Probablemente el desarraigo es una de las experiencias más intensas que puede atravesarse, aún más si es por una coyuntura que insta al exilio. Este es un tipo de desarraigo particular, tanto que al volver al pago cuesta adaptarse nuevamente, hay dificultad para dejar atrás la desazón sufrida, convivir con las nuevas ausencias y reencontrarse con el lugar de origen. Con sagaz astucia, el escritor uruguayo Mario Benedetti le cuestionó al lenguaje no tener una palabra que describa esa sensación desencantada por la decisión de volver después de haber sido obligado a irse. Para suplir esa carencia, instaló el neologismo "desexilio".
Al referirse a su relación con Madrid, la ciudad donde recaló durante la dictadura oriental, Benedetti fue todavía más lejos: la definió como "semidesexilio", porque siempre estaría yendo y viniendo de su Montevideo a su adoptiva ciudad española. El semidesexilio bien podría caberle también a la relación entre Ana María Pizarro, Salta y Nicaragua. Si bien hace más de una treintena de años está radicada en la nación centroamericana, esporádicamente vuelve a su tierra natal. En su más reciente desembarco, Ana María dialogó largo y tendido con El Tribuno.
Exilio
Nació en Salta en 1951, donde vivió sus primeros 17 años. Hasta los 15, habitaba la zona cercana a los cuarteles porque su abuelo era militar, luego se mudó con sus hermanos y padres al barrio Portezuelo. "Estudié en la escuela Normal y también hice piano", rememora con un acento que entremezcla afabilidad caribeña aprendida con parquedad andina heredada.
Una vez concluida la educación media, se trasladó a Córdoba e inició sus estudios de Medicina. Cual augurio de su destino revoluciario, su primer año en La Docta fue justamente el del Cordobazo, 1969. "Estuve seis años estudiando Medicina en Córdoba y, faltando dos meses para terminar de cursar, me secuestran y me llevan a la cárcel". Fue en octubre de 1975, poco meses antes que la Junta Militar asaltara el poder por la fuerza.
"El gobierno de Isabel Perón arrasó con toda la dirigencia estudiantil que no era peronista", asegura con el aplomo de quien aprendió a digerir los dolores de la memoria. Estuvo presa en la Unidad Penitenciaria N§1 de Córdoba y luego fue trasladada a Villa Devoto. Había sido enjuiciada y condenada a cinco años de cárcel, aunque nunca conoció a su defensor oficial ni presenció audiencia alguna de aquel juicio.
A los tres años y medio de estar en cautiverio y a través de la incasable intervención de su madre -modista y ama de casa-, Ana María obtiene la libertad condicional, aunque su documento nacional de identidad queda bajo custodia del Ejecutivo de facto. Ana María narra su congoja cuando al salir se topó con la restricción de terminar su carrera universitaria: "Los militares me expulsaron de la universidad, tenía prohibida la entrada".
Fue el motivo que la obligó a tomar la decisión de abandonar el país. "Para exiliarme me ayudaron los organismos de derechos humanos porque yo no tenía la posibilidad económica de costearme un pasaje", resalta y recuerda: "Mi planteo era: yo me voy por dos años, termino la carrera y regreso". Es acogida en la Universidad de Barcelona, sin embargo los meses pasaban y no conseguía trabajo en la devastada España post-franquismo (Francisco Franco).
En contacto con otros argentinos exiliados, se traslada a Costa Rica. Inicia sus trámites para ingresar en la Universidad Nacional de aquel país y así poder terminar su carrera de médica. Mientras tanto, trabaja como artesana y periodista de la Agencia de Noticias del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, que luchaba contra la dictadura que el 15 de octubre de 1979 había tomado el poder en El Salvador.
Tras un año y medio en Costa Rica y ante la presión argentina para extraditarla, Ana María opta por irse a Nicaragua, donde, también en 1979, había conquistado el poder la Revolución Sandinista. "Llegué a Nicaragua a las 7 de la mañana, a las 11 ya estaba inscripta en la universidad y a las 12 ya estaba en una comarca vacunando con una brigada médica de la Revolución".
"Desexilio"
En 1986, ya con la restauración de la democracia y ante la posibilidad de revalidar su título en Argentina, Ana María regresa con esa única misión. Completa las tres materias que le faltaban en un breve tiempo y decide regresar hacia Nicaragua, adonde ya no vivía en León sino que se había mudado a Managua.
Fundamenta su decisión mediante dos líneas argumentativas, la Argentina y la Nicaragua de entonces. El país del Cono Sur transitaba una democracia endeble que, según Ana María, la terminó de decepcionar con la sanción de las leyes de Obediencia de Vida y Punto Final. Por otra parte, se sentía implicada en el proceso revolucionario desde su rol de médica. "La salud es una herramienta política extraordinaria porque es parte del reconocimiento de los derechos humanos", declama y asevera que su trabajo "era muy importante para la revolución, por eso Nicaragua era el lugar donde tenía que estar".
"La lentitud de la Justicia para sentenciar a los militares me desilusionaba, cada vez que venía me llevaba una sensación amarga", relata y agrega que "cuando Menem les da el indulto a los militares directamente sentí que había perdido todo arraigo con Argentina".
Semidesexilio
Eximia investigadora, trabajó con organismos internacionales produciendo conocimiento al respecto de los derechos de las mujeres. Se recibió de especialista en Ginecología y Obstetricia. Luego que la Revolución Sandinista pierde la conducción del país en elecciones libres. Ana María es una de las pioneras en la construcción de la Fundación Sí Mujer, la cual dirigió por más de quince años.
Ante tan vasta experiencia, El Tribuno le consultó si estaría dispuesta a volver a Salta en caso de ofrecérsele colaborar con algún gobierno o política pública. Respondió que estaría "totalmente dispuesta" pero previamente debería charlar "cuál es la ideología, cómo trabajará los derechos humanos, económicos y políticos, y qué importancia le da a la democracia" quien le extienda el ofrecimiento. "Resta mucho por hacer por los derechos de las mujeres", sentencia.

Huellas del terror

A principios de los 80, Ana María tuvo un amorío con un salvadoreño de fuste dentro del Frente Farabundo Martí, que fuera desaparecido por la brutal dictadura. "Tener desaparecido alguien cercano es un dolor que no se cura nunca, pero es parte de lo que podía pasar, él no era un trabajador de un banco, yo sabía quien era, había decidido dar su vida por una causa", afirma con la más sobrecogedora entereza.
Con la mirada todavía ardiente por el recuerdo vívido, acota que "él siempre me decía que cuando triunfara la revolución en El Salvador se iba a venir conmigo para luchar por Argentina".

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Luis Ricardo Díaz
Luis Ricardo Díaz · Hace 2 meses

Miércoles Mentesana, miserable ser. Seguramente ese lenguaje (zurdos y otras yerbas) lo debes haber aprendido en la época del Proceso. debes ser un nostágico fascista de las dictaduras. Pobre diablo... A propósito, no te quieres enrolar en el ISIS? Ahí necesitan miseria como vos.

Coyi Mentesana
Coyi Mentesana · Hace 2 meses

Coincido con Arturo Suarez. Estamos HARTOS de derechos humanos mal entendidos. Los que laburamos y pagamos impuestos también tenemos derechos humanos. Si es zurda que se quede en Nicaragua. Acá necesitamos gente que trabaje, viva y deje vivir. Basta de adoctrinamiento y de perder el tiempo en militancia. LABUREMOS y SEAMOS HONESTOS! Es la mejor militancia

Arturo Suarez
Arturo Suarez · Hace 2 meses

Menos mal que no pudo venir!!!

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