La ruta 2, que va serpenteando la costa del mar mediterráneo, se presenta impecable, los sembradíos llenos de naranjas compiten con los espacios de alta tecnología y en cada casilla de espera del bus, siempre un uniforme verde se mezcla con jóvenes y no tan jóvenes en pantalones cortos y sandalias para vivir el verano permanente de medio oriente.
Por allí aparece la Mar del plata israelí, la bella Natania, con su mar azul y su costa llena de sombrillas y desde allí por el camino 5.720, antes de Hadera, aparece Kfar Vitkin y a solo unos minutos aparece el Humus Bar, que ofrece mucho más que una oferta.
50 por ciento de descuento a los judíos y árabes que coman juntos compartiendo mesa. Y rematan informando ....¿Te asustan los árabes? ¿Te asustan los judíos? Con nosotros no hay árabes ni judíos, sino personas.
Y en el apacible bar, color arena que se mimetiza con el desierto circundante, el festival de sabores apacigua el hambre e invita a la camaradería que solo el estomago es capaz de generar.
Entonces las conversaciones empezarán por la receta óptima y discutiremos sobre cuánto tiempo es el mejor para remojar el garbanzo, y el envuelto en su turbante aportará la información de dónde se encuentra el mejor aceite de oliva de la zona, seguro dirá del monte de los olivos en Jerusalem y yo le diré que tal vez sea mejor el aceite Carmei del Golan, mientras me saco mi gorro de kibutz.
El me dirá que todo bien pero que no hay como la Tahina especial de Sésamo que se hace en Ramallah y sabré que me está diciendo que allí hay problemas, y yo le diré que los mejores limones para darle un gusto especial al Humus se pueden conseguir en los sembradíos de mi kibutz Ein shemer y el sabrá que le estoy diciendo, o vivimos juntos o morimos juntos.
Y así transcurrirá nuestra comida y nos daremos cuenta que la fraternidad es el camino y que el fundamentalismo nos está ganado.
Y nos daremos cuenta que las divisiones restan y que las sumas unen.
Y nos despediremos sin miedo luego de limpiar el plato con la mejor pita redonda como nuestra sonrisa de haberle ganado a la tendencia de la grieta.
Me pondré mi gorra, te acomodarás tu turbante, nos diremos Shalom Salam y soñaremos que no fue un sueño.
Mientras voy caminado pienso ¿y si hacemos en Argentina un bar donde los peronistas y macristas tengan un descuento anticipado si comen un choripán o un sushi juntos?
Qué bueno sería que no sea una ilusión y ese bar del encuentro se transforme en una visión.

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Sección Editorial

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