Con este asunto de las respuestas hay que tener cuidado. No mucho cuidado, sino lo suficiente para evitar que se conviertan ellas mismas en un interrogante. Cuando eso sucede habrá que aceptar que hemos perdido la partida, por más que para compensar nos quede la sonrisa, la jocosidad que atesoran esas respuestas. Es dificultoso explicarlo, así que lo mejor será ofrecer para ilustrar los dos ejemplos que siguen.
Ejemplo 1.
Hace unos años el conocido y prestigioso escritor, Antonio Nella Castro, había invitado a dos jóvenes, también como él poetas, Carlos Hugo Aparicio y Hugo Ovalle, a visitarlo en su casa de Valdivia con la intención de leerles un par de páginas de su nueva novela.
-Vengan ustedes dos solos, les recomendó. Ustedes dos, ­y nadie más!
Al otro día los invitados estaban en una estación de servicio cargando nafta en su camioneta para trasladarse a Valdivia, cuando apareció el poeta Jacobo Regen. Hola, ¿qué hacen? ¿Adonde van?
Lo pusieron al tanto de la invitación y, sobre todo, del expreso pedido de que vayan solos. Nos dijo que nosotros dos. ­Y nadie más!
-No es problema, yo voy igual, dijo Regen, y se acomodó en el vehículo.
Cuando llegaron a Valdivia el dueño de casa los aguardaba en la entrada. Y se sorprendió cuando lo vio al auto invitado.
Medio en serio y medio en broma, protestó con una pregunta: -¿Y este quién es? ¿No les dije que vengan ustedes y nadie más?
Y Regen, veloz y entre risas, destrabó la situación: -Y cumplieron con tu pedido: vinieron ellos y yo, Jacobo "Nadie Más". Mucho gusto.
La diversión se prolongó hasta el amanecer.
-.-
Ejemplo 2.
Los Dávalos, Arturo, Ramiro y Hernán (el Chiquilín) solían veranear, en carpas, en Campo Quijano. Hernán, mejor dicho, el Chiquilín, era el encargado de la cocina, por así decirlo.
Un día guiso, y al otro día también. Una tarde sus hermanos le dijeron: -Che, Chiquilín, a ver si mañana cambiás el menú. Ya es hora.
Estaban acampados en las vecindades de una chacra que era una tentación. Los maduros choclos invitaban a visitarlos. Y a algo más.
Esa tardecita, Chiquilín decidió aceptar la invitación. La furtiva cosecha fue espléndida. Ya regresaba con el generoso botín a cuestas cuando el propietario de la chacra detuvo su caballo frente a él. Era un gaucho socarrón que lo había estado vigilando desde el vamos.
Chiquilín, acostumbrado a esos imprevistos de la vida, ni parpadeó.
-Buenas tardes, don Dávalos. ¿De dónde viene tan cargado?
-Buenas y santas, don. Vengo del río.
-Ajá. ¿Y qué lleva en esa bolsa tan grande?
-Traigo pescados, pues.
-¿Y qué piensa hacer con tantos pescados?
-Humitas.
Hasta el caballo del gaucho se carcajeó.
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