil labor de la diplomacia", lo que parece indicar que el presidente norteamericano no confía en la estrategia de una acción conjunta con Rusia en contra del IS. Obama reconoció en la Asamblea General de la ONU la dificultad de alcanzar una "victoria militar" en Siria, reafirmándose así en la política que ha mantenido desde que llegó al poder y decidió retirar a los soldados estadounidenses desplegados en la zona.
Desde entonces, la región se ha convertido en un auténtico polvorín, con dos países, Irak y Siria, definitivamente fragmentados y un numeroso grupo de milicias yihadistas luchando por controlar pequeños enclaves del territorio.
Además, la negativa de la coalición liderada por EEUU a enviar tropas terrestres para combatir sobre el terreno al Estado Islámico y al Frente Al Nusra, rama de Al Qaeda en Siria y Líbano, rebautizada ahora como Jabhat Fateh al Sham, está retrasando el fin del conflicto.
Es cierto que los bombardeos sobre posiciones clave del IS iniciados en agosto de 2014 han dado algún resultado, pero lo cierto es que el califato mantiene el dominio de una parte importante del territorio, en la que impone a sangre y fuego la sharia y lleva a cabo una implacable política de exterminio de minorías étnicas y religiosas, como ocurre con los yazidíes. También, el control de numerosos pozos de petróleo, que rentabiliza en el mercado negro, garantiza al IS una parte importante de su financiación.
El fin de la tregua no puede interpretarse sino como un fracaso más de la comunidad internacional, incapaz de detener un conflicto que tiene como primeras víctimas a la población civil.
Además de los muertos y la destrucción del país, la guerra ha provocado el desplazamiento de casi cinco millones de personas que viven como refugiados en diferentes países. Una situación que requiere soluciones urgentes y efectivas.

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