El 2015 terminaba a los golpes como esos boxeadores que esperan la misericordia para que alguien tire la toalla. No quería aflojar seguía en ese triste derrotero de la transición y para colmo, en medio de los cortes de luz, de la suba desmedida de precios, de ese ejército de "ñoquis" que se esparcían en el plato de la abundancia, estos impresentables decidieron fugarse y poner en vilo a los argentinos.
Que les costaba escaparse antes del 10 de diciembre, total ya había zona liberada para todos. Los exfuncionarios se llevaban hasta los cuadros que adornaban elegantes oficinas. Allí en ese escenario de tierra de nadie los nombramientos seguían haciéndose impunemente hasta el último día, antes de la asunción de Mauricio Macri. Frente a tal desconcierto, el escape de los Lanatta y Cía. también habría pasado desapercibida. La diferencia radicaba en que toda la responsabilidad sería de Cristina Kirchner. No le echaríamos la culpa a nadie más; en cambio ahora estamos en un período de transición y los nuevos funcionarios (Ritondo, Patricia Bullrich, Burzaco) se encuentran surfeando en un mar turbulento de aguas traicioneras. Empezaron a desconfiar hasta de aquel que le alcanza un salvavidas, porque creen que está pinchado. Encima le hicieron decir al Presidente, algo que en ese nivel debe ser corroborado a través de distintas fuentes: uno es uno y tres son tres, no que tres, por impericia e ineptitud, se convierta en uno.
Hace dos semanas que seguimos con la misma agenda: que se intensifica la búsqueda, que están cerca, no tienen escapatoria. El que le alcanzó un vaso de agua a Martín Lanatta está a punto de pedir la recompensa, seguramente al igual que aquel que prestó los caballos; mientras las fuerzas se seguridad siguen controlando la ruta.
Ayer en las redes sociales circulaba esta ironía: "Traigan más pochoclo, porque la película sigue".

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