El 3 abril de 1822 moría, en Rosario de la Frontera, María del Cármen Puch de Güemes. De pena se iba quien acompañara al héroe durante seis años y le diera tres hijos: Martín del Milagro, que fue gobernador de Salta; Luis, que fue un médico reconocido; e Ignacio, fallecido en la infancia.
El 17 de junio de 1821, a los 36 años, Martín Güemes encontró la muerte bajo un cebil que tiraba sombra en la Cañada de la Horqueta. Había agonizado durante diez días, a la intemperie, luego de ser herido por una confabulación que involucró a "patriotas" y realistas. Los nombres de sus asesinos aún siguen perdidos en los pasillos más oscuros de nuestra historia. Y para taparlos, se usó la primer arma de comunicación masiva: el chisme. Aún mucha gente afirma, entre ladina e ignorante, que el general gaucho fue herido por andar "en malos amores". "Lo han matado por pata i lana", es la estratégica murmuración que trasciende el tiempo y cierra cualquier otro intento de búsqueda de la verdad. Pero, no por eso, la verdad dejó de existir.
Mujeres libres del sur
La verdad es que hubo una red de espías mujeres en torno a Güemes, que facilitaron estrategias y finalmente el triunfo. Juana Manuela Moro, María Loreto Sánchez Peón de Frías, Andrea Zenarruza de Uriondo, Petrona Arias, Juana Torino -y con ellas sus hijos y criados-, lejos de las costumbres de la época, se arriesgaron a todo. Bailaban con los oficiales realistas robándole información, se disfrazaban, atravesaban la noche por caminos perdidos y, quizás, hasta mataron. Lo hacían avizorando un mundo nuevo, con un nuevo lugar para las mujeres. Pero esta revolución atemorizaba a los varones de entonces más que la independencia. Y culpaban de la desobediencia al elegante Martín Miguel. Sobre este suelo fértil creció el chisme del donjuaniso del patriota. Pero, más allá de cualquier "cotillón" amoroso que pudiese existir, Güemes tuvo un solo gran amor.
Historia de Amor
Cuando se casaron, Martín tenía 30 años y ella 18. Carmen poseía la lánguida figura que encarnaba el ideal de la heroína romántica. Y en sus cartas, deja ver que también lo era: "Mi idolatrado compañero de mi corazón:(...) Mi vida, mi cielo, mi amor, por Dios cuídate mucho y no vas a estar descuidado. Mi rico, cuándo será el día que tenga el gusto de verte y estrecharte en mis brazos y darte un millón de besos en mi rica jetita (...) Y el corazón más fino de tu afligida compañera que con ansias desea verte". Güemes rivalizaba con su amor, al que consideraba más profundo: "Mi Carmen adorada: Sin embargo que tú debías ya haberme escrito, yo soy siempre el primero; convéncete de que mi cariño es sin disputa más consecuente que el tuyo". La pasión envolvió a la pareja, que compartió el parimiento de nuestras sociedades y el fervor del cariño mutuo. Esa vibración subterránea salió a la luz cuando Cármen fue informada de la muerte de su "compañero" -como gustaban decirse-: cortó sus rizos rubios, se encerró y a los meses murió de ausencia. "­Pobre mi Cármen!" había dicho Güemes al saber que se moría: intuía que el río del amor, en su correntada, también se la llevaría.

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