El contexto internacional no exigía premura, pero el Gobierno se apresuró a suscribir un comunicado conjunto con Gran Bretaña.
Si la Argentina hubiera estado aislada y el Reino Unido en plenitud, quizás ese hipotético escenario habría ameritado volver al "paraguas" acordado el 19 de octubre de 1989 y convenir algunos puntos, sobre todo pensando en reubicar a nuestro país en la normalidad internacional.
En contraste, Londres está relativamente debilitada, "brexit" mediante, y Buenos Aires recupera expectativas propicias. Más aún, era y es esperable que Francia, Alemania e Italia revisen la cartografía de la Unión Europea y excluyan a las Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur del mapa del viejo continente. Ya no serán "territorios de ultramar" de un país miembro.
En síntesis, en el mejor momento nuestro, un mal preacuerdo. Innecesario.
Si el Gobierno nacional aspiraba a dar una señal de que se había terminado la era de la confrontación con Londres bastaba ser cortés y responder amigablemente a la carta de la premier Theresa May.
Llevar a las largas un conflicto más que sesquicentenario no parece que complejice aún más los intereses nacionales gravemente afectados. Máxime, si varios factores autorizan a inferir que la evolución futura del litigio de soberanía se tornará lentamente favorable para nosotros.
Tratándose de la mitad de nuestros 6 millones y medio de km2 de espacios marítimos -que acaban de ser reconocidos por la ONU-, tres archipiélagos y la proyección antártica, nadie que sea mínimamente estratego puede reducir su relevancia en la controversia.
Durante más de una década mantuvimos una actitud firme. Dio algunos resultados como la solidaridad de prácticamente toda la América Latina y hasta la totalidad del Caribe, incluidos los anglófilos. Es de país maduro no dar giros copernicanos en política exterior.
Gran Bretaña está fuera de la normativa internacional pues su explotación de hidrocarburos en la cuenca de Malvinas, sus permisos de pesca y la extensión de su arrebato territorial pasó de sólo las islas a abarcar un amplio millaje marítimo, primero bajo el nombre de "zona de exclusión" y luego directamente como proyección de la propia usurpación fueron actos unilaterales que violaron el mandato de la ONU de 1976: "las partes se abstendrán de modificar unilateralmente el status actual (1976)". El plexo jurídico-político nos respalda ¿Por qué mutar?
En el comunicado del 13 de septiembre la soberanía no se menciona, salvo su "paraguas".
Se enfatiza sobre "el desarrollo de las Malvinas" como si fuera una unidad autónoma ¿Nosotros queremos el desarrollo de las Malvinas, es decir el fortalecimiento de su eventual autonomía y autarquía? ¿Nos conviene?
Si Malvinas alcanza un desarrollo sustentable, ¿se aleja o se acerca la negociación por la soberanía? Por el contrario, si a Londres se le torna insostenible la colonia, ¿habrá más posibilidades de que se siente a dialogar seriamente?
Incontestados interrogantes que el preacuerdo no despeja.

¿Qué te pareció esta noticia?

Sección Editorial

Comentá esta noticia



Se está leyendo ahora