El maestro Delmiro, amigo, "compinche" y, en ocasiones, "moderador" del vate Oscar Acuña, era un docente cumplido, capaz y "de espíritu abierto a la poderosa evolución del siglo, con fe en la ciencia y en el progreso humano" (frase que sacada del "Juvenilia", de Miguel Cané, gustaba citar en su propio beneficio).
Y, en verdad, el maestro mantenía con sus alumnos una relación cordial y madura, y se esforzaba en brindarles el mejor y más amplio panorama educativo. Tenía a su cargo el 6§ grado de varones.
El maestro Delmiro gozaba de merecido prestigio, no solo entre sus colegas de uno y otro sexo, sino también entre los directivos.
Y por más que esté de más decirlo sus alumnos lo apreciaban y respetaban. Él no era de esos docentes acartonados, seguidores a ultranza de la ortodoxia jerárquica: "los educandos aquí, los educadores allá".
Para nada; él conversaba con los chicos, y los temas de esas charlas eran muchos y variados.
Se armaban debates y los chicos participaban de ellos con entusiasmo. Cuando se presentaban novedades deportivas el asunto pasaba a mayores. Eso sucedió cuando el seleccionado nacional de básquetbol, con Furlong como gran figura, ganó el campeonato mundial al derrotar los Estados Unidos en Buenos Aires. O cuando Juan Manuel Fangio obtuvo su primer título mundial.
Las actividades
Llevaba a sus muchachos a visitar el Museo de Ciencias Naturales, en el parque San Martín, o subía con ellos a la cima del San Bernardo por el camino viejo. Y les hizo conocer la Cueva del Loco. Y les mostró las ruinas de la Cervecería Vieja. También visitaban la Sociedad Rural Salteña, que entonces estaba al pie del 20 de Febrero, atrás del polígono de Gimnasia y Tiro, entre Leguizamón y avenida Entre Ríos.
Por esos días, Delmiro pidió permiso para invitar a "algunos conocidos literatos y escritores del medio" a presenciar sus clases y dialogar con los alumnos. La señorita directora dudó. Lo pensó un rato y al cabo aceptó. El maestro Delmiro le merecía confianza. Y además lo apreciaba.
El primer invitado fue el bardo Mirífico Rosales que recitó varias de sus rimas, y dio consejos sobre la importancia de "portarse bien, ser educados y respetar a sus mayores". Fue despedido con bostezos.
Y le tocó el turno al vate Oscar Acuña. Llegó cuando Delmiro estaba hablando de los moluscos en general. "El caparazón o concha -decía- protege el cuerpo de estos animalitos. Por extensión -explicaba- también se les llama concha al caparazón de las tortugas, cladóceros, como la pulga de agua, y otros pequeños crustáceos. Todos los animales que tienen concha reciben el nombre de testáceos".
Y fue entonces que el vate que, hasta ese momento había estado sentado, y en silencio, en un banco, escuchando la explicación de su amigo y ocasional compinche, pidió permiso para hablar. "Tengo una pregunta", dijo. "Adelante", concedió Delmiro.
Y el vate: "Entonces, por lo que usted acaba de decir, ¿las mujeres también son testáceos?".
La clase estalló en estruendosa carcajada. Y desde ese momento los alumnos del maestro Delmiro tuvieron un nuevo ídolo.


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