En un país que perdió la brújula en materia de corrupción, cada hecho que sale a la luz opaca en trascendencia al anterior. En todo ello la impunidad, peor que el "buitre" del Hemisferio Norte, revolotea con descarada obscenidad frente a la retina de los sorprendidos argentinos.
Ayer, en un escenario complicado donde los gremios debaten por obtener un punto más en las paritarias; además de detener los despidos (algunos justificados, otros no), la imagen de la televisión ofreció con crudeza la realidad que agobia desde hace años: el crecimiento de la corrupción.
En una sofisticada "cueva" financiera con "arbolitos" del primer mundo, que crecieron entre los lujosos edificios de Puerto Madero, un grupo de hombres contaba y apilaba dólares, con la misma prolijidad que se separan porotos en un partido de truco, entre amigos. Esto ocurría en 2012. Fuera de ese ámbito, la AFIP utilizando su poder de control, decía quién podía comprar dólares en un mercado cada vez más dominado por la especulación. Por el contrario, en ese coqueto recinto, habitado por gente cercana al poder, los dólares sobraban.
La Conferencia Episcopal Argentina criticó en un documento el desvío de fondos estatales "con actos corruptos" y "el encubrimiento de los responsables de graves hechos de corrupción". Una realidad, que a esta altura es cada vez más sofocante.

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