La victoria de Mauricio Macri, pese a ser más ajustada de lo esperado, dejó ayer un mensaje imposible de soslayar: una buena parte de la sociedad se cansó definitivamente del kirchnerismo y apostó por un cambio de modelo político en la Argentina.
Mauricio Macri asumirá la presidencia de la Nación con muchas urgencias por solucionar, sobre todo en materia económica, aunque contará con una alta cuota de poder político para afrontar el desafío. El líder del PRO no solo conducirá el Ejecutivo nacional, también manejará gobernaciones clave como Buenos Aires, Capital Federal y Mendoza. Además, tendrá muchos diputados en el Congreso nacional y una buena cantidad de intendencias. ¿Le garantiza eso a Macri una gobernabilidad tranquila por los próximos cuatro años? En absoluto, pero al menos lo blinda parcialmente ante la opinión pública para aplicar políticas centrales durante los primeros cien días de su gobierno. Macri ganó en Capital Federal, Córdoba, Santa Fe, Mendoza y quedó muy cerca en Buenos Aires. También se impuso en San Luis, La Rioja y La Pampa. Esa variedad de victorias refutó una de las críticas primordiales que recibió el macrismo en los últimos años: su poca inserción por fuera de la Ciudad de Buenos Aires. Esa barrera, a priori, se derrumbó definitivamente en el balotaje y podría profundizarse en las elecciones legislativas de 2017.
La vocación de cambio expresada mayoritariamente en las urnas hace prever también un brusco reacomodamiento político en la Argentina, en donde el peronismo ocupará un lugar tan importante como impredecible de cara a lo que se viene.
Cambiemos tendrá ahora la enorme responsabilidad de mostrar que todas las plegarias apocalípticas que se le endilgaban no eran más que parte de la campaña electoral. Si bien las advertencias sobre una megadevaluación y un ajuste no le sirvieron al kirchnerismo para retener el poder, aún se desconoce qué impacto real tuvieron en el electorado. De hecho, ninguna encuesta previa le daba a Macri ganador por menos de ocho puntos, una diferencia bastante menos ajustada de la que terminó sucediendo.
La ola de cambio que se expresó ayer, por ahora, tiene más que ver con un rechazo a la continuidad que con un cheque en blanco al cambio. Macri sabe que tiene que construir poder rápidamente vía algunas medidas de alto impacto social. La inminente eliminación del impuesto a las Ganancias y de las retenciones a las economías regionales aparecen en el tope de los anuncios más urgentes para Macri.
El kirchnerismo
El resultado bonaerense de ayer se ocupó de desenterrar otro mito: la derrota allí del kirchnerismo en octubre no se debió solo a Aníbal Fernández, como Scioli quiso instalar en un principio, sino que tuvo más que ver con el fin de ciclo cristinista. Scioli ganó su propia provincia por un escasísimo margen de diferencia, lo que es todo un dato para destacar si se tiene en cuenta el peso del aparato y de las ayudas sociales que brinda la gobernación. El kirchnerismo vive por estas horas momentos de profundos replanteos y pases de factura. Algunos dirán que Scioli no fue lo suficientemente kirchnerista para ganar y otros dirán que perdió por no separarse lo suficiente de Cristina. Lo cierto, a la luz de los resultados, es que el gobernador bonaerense nunca encontró su lugar en esta contienda. Scioli mostró un Gabinete no kirchnerista y anunció medidas rechazadas por la Presidenta, como el 82% móvil, pero nunca pudo tomar distancia en cuestiones centrales como la corrupción, la inflación y la adulteración de todos los índices. El silencio de Cristina durante casi toda la campaña fue la muestra más cabal de la incomodidad que sentía la mandataria con Scioli como candidato. La postulación del exmotonauta fue, claramente, el gesto de debilidad más trascendente que mostró la mandataria en los últimos meses. No solo el kirchnerismo perdió la conducción de la Argentina, sino que ni siquiera pudo presentar un postulante del que todo el espacio se sienta representado. Esas diferencias se hicieron presentes hasta el último día de la campaña electoral. Cristina podrá culpar indirectamente a Scioli por la derrota, aunque eso sería injusto: Scioli mantuvo su alineamiento casi inquebrantable pese a ser bombardeado permanentemente por el "fuego amigo".

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