El papa Francisco la definió como una "tercera guerra mundial en cuotas".
La metáfora es precisa y encuadra el hecho que la comunidad internacional asumió a partir de la masacre perpetrada en París por el terrorismo islámico, encarnado políticamente en el ISIS.
Pero esa "forma de pago" no modifica la naturaleza del fenómeno. Después de setenta años, ha estallado una nueva guerra mundial, de características no convencionales, con gravísimos riesgos para la población civil. En este conflicto tan particular, el teatro de operaciones es el planeta entero sin excepciones (lo que excluye la neutralidad), la modalidad más frecuente es el ataque por sorpresa y su duración, presumiblemente prolongada, es un enigma imposible de develar.
Pero lo que más singulariza a esta tercera guerra mundial es que uno de los dos bandos no es un estado nacional sino un actor extra estatal, que en términos jurídicos es una asociación ilícita.
Es la primera vez que ocurre algo semejante desde la Paz de Westfalia, que en 1648 puso fin a la Guerra de los Treinta Años y estableció un orden internacional fundado en la soberanía de los estados.
Por esas extrañas ironías de la historia, la Guerra de los Treinta Años fue una guerra religiosa que enfrentó en Alemania a católicos y protestantes.
A diferencia de lo que sucedió con episodios anteriores, de similar o aún mayor impacto en materia de vidas humanas, como fueron los atentados contra las Torres Gemelas en Nueva York, la estación ferroviaria de Atocha en Madrid y los subterráneos en Londres, donde la respuesta internacional estuvo signada por la ambivalencia, esta vez la reacción fue unívoca. Como no ocurría desde los tiempos de la Alemania nazi, la Unión Europea, Rusia y Estados Unidos coincidieron instantáneamente en declarar la guerra a un enemigo común. Ayudó, por cierto, el hecho de que lo de París haya sido apenas unos días después del atentado que hizo explotar en vuelo a un avión ruso en Egipto.
El ISIS no se cuidó en absoluto de fomentar y motivar la formación de la coalición internacional en su contra. Las amenazas de izar su bandera negra en el Vaticano y en Estambul y de reiterar ataques terroristas en París y en Manhattan incentivaron la decisión política de enfrentarlo hasta sus últimas consecuencias.
Como en toda guerra asimétrica, uno de los contendientes, presuntamente más fuerte, tiene la obligación de ganar, mientras que el otro, supuestamente más débil, sólo necesita sobrevivir para triunfar. A partir de ahora, en el teatro de operaciones de Medio Oriente se juega una carrera contra reloj. La coalición internacional está forzada a destruir al Califato Islámico en un plazo lo suficientemente corto como para evitar que la opinión pública mundial, siempre ciclotímica, sea ganada por un pacifismo sin esperanza.
Porque en Occidente, el cambio de circunstancias impone un giro político. La plena vigencia de las libertades públicas comenzará a estar condicionada por las exigencias de la seguridad. Estas restricciones, culturalmente inadmisibles, sólo serán tolerables si son transitorias y están acompañadas por un éxito mensurable en la lucha emprendida. En caso contrario, volverán como un "boomerang" contra los gobiernos que las apliquen.
La repuesta estratégica
Leopoldo Marechal, aquel célebre escritor argentino tan admirado por el papa Francisco, es autor de la distinción entre la "guerra terrestre" y la "guerra celeste". Una se libra en el campo de los cuerpos y la otra en el de las almas. Esta guerra mundial incluye ambas dimensiones. En lo inmediato, es un conflicto bélico que, como tal, tiene que dirimirse en el campo de batalla. Pero, en términos históricos, su resolución definitiva depende de algo mucho más profundo que el resultado militar.
Lo que está en juego, nada más y nada menos, es la dilucidación de un debate teológico dentro del Islam sobre la interpretación del Corán y el sentido del mensaje de Mahoma.
La comunidad musulmana, que hoy asciende ya a 1.600 millones de personas, representa el 23% de la población mundial, pero su ritmo de crecimiento demográfico permite estimar que en 2050 esa cifra trepará a 2.760 millones, lo que significará un 30% de los habitantes del planeta.
Para entenderlo, bastan dos hechos: uno de cada tres musulmanes es menor de 15 años y cada mujer musulmana tiene como promedio tres hijos. En Europa Occidental, el crecimiento demográfico es negativo.
La población europea disminuye en vez de aumentar, salvo la creciente minoría de confesión islámica. En esta guerra, no hay entonces victoria posible sino es dentro del Islam.
Tiempo atrás, el ex presidente israelí Shimon Peres le planteó al papa Francisco que para afrontar una "guerra nueva", contra "terroristas que dicen matar en nombre de Dios", no sirven las Naciones Unidas, que es "una organización política" carente de "los ejércitos que tienen los países y de la convicción que dan las religiones". Para Peres, "la mejor manera para contrarrestar a estos terroristas que matan en nombre de la fe", es la creación de una "ONU de las religiones". Según Peres, sólo Francisco estaría en condiciones de promover dicha iniciativa: "El Santo Padre es un líder respetado como tal por las diferentes religiones y sus exponentes".
Fórmulas aparte, el vertiginoso avance de la revolución tecnológica, que es el sustento material de la globalización de la economía, ha originado, por primera vez en la historia del hombre, la aparición de una sociedad mundial. Como toda comunidad, esta sociedad global requiere definir un sistema de poder y una escala de valores comunes. El debate sobre esos valores, que abarca temas como la libertad religiosa y los derechos de la mujer, no puede agotarse en los gobiernos. Incluye, necesariamente, la dimensión de la fe.
Una estrategia exitosa contra la expansión del terrorismo islámico exige entonces una gigantesca batalla cultural dentro del mundo islámico, en la que el concepto de Yihad ("guerra santa") sea asumido, como lo hace hoy la inmensa mayoría de los musulmanes, como equivalente de conversión interior y no de "guerra al infiel". Pero, como dijo Keynes, "en el largo plazo estaremos todos muertos". Mientras tanto, la comunidad internacional está obligada a combatir. Nunca ha tenido tanta vigencia el viejo refrán: "a Dios rogando pero con el mazo dando".

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Sección Editorial

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Ernesto Ordoñez
Ernesto Ordoñez · Hace 12 meses

La revolucion de Mayo ¿Tambien fue una asociacion ilicita?


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