"El asesinato (¿?) de Juan Viroche, sacerdote de la iglesia Nuestra Señora del Valle del ingenio La Florida de Tucumán, desnuda la impunidad con la que se mueve en el país el crimen organizado". El domingo 17 de julio pasado regresé al pueblo que me vio nacer hace 56 años, Delfín Gallo, ex ingenio Esperanza -como lo llaman los nostálgicos-, en Tucumán. Hacía la primera comunión mi sobrina nieta, y era causa de celebración familiar. Allí conocí al padre Juan, del cual ya había oído hablar y sobre todo a los más jóvenes de la familia que no ocultaban su admiración por el sacerdote.
Hablaban de su compromiso social con los pobres y los jóvenes y de su valentía para enfrentar las dificultades. En una gran mesa salió el tema de su lucha contra los vendedores de droga y la urgencia de rescatar a los niños y jóvenes de las adicciones. En noviembre 2015 celebró una misa en plena calle frente a la escuela Wenceslao Posse y de la capilla Nuestra Señora del Carmen, que había sido saqueada dos veces. La protesta no era un piquete, era una misa, quería llamar la atención, decía el padre Juan, para que las autoridades pusieran sus manos en el asunto. En la mesa citada había quienes lo criticaban como un cura revolucionario que dejaba mal parado al pueblo de Delfín Gallo, ese pueblo donde hice mi escuela primaria, donde estudiábamos hijos de obreros y también del gerente. Aquello parecía el paraíso, no había divisiones ni enfrentamientos.
Es el mismo pueblo de cuya comisaría, en un golpe comando, escapó uno de los narcos mas buscados en la provincia hace menos de un mes, sin poder explicar qué hacía en ese lugar de detención con escasa seguridad.
Hoy el pueblo de Delfín Gallo, habiendo tenido el ingenio azucarero más moderno de Sudamérica hasta los años 30 y luz eléctrica antes que Buenos Aires por las usinas a vapor traídas de Inglaterra, resuena en los medios nacionales como un pueblo inseguro y tierra de narcos, como una leyenda feliniana. En el discurso final de la misa de primera comunión esa mañana de julio en el pueblo, el padre Juan hizo un duro llamado a los padres a perseverar en el camino de la fe, en cuidar a sus hijos de la droga y la trata, brindarles contención, afecto, valores y sobre todo educación. Recuerdo el comentario de Mónica, mi esposa, sin ser pitonisa ni nada que se le parezca: "A este hombre lo van a matar como al padre Martearena". Pareciera ser que los profetas, aquellos que ponen una oreja en el Evangelio y otra en el pueblo, ya desde tiempos lejanos padecen el mismo destino: el martirio. El obispo Romero, el obispo Angelelli sufrieron el martirio, y cuantos se atrevan a ser fieles al Evangelio de Cristo deben saber que pueden sufrir la misma suerte del Maestro. Nadie los va a callar y de muertos hablaran con voz más potente.

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